ARANJUEZ / Rotundo éxito de Filippo Mineccia con Alessandro Scarlatti

Aranjuez. Teatro Real Carlos III. 12-X-2025. Filippo Mineccia, contratenor. Nereydas. Director: Ulises Illán. Alessandro Scarlatti: Arias de ópera y oratorio: Domenico Scarlatti: Sonata para viola d’amore y bajo continuo en re menor, K 89.
El próximo 22 de octubre se cumplen trescientos años desde que falleciera Alessandro Scarlatti, uno de los grandes compositores del Barroco, a quien la posteridad no ha tratado como debiera. Y parece que se ha esperado hasta el último momento para homenajearle como es debido, al menos en Madrid. Pero, eso sí, la capital no ha escatimado, hay que reconocerlo: nada menos que seis conciertos van a tener lugar entre octubre y noviembre entre el Auditorio Nacional (Universo Barroco) y el Festival de Música Antigua de Aranjuez –uno de los más venerables y prestigiosos festivales especializados del panorama nacional, que este año afronta su 32ª edición–. Por una vez Madrid se ha puesto a la altura de un evento musical que, esperemos, no solo para reivindicar, sino también para colocar a Scarlatti padre en el lugar que le corresponde en la historia de la música.
Aquí tenemos el primero de estos conciertos conmemorativos y –puede decirse de entrada– ha sido un éxito rotundo y sin peros. Lo que nos demuestra que un repertorio que no es fácil ni conocido puede enamorar al público si se sirve en las manos adecuadas.
El programa, bajo el enigmático título Entre el mar y el fuego: Scarlatti y el Teatro de los Sueños, se centra en la carrera operística de Alessandro, con una panorámica que abarca desde su primera incursión teatral (Gli Equivoci nel sembiante, Roma, 1679) hasta la última (Erminia, Nápoles, 1723), una trayectoria que abraza casi medio siglo de teatro lírico, con un total de catorce arias, de las que tres pertenecen a sendos oratorios (Il martirio di Santa Teodosia, l trionfo della Grazia o La Maddalena penitente y Sedecia, rè di Gerusalemme). Como introducción e interludios, dos oberturas de ópera y una transcripción para viola d’amore y bajo continuo de la Sonata para clave, K. 89.
El conjunto es una magnífica muestra de la deslumbrante producción dramática del genio palermitano, que tan pocas concesiones otorgó al público y a los intérpretes. Allí confluyen todos los afectos: la pena más dolorosa, el amor más puro, el furor más desatado, la ternura más conmovedora… Todo ello con la sabiduría compositiva (una mezcla magistral de contrapunto riguroso y armonía expresiva.
El protagonista absoluto de la mañana fue Filippo Mineccia. El contratenor florentino estuvo en estado de gracia –una expresión de la que se abusa con demasiada frecuencia pero que, en este caso, no es hiperbólica en absoluto. El lugar –el recoleto Teatro Real Carlos III– era propicio: su acústica algo seca queda compensada con creces por el reducido espacio que, por una vez –bendito sea Dios– no exige al cantante, forjado en estos repertorios de voces de volumen limitado, forzar la emisión. Y claro, eso, en un artista de la talla de Mineccia es un regalo, porque le permite centrarse en el canto, en sus sutilezas, en las inflexiones –mil– que le permitieron transmitir la música como pocas veces se oye. Cierto es que esa cierta sequedad acústica puede ser un problema, pues deja al intérprete muy expuesto –cada fallo se magnifica–, pero no fue el caso, ya que Mineccia exhibió una seguridad técnica formidable. Y, junto a ello, se mostró expresivo y apasionado (marca de la casa), pero sensible y delicado al tiempo, con su voz carnosa y homogénea, sin tiranteces. Y para quitarse el sombrero su exhibición de fiato.

Hizo una Veder parmi un’ombra mesta (Pirro e Demetrio) transida de dolor y delicadísima el aria con violonchelo obligado Già la sorte con doppia corona (Tiberio imperatore d’Oriente). Su seguridad en la coloratura, con unas agilidades sobresalientes, se pudo apreciar en Per punir il mio pubblico errore (Sedecia) y Come suol (Erminia). Patrii numi (Mitridate Eupatore) estuvo presidida por una dulzura envolvente, donde el bajo continuo (con pasajes de pizzicato en el contrabajo) va marcando el inexorable paso del tiempo. Bellísima el aria Care pupille belle (Il Tigrane), con viola d’amore obligada, donde Valerio Losito se lució (como también en la sonata). Delicadísima la hermosa Vago sei (La Griselda).
Pero lo mejor llegó al final, en el bis. Los que conocemos la carrera artística de Mineccia lo esperábamos. Y el deseo se cumplió: Dormi, o fulmine di guerra, del oratorio a trè La Giuditta. Uno de los monumentos musicales más bellos del siglo XVIII, una nana exquisita que corta la respiración y que, en manos de Mineccia resultó mejor que nunca, con un control absoluto de cada frase, soberbio manejo de las dinámicas (unos pianísimos apenas insinuados), delicadeza sin merma de pasión, con una morosidad acariciante y esplendidos ornamentos en el da capo.
Por lo demás, el acompañamiento fue tan experto como cabe esperar de Ulisses Illán y sus Nereydas. El toledano mostró, una vez más, lo que cabe esperar de un verdadero director al frente de un conjunto barroco, con una precisión y control del conjunto que permitió una interpretación muy sensible, atenta a cada detalle, cohesionada y de buen sonido. En Dormi –que, paradójicamente, es la dulcérrima nana que Judit canta a Holofernes antes de rebanarle el pescuezo– Illán logró que el tiempo se suspendiese, con un control de las dinámicas y del fraseo magníficos. Entre unos y otros lograron el mejor final imaginable para un concierto que quedará en la memora. Alessandro Scarlatti habría estado muy feliz, estoy seguro.
Javier Sarría Pueyo
(fotos: José Antonio Escudero)


