Aquella noche en París

Aquella noche en París

El 29 de mayo de 1913 se estrenó La consagración de la primavera en el teatro de Champs Elysées en medio de un condigno escándalo. Saint-Saëns se indignó y Debussy quedó perplejo ante aquella (sic) hermosa pesadilla. No era para menos: disonancias, superposición de ritmos diversos y distintas tonalidades, contrastes súbitos y una composición hecha de pequeñas células melódicas sin secuencia, una suerte de mosaico sonoro que exigía una extrema concentración en los escuchantes y una renuncia a un desarrollo que debía hacerse por medio de ese mismo público, a quien se le exigía una alta colaboración y no se le entregaba, al menos en apariencia, un objeto suficientemente acabado. Los partidarios lo celebraron, acaso intuyendo que se habían encontrado con el parteaguas que inauguraba radicalmente la música del siglo XX.

La empresa era arriesgada. El joven Stravinski había apuntado maneras. Si bien El pájaro de fuego aceptaba la ya tradicional exquisitez armónica del impresionismo francés más la sesuda ciencia orquestal del maestro Rimski-Korsakov, el anfractuoso Petrushka demandó largas explicaciones del director de orquesta Pierre Monteux para que los instrumentistas entendieran que no se trataba de una locura ni de una broma. Pero el Sacre du printemps llegaba mucho más lejos. Era una ceremonia prehistórica, una suerte de bailongo de neanderthales a cargo de una compañía donde el coreógrafo Vaslav Ninjinski excedía los límites de villis, cisnes y bellas durmientes.

La guerrilla estaba servida. Era el encuentro de la extrema sofisticación con el extremo primitivismo, un fricassé tóxico que no cabía en ningún cuadro canónico. Y era más: una profecía de lo que habría de ser el arte del siglo, un encuentro del futurismo con el arcaísmo, el origen inmemorial con las hambrientas fechas del porvenir. Y, si se quiere, una clave para que hoy meditemos sobre la centuria pasada: unas multitudes acaloradas por ideas primarias empuñando unas armas ultramodernas. Dos guerras mundiales, sin ir más lejos.

En efecto, 1913 fue el último año de la bella época, cuando los invitados a la fiesta empezaron a sentir bajo sus pies el estremecimiento de un volcán en erupción. Apunto un pequeño detalle para evocar una escena de la Gran Escena del estreno que despliego enseguida. 1913 fue el año en que se puso de moda en París el tango argentino, una música que, desde la Ciudad Luz sonaba a lejana, exótica y con un salvaje perfume de bajos fondos. Insisto: algo primitivo proveniente de remotas tierras indígenas. Mientras algunos melómanos se perdieron el debut stravinskiano porque esa misma noche André Messager dirigía la Novena de Beethoven, en la sala de Champs Elysées había dos latinoamericanos que, con el tiempo, supieron la una del otro pero que nuca se conocieron personalmente: la argentina Victoria Ocampo y el mexicano José Vasconcelos.

Ella era una joven millonaria en viaje de bodas, inicio de un matrimonio efímero, pero de postín. Sería luego una animadora intelectual auxiliada por nombres como Ortega y Gasset o Paul Valéry, fundadora de una revista cultural reconocida en todo el ámbito del idioma, Sur, y escritora de ensayos y memorias a su debido tiempo. Provenía de un país flamante, próspero y apaciguado, donde su clase exhibía hábitos europeizantes y viajaba frecuentemente por el Atlántico para aprender a vivir como las gentes de aquel ombligo del mundo cuya capital era París.

Él, en cambio, provenía de una nación antigua, donde habían crecido civilizaciones prehispánicas y que, por entonces, se desangraba en una tremenda guerra civil que costaría un millón de muertos. Viajaba para instruirse, pero, a la vez, para propagar los ideales revolucionarios y reivindicativos de lo que él entendía era su pueblo.

En distintos momentos, ambos escribieron su reminiscencia del estreno. Quizás Victoria conociese algo más de música que José, aunque ninguno de los dos esperaba encontrarse con lo que se encontraron. No obstante, se maravillaron y superaron cualquier desconcierto, al revés que tantos filisteos, esnobs y académicos a los cuales el artista ruso les parecía un bárbaro de las estepas en una indefensa cristalería de la Rive Droite. Y, lo que más importa: describieron una meditada impresión idéntica. Sintieron que aquella música estaba como hecha para ellos, para americanos latinos que hablaban en español. Se situaron con rapidez en esa encrucijada de la cultura libresca europea a la cual admitían como magistral, pero desde una sensibilidad americana, pródiga de selvas, cordilleras, desiertos, ríos caudalosos como mares y ciudades cosmopolitas avecindadas con aldeas nativas, pampas, punas y mesetas, Anáhuac y Buenos Aires.

Sin proponérselo, estaban diseñando el gran destino de la música latinoamericana del porvenir, cuyo inopinado patriarca, con pleno derecho, sería Igor Stravinski. La música de Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Heitor Villa-Lobos y Alberto Ginastera, de entrañas primitivas y cabeza de vanguardia. Todo a partir de aquella noche primaveral y escandalosa, en un París que celebraba, sin saberlo, el fin de la bella época.