Aribert Reimann, del piano a la ópera

En su Berlín natal, en el que viera la luz un 4 de marzo de 1936, se nos fue el pasado 13 de marzo (poco después de cumplir los ochenta y ocho años) uno de los músicos más singulares que ha dado Alemania en el último medio siglo, el pianista, liederista, camerista y operista Aribert Reimann. Era hijo de un músico especializado en música sacra y de una violista. Desde pequeño su horizonte fue sonoro.
Reimann era un berlinés integral, pues allí cursó piano con Otto Raasch y composición con Boris Blacher, un operista demasiado olvidado hoy. Como pianista fue repetidor de la Ópera de Berlín donde forjó su concepción como compositor de ópera. Aunque también se doctoró en musicología, se ganó la vida como reputado acompañante de Lied y de música de cámara, terrenos en los que hizo música con distintos artistas de primerísima categoría entre los que destacó su amplia colaboración con Dietrich Fiescher-Dieskau.
Pesa a ser al principio más conocido como pianista que como compositor, poco a poco comenzó a ser considerado como una primera figura de la creación musical. Y, tanto en su calidad de intérprete como de compositor, obtuvo muchísimos premios en Alemania y fuera de ella como el Robert Schumann de Düsseldorf, el Bach de Hamburgo, el Premio de Arte de Berlín, el Ernst von Siemens, o el Arnold Schönberg por citar algunos. También fue profesor durante muchos años de la Escuela Superior de Artes de Berlín.
Compuso obras orquestales notables como los Siete fragmentos en memoria de Schumann (1988), varias piezas para voces y orquesta como los Fragmentos de Hölderlin (1963), Seis poemas de Sylvia Plath (1975) o el Réquiem (1982) y en cuanto al género Lied se le deben obras como Cinco Lieder de Paul Celan (2001) o Tres poemas de Safo (2000).
Pero donde verdaderamente destacó Reimann, y lo que más le gustaba, era la composición de obras escénicas. Ya muy joven destacó con un ballet escrito por Günther Grass que se llamaba Stoffreste (1959) representado en la Ópera de Essen. Pero su primer gran éxito como operista lo tuvo con Ein Traumspiel (Ensueño)(1964) que, con libreto de la cantante Carla Henius basado en una obra de Strindberg traducida por Peter Weiss, se estrenó en Kiel y circuló por muchos teatros como ocurrió con Melusine (1970), dada a conocer en el Festival de Schwetzingen.
Sin duda, la ópera más conocida y aplaudida de este autor, y única por ahora representada en España (hace poco en el Teatro Real) es Lear (1978) con un libreto de Henneberg sobre El rey Lear de Shakespeare. La obra le había sido sugerida por Fischer-Dieskau, que la estrenaría, y es uno de los dramas más convincentes y musicalmente coherentes del siglo XX. El que esta obra sea excelente no impide que otras posteriores no le vayan a la zaga. Así la Sonata de espectros (1983) de nuevo en torno a Strindberg o Las troyanas (1985) con libreto propio sobre Eurípides. No menos llamativa es Der Schloss (El castillo), con la que en 1991 se acerca al mundo de Kafka en la Ópera Alemana de Berlín, o Medea (2009) con texto propio sobre Grillparzer, no sobre Eurípides.
Otra ópera modélica sobre la que en España hay prevenciones injustificadas es su magnífica propuesta para La casa de Bernarda Alba (2000) adaptada por él mismo sobre García Lorca. Y aún había que citar su musicalización de Los ciegos de Maeterlinck con el título de L’invisible (2016). Como puede verse, un catálogo operístico notable no solo por su extensión sino por su evidente calidad.
¿Y qué hay del estilo de Reimann? Pues curiosamente un malentendido disipado con el tiempo. En su música se daban las constantes de la vanguardia del siglo XX manejadas con libertad y con un conocimiento a fondo de la técnica vocal. Algunos líderes de la vanguardia serial lo situaban junto a Henze, con el que tiene poco que ver, en las consecuencias del romanticismo en un momento en el que el serialismo integral rechazaba (salvo los italianos) el género operístico. Pero cuando la vanguardia se interesó en la ópera, y Reimann empezó a dar muestras de una incuestionable maestría, la opinión cambió. El compositor ha acabado siendo alguien aclamado por la mayoría y respetado por todos. Es, sin dudarlo, uno de los grandes de la ópera moderna y no va a dejar de ostentar ese puesto.
Tomás Marco
(foto: Gaby Gerster)


