AVILÉS / El León de Oro: un concierto sobrecogedor en torno al silencio

Avilés. Cúpula del Centro Niemeyer. 15-II-2026. El León de Oro. Marco Antonio García de Paz, director. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre.
A las 12 de la mañana del pasado domingo dio comienzo en la Cúpula del Centro Niemeyer el concierto de El León de Oro, coro amateur nacido en la población de Luanco hace más de dos décadas. Este es uno de los recintos más particulares de Asturias, un espacio prácticamente diáfano sito en un edificio semiesférico de hormigón con una escalera helicoidal que da acceso a un balcón superior en la sala principal. Estas características constructivas dan lugar a una sonoridad muy particular, con bastante reverberación, que no favorece la ejecución de cualquier tipo de repertorio.
Sin embargo, la propuesta de esta agrupación ha resultado ideal para el espacio. En una sala llena de 300 sillas, el LDO ofreció un programa vertebrado en torno al concepto de silencio, y ofreció obras de gran belleza caracterizadas en gran medida por texturas acórdicas de ritmo armónico pausado, en las que destaca el color conseguido gracias al primoroso cuidado en la afinación, propio de este coro.
El espacio evoca acústicamente un gran templo, y el tipo de repertorio escogido contribuyó al recogimiento y a una escucha casi litúrgica, en la línea de un programa en que la mística estuvo muy presente: la obra de Lorenzo Donati explorando las tinieblas —delante, dentro y más allá— (Davanti alle tenebre, Dentro alle tenebre y Oltre alle tenebre), el espiritual Arvo Pärt en su conocido Nunc dimittis y en su obra sobre texto atribuido al patrono de la Irlanda católica San Patricio, The Deer’s Cry (El grito del ciervo). La pieza que cerró el concierto, When David Heard, de Eric Whitacre, utiliza el texto bíblico de David lamentando la muerte de su hijo Absalón (II Samuel 18:33). En este concierto introspectivo, la la obra clásica de John Cage dedicada al silencio —o la incapacidad del mismo— 4’33’’, introdujo un momento de reflexión y tensión que nadie en el público —salvo un niño— se atrevió a romper.
Hemos de felicitar por muchas razones a este coro. En primer lugar, por el tema que aborda, en la que el silencio sirve como símbolo y denuncia de la indiferencia en que transitamos como sociedad en tiempos convulsos. Un componente de la agrupación recitó antes de la obra final, mientras bajaba por la escalera helicoidal, un texto del director Marco Antonio García de Paz en que se hizo un señalamiento explícito de los temas y guerras que hoy mueven —y no siempre conmueven— al mundo.

El título que resume el concepto, Deafening Silence —silencio ensordecedor— es el de la primera obra interpretada en el concierto, composición del italiano Andrea Venturini, que aquí enlaza con otra de las razones de la brillantez del concierto: la capacidad para aunar dramatización y espacio. Las características de esta obra permitían un tratamiento antifonal que se vio favorecido por la distribución del coro en círculo rodeando al público, creando un efecto Dolby Atmos favorecido por la acústica comentada. Esta obra comenzó con silbantes “eses” de las palabras silence y stille que reforzaron el llamamiento a la quietud. El sonido envolvente ligado al trabajo teatralizado se subrayó en la penúltima obra interpretada, Water Night de Eric Whitacre, en la que tenores y bajos subieron al espacio superior de la sala.
Buscando el contraste y complemento entre sonido y silencio, García de Paz concibió el concierto como un todo y no favoreció el aplauso entre piezas, consiguiendo un respetuoso silencio de principio a fin en la hora larga que duró la sesión.
El área que podría crecer y redondear aún más este espectáculo reside en el apartado visual, que aquí enriqueció el concierto con el uso de luces frías y cálidas y la proyección de imágenes y textos que podían clarificar al público no familiarizado la temática del proyecto.
En lo musical, este programa exigente se solventó con la brillantez a la que nos tiene acostumbrados este coro multipremiado en certámenes internacionales. La enorme calidad de sus interpretaciones se plasmó en un timbre bello y homogéneo, el fantástico empaste de sus integrantes, y el cuidado en las dinámicas y contrastes tímbricos y de registros.
Miriam Perandones
(fotos: Beatriz Montes)


