Antonio Pappano: ‘El respeto de los músicos se gana a través de la preparación. No hace falta gritar para conseguirlo’

El sello discográfico de la Orquesta Sinfónica de Londres, LSO Live, ha sido galardonado con el premio al Sello Discográfico del Año en los Premios Internacionales de Música Clásica (ICMA). Kai Luehrs-Kaiser, miembro del jurado de los ICMA y de la revista Das Orchester, realizó la siguiente entrevista a Antonio Pappano, en la que el nuevo director titular de la LSO habla sobre su nueva vida con la Orquesta Sinfónica de Londres y sobre las virtudes que debe atesorar un buen director.
Se halla usted, prácticamente por vez primera en su trayectoria profesional, sin titularidad en un teatro de ópera. ¿Cómo lo lleva?
Debo confesar que es una sensación extraña. Estoy acostumbrado a ir todos los días a un teatro de ópera y trabajar allí, en un sentido muy físico. Ahora mi ritmo es completamente diferente. Sin un teatro de ópera, y con una orquesta sinfónica en su lugar, todo es mucho más agitado. Tengo que dirigir obras diferentes todo el tiempo. Como ensayo mucho y estoy acostumbrado a prepararme intensamente, me siento como si todavía estuviera en la universidad. Por otro lado, mi relación con la Royal Opera House sigue siendo muy buena. Estamos en medio de un nuevo Anillo del Nibelungo con Barrie Kosky como director escénico. Y también dirijo óperas a la London Symphony Orchestra, aunque en versión de concierto.
¿Ha abandonado la idea de trabajar de forma fija en un teatro de ópera?
Mire, ya he cumplido los 65 años. No estoy seguro de tener el deseo y la energía necesarios para embarcarme en una nueva aventura de esta naturaleza. Bueno, el deseo probablemente sí lo tengo. Al fin y al cabo, se trata de lo que he hecho treinta y cinco años. Y si quiere que le sea sincero, se trata de una pregunta que yo mismo me formulo. Lo único que puedo decir es que soy y siempre seré, ante todo, un hombre de teatro.
Con la London Symphony Orchestra, tiene a su disposición una de las orquestas más versátiles y técnicamente más competentes del mundo. Es posible que la mejor entre las que usted ha dispuesto hasta ahora. ¿Hay algo que necesite demostrar, o que quiera demostrar, con esta orquesta?
Siempre lo hay. Sin embargo, debo encontrar por mí mismo el sonido adecuado para la orquesta o ajustarlo según mi criterio. También debo asegurarme de que tengamos el poder de seducción adecuado. Es una gran responsabilidad. En Gran Bretaña, todas las orquestas poseen la versatilidad que usted menciona, lo cual es el resultado de un sistema que ha desarrollado en estas orquestas una fortaleza que es esencial para su supervivencia. La LSO encarna esta cualidad en su máxima expresión. Sin embargo, la versatilidad también puede ser una limitación. Admito que nunca he realizado nada sin antes realizar ensayos concienzudos y exhaustivos. Ahora tengo que demostrar que encajo en un sistema que está orientado a realizar menos ensayos.

Entre los directores titulares de la Orquesta Sinfónica de Londres se encuentran nombres tan ilustres como Arthur Nikisch, Thomas Beecham, Pierre Monteux y Claudio Abbado. ¿A cuál de sus predecesores admira más?
Bueno, hubo algunos más. La importancia de Colin Davis durante más de una década fue inmensa. A Claudio Abbado se le recuerda aquí como un gran perfeccionista. Los músicos también elogian a Valery Gergiev, quien, a pesar de lo caóticos que resultaban sus ensayos, dirigió algunos de los conciertos más emocionantes que jamás ha ofrecido esta orquesta. E incluso el mismísimo Edward Elgar fue en su día director principal de la LSO. Así y todo, el más importante para mí es mi predecesor inmediato, Simon Rattle. Él ha ampliado en gran medida el repertorio.
En cierta ocasión, durante su trabajo en Cleveland, Christoph von Dohnányi dijo una frase que adquirió cierta resonancia: «Cuando dirijo un buen concierto, quien se lleva las buenas críticas es George Szell; cuando dirijo uno malo, soy yo quien me llevo los palos». ¿A cuál de sus predecesores teme más?
Prefiero no pensar en ello
¿Por qué no?
Porque, en realidad, a quien uno siempre teme más es a sí mismo. Si se me permite decirlo, todo depende de mí. No se puede utilizar a ningún predecesor como excusa.
Todas las orquestas tienen lagunas en su repertorio. ¿También la LSO?

Por supuesto. Por ejemplo, aunque la LSO ha interpretado todas las sinfonías de Ralph Vaughan Williams en algún momento de su historia, solo ahora estamos llevando a cabo un ciclo completo. Durante años, era mucho más frecuente que se incluyera en los programas una sinfonía de Mahler o de Shostakovich que la Novena de Vaughan Williams. Hace mucho tiempo que la orquesta no interpreta las sinfonías de Bernstein.
Se dice que la LSO es la orquesta que más discos ha grabado, muchos de ellos durante la era de André Previn. ¿Sigue mereciendo la pena hoy en día realizar más grabaciones?
Esa es una pregunta que tendría que hacerle a la gerencia de la orquesta. Por mi parte, creo que tenemos que hacerlo. Las grabaciones documentan la progresión artística de una orquesta. Si se eligen bien las obras, las grabaciones siguen siendo hoy en día una labor extraordinariamente significativa y que sin duda merece la pena.
Usted ha grabado mucho ¿De qué grabación se siente más orgulloso?
Todas mis grabaciones son fantásticas (ríe a carcajadas). Bueno, en realidad me gustaría mencionar algunas grabaciones de ópera que realicé con la LSO en el pasado: La rondine, de Puccini, pero también Werther, Trovatore y partes de Trittico, la mayoría con Angela Gheorghiu en el papel principal. Tal vez mi favorita sea Il tabarro, con Maria Guleghina y Neil Shicoff. Fue fantástica. También me gustan las grabaciones en las que estoy sentado al piano, especialmente con Ian Bostridge. Son muy importantes para mí.
¿Cómo se convierte un buen director de orquesta en un buen director de ópera?
Practicando mucho. Hay que meditar mucho en y sobre las obras, no en un sentido intelectual, sino en lo formal. Esto es algo que aprendí durante mis seis años de trabajo con Daniel Barenboim. En todo caso, lo que más cuenta es saber encontrar el equilibrio justo entre cerebro y corazón. En la ópera también hay que pensar en términos de sonido, ya tiene que ver precisamente con el equilibrio, una cualidad muy importante, diría que esencial, en la ópera, en donde se debe permitir que la voz humana se escuche por encima de una gran orquesta, lo que en muchas ocasiones no es algo fácil de conseguir.
¿Podría explicar brevemente cómo se obtiene la transparencia por parte de una orquesta?
En primer lugar, depende del número de músicos. Obtener esa transparencia de la que habla con una orquesta de cámara no es demasiado complejo. Con una gran orquesta la cosa cambia. En todo caso, la respuesta sería: la transparencia se consigue articulando de forma diferente en los distintos registros y voces. Si no se presta atención a eso, lo único que se consigue es una pasta sonora.

¿Qué sucede cuando el acompañamiento orquestal suena, digamos, insignificante, como en el bel canto, por ejemplo?
No existe el acompañamiento insignificante. El acompañamiento, por trivial que parezca, es el agua bajo la pequeña barca que nos transporta. Eso también lo aprendí en la ópera. El acompañamiento mantiene la barca en movimiento.
¿Qué opina usted de la rutina?
La rutina, sencillamente, es el fin del espectáculo. El problema hoy en día es que el nivel técnico de las orquestas es tan alto que se utiliza como excusa para reducir de forma significativa el número de ensayos. Entonces se instala la rutina. Y eso es el fin.
Por eso es importante ensayar «correctamente»…
Exacto. Y la mayor dificultad para los jóvenes directores de hoy en día es, precisamente, aprender a ensayar correctamente. Seamos sinceros: no todos los directores saben realizar ensayos de forma adecuada. Pero la mejor manera de «perder» a una orquesta, de echar por tierra su confianza, sigue siendo realizar ensayos de mala calidad.
Usted tiene una buena técnica de dirección. Algunos grandes directores, como Furtwängler, y hoy en día Thielemann, no la tenían o no la tienen. ¿Qué significa la técnica de dirección?
¿Tengo una buena técnica de dirección? Nadie me lo había dicho antes. ¡Gracias! Lo digo en serio. No soy consciente de poseer una buena técnica. Al comienzo de cada periodo de ensayos, tengo que redescubrir mis movimientos. Jamás lo he aprendido. Para mí, en realidad, no existe algo que podamos describir como una técnica clásica o canónica de dirección. Por eso los ensayos son tan importantes. Mi método consiste en ponerme en el lugar de cada músico y preguntarme qué necesita de mí. Ahora incluso admito mi falta de técnica. Ya ni siquiera uso batuta.
¿Quién ha tenido la mejor técnica de dirección de los últimos 50 años?
Cualquiera de mis colegas le daría la misma respuesta a esa pregunta: Lorin Maazel. Incluso le pregunté una vez al respecto. Maazel me dijo que le llevó diecisiete años desarrollar esta técnica, que consistía en liberar toda la tensión de su cuerpo. Y acabó consiguiéndolo. Conseguía relajarse hasta el punto de inocular esa relajación en los músicos. Cuando dirigía, ni su respiración ni sus movimientos con la batuta se veían alterados. Estaba increíblemente relajado. Otro director que poseía una técnica increíble era Carlos Kleiber. Ningún otro director hacía que la música burbujeara como él.
Usted es un director de orquesta extremadamente afable, quizá incluso el más afable de todos. ¿Cómo lo consigue?
La explicación es bastante personal: me detesto cuando estoy de mal humor. El talento es preparación, la autoridad es carisma. El respeto de los músicos se gana a través de la preparación. No hace falta gritar para conseguirlo.
¿Y qué pasa cuando pierde los nervios?
Bueno, entonces se produce un estallido. Uno puede sentirlo venir, del mismo modo que los arrebatos de ira de Toscanini eran siempre predecibles. En mi profesión, hay que repetir las cosas muchas veces; se repiten las piezas, los consejos y las instrucciones. Uno no deja de repetirse a sí mismo, y a veces eso me lleva a sentir impaciencia. Al fin y al cabo, todo gira en torno a las emociones. ¿Cómo puedo controlarme? Intentando ser conciliador, tan simple como eso. Pero sigo necesitando una visión firme. Y cuanto más firme sea, mejor para la orquesta.
Kai Luehrs-Kaiser


