‘Ariadna y Barbazul’ de Dukas regresa más de un siglo después al Teatro Real en una producción de Àlex Ollé

Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas, llegó al Teatro Real en 1913, seis años después de su estreno en la Opéra-Comique de París. 113 años más tarde, la obra vuelve al escenario del coliseo madrileño entre el 26 de enero y el 20 de febrero, en una nueva coproducción con la Ópera de Lyon firmada por Àlex Ollé (La Fura dels Baus), y dirección musical de Pinchas Steinberg.
La lectura de Ollé sobrepone dos planos, uno real —toda la ópera se desarrolla durante la boda de Ariadna y Barbazul— y otro simbólico, que representa el subconsciente de Ariadna, inspirado en La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, tal como explica el director de escena catalán en la entrevista de portada del número de enero de Scherzo. La puesta en escena acompaña a la protagonista en su camino de liberación —de las tinieblas hacía la luz— articulando sus mundos exterior e interior, con un poético y evocador juego de tules, marcos, luces y sombras que potencian el simbolismo, misterio y hondura de la ópera.
Pinchas Steinberg, que en el Real dirigió La mujer sin sombra (2005) y La ciudad muerta (2010), dará vida a la partitura de Dukas, al frente de un reparto mayoritariamente femenino conformado por las mezzosopranos Paula Murrihy (Ariadna), Silvia Tro Santafé (El aya), Aude Extrémo (Sélysette) y Renée Rapier (Bellangère), las sopranos Jaquelina Livieri (Ygraine) y Maria Miró (Mélisande), y los bajos Gianluca Buratto (Barbazul) y Luis López Navarro (Un campesino anciano).
El escritor simbolista belga Maurice Maeterlinck, cuya obra Pelleas et Mélisande originó la genial partitura de Claude Debussy, redactó el texto original de Ariadna y Barbazul como un libreto operístico para ser protagonizado por su pareja Georgette Leblanc, actriz y cantante que finalmente estrenó la ópera, aunque no fuera la intérprete más idónea para el papel, sobre todo por las limitaciones de su técnica vocal.
La partitura de Paul Dukas, gestada lentamente, une la influencia de Wagner —con una sólida e imbricada estructura y sutiles leitmotivs asociados más a ideas que a personajes— y la claridad y refinamiento de la música francesa, con una escritura vocal declamatoria que evoca a Debussy. De hecho, el compositor homenajea ambas corrientes estéticas aparentemente antagónicas, incorporando en la partitura un tema de la Mélisande de Debussy y otro de la Segunda sinfonía de Vicent d’Indy, aguerrido wagneriano antisemita que fue mentor de Dukas pese a su origen judío.
(foto: Mar Flores/Ópera de Lyon)


