ÁMSTERDAM / Andrés Orozco-Estrada: energía y precisión con la Gürzenich-Orchester en el Concertgebouw

Ámsterdam. Het Concertgebouw. 8-VII-2026. Gautier Capuçon, violonchelo. Gürzenich-Orchester Köln. Director: Andrés Orozco-Estrada. Obras de Bizet, Saint-Saëns, Adès y Stravinsky.
Frente a otras salas de conciertos que, llegado el verano, cierran sus puertas o reducen su programación a la mínima expresión, el Concertgebouw de Ámsterdam da buena muestra, tanto en julio como en agosto, de la insaciable sed de música que en los Países Bajos se vive durante todo el año, aprovechando el parón estival de su orquesta residente para dar cabida en su histórica Grote Saal a otras formaciones y solistas internacionales en el marco de los ZomerConcerten, festival que del 29 de junio al 31 de agosto nos ofrece hasta ochenta conciertos de muy diversos estilos, desde la música clásica al flamenco, pasando por el pop, el jazz o el rock.
El miércoles 8 de julio fue la Gürzenich-Orchester de Colonia la que se presentó ante un público mayoritariamente formado (aunque el centro de Ámsterdam es un hervidero de turistas estos días) por neerlandeses, y bien dispuestos, por cierto, para disfrutar de un soberbio concierto, habida cuenta sus encendidos aplausos tras cada obra interpretada e, incluso, entre algunos de sus movimientos.
Divisiones no hay, en Les Toréadors, obertura de concierto extraída de la Carmen (1873-74) de Georges Bizet con la que el titular de la Gürzenich-Orchester Köln, Andrés Orozco-Estrada, quiso arrancar de forma festiva y arrolladora su concierto, comenzando a cautivar a ese público que acabaría rendido tanto ante la energía del director colombiano como ante el alto nivel ofrecido por la orquesta renana, capaz de adaptarse con solvencia a los cuatro universos musicales tan diferentes que nos ofrecía cada partitura programada. En el caso de la obertura de Bizet, la Gürzenich nos mostró que es una orquesta con un músculo nada desdeñable, lo que propicia un sonido muy poderoso y articulado que bien le va a Les Toréadors, con su marcada acentuación en metales y percusión, aunque se echara en falta algo más de idiomatismo en el fraseo: ése que, un día después, desgranarían con un estilo propiamente español la Orquesta Sinfónica de Tenerife y Pablo González en el propio Concertgebouw (concierto del que, igualmente, les daremos cuenta en Scherzo).
Más sutil fue la Gürzenich-Orchester en el Concierto para violonchelo n. 1 en La menor, op. 33 (1872) de Camille Saint-Saëns, página que tuvo como solista al francés Gautier Capuçon, uno de los mejores violonchelistas de nuestro tiempo, condición que refrendó en el Concertgebouw, dejándonos una versión impecable en perfecta sintonía con Andrés Orozco-Estrada; especialmente, en su concepción de los tempi, con una marcada celeridad y brío en el comienzo del Allegro non troppo. Buen entendimiento el de Gautier Capuçon, asimismo, con la orquesta colonesa, como quedó claro en los motivos contrapuntísticos entre el violonchelo y las maderas, con unos primeros atriles de flauta y fagot muy brillantes que aquí anticiparon lo que sería su sobresaliente trabajo en la segunda parte del concierto.
Mientras, con las cuerdas de la Gürzenich-Orchester firmó Capuçon algunos de los pasajes más bellos de este concierto, como los que desgrana camerísticamente con los primeros atriles de violines y violas, paladeando en ellos un ambiente más lírico y refinado, lo que llevó a violonchelo solista y sexteto de cuerda a tirar más acusadamente de legato para ralentizar unos compases plenos de encanto. A pesar de esos pasajes camerísticos en los que Capuçon suspendió el tempo para reforzar lo ensoñador del Allegretto con moto, el segundo movimiento fue fiel a los continuos cambios de velocidad, dinámicas y volúmenes que aquí se dan entre las cadencias del solista, los pasajes camerísticos y la orquesta al completo, reforzando por esa vía Andrés Orozco-Estrada los atisbos de modernidad habidos, en lo estructural, en la partitura de Saint-Saëns. Ello da muestra de la flexibilidad del director colombiano, primando en sus episodios con la orquesta la energía y un mayor énfasis, mientras que para sus diálogos con el solista se reservó Orozco-Estrada un refinamiento que casa más con el delicado modo en que Gautier Capuçon aborda esta partitura.

La reexposición del tema inicial, ya en el Tempo primo del tercer movimiento, incidió en algo en lo que Andrés Orozco-Estrada hizo especial hincapié: la recurrencia de las formas cíclicas que vuelven sobre sí mismas en esta partitura, reforzando su coherencia interna. Ello abunda en la gran energía antes mencionada de esta versión, aunque, dada la impronta del tan sutil y bello Allegretto con moto, el comienzo del tercer movimiento abordó ese tema inicial de un modo algo más pausado que en el Allegro non troppo. En todo caso, para insuflar vida a este movimiento conclusivo, Orozco-Estrada y Capuçon explotaron a conciencia las posibilidades que ofrece cada una de las cuatro secciones del tercer movimiento, así como las habidas en las breves y espaciadas cadencias del solista, cambiando el ambiente con cada una de ellas, tanto en tempo como en matices y en la relación entre el violonchelo y la orquesta; y aquí resulta primordial, para poder escuchar en óptimas condiciones una interpretación con este grado de refinamiento, el hacerlo en una sala con la exquisita acústica del Concertgebouw, consiguiendo que el balance entre solista y orquesta haya sonado con la perfección que lo hizo el pasado 8 de julio (aunque, como demostró la segunda parte del programa, la sala resulta idónea para partituras de mayor masa sonora e impacto). De esa necesidad de volumen provino el tan enfático y acentuado final de la coda, con una inflamada afirmación del La mayor que levantó al público de sus asientos, propiciando el presumible encore de Gautier Capuçon en un concierto festivo de este tipo.
Anticipando lo que sería el comienzo de la segunda parte del programa, en su propina se fue Capuçon al repertorio actual, con Towards the Forest (2025), partitura para violonchelo solo del compositor estadounidense Bryce Dessner inspirada en los paisajes de Edvard Munch, aunque uno diría que el paisaje musical escuchado era, más bien, una mezcla de ecos del pop y de Arvo Pärt: popärt, por lo tanto (si me permiten el neologismo), que a base de bariolage, armónicos, glissandi y trémolos crea una suerte de expansión de la materia acústica que pretende remedar los estáticos paisajes del pintor noruego, tan cargados de una acechante vibración interior; aunque, para alcanzar el nivel artístico de Edvard Munch en una forma musical contemporánea, le faltan a Bryce Dessner muchos enteros, sonando Towards the Forest tan bella y etérea como insustancial.
Mucho más peso tiene la obertura de la ópera The Tempest, op. 22 (2004), partitura del compositor londinense Thomas Adès que igualmente refleja la naturaleza en una forma de paisajismo musical inspirada, en este caso, en la obra teatral homónima de su compatriota William Shakespeare. Impactante, cómo Andrés Orozco-Estrada y la Gürzenich-Orchester dieron cuenta en Ámsterdam de esta obertura, rabiosamente furiosa en cada embestida de los vientos y los truenos de una tempestad que los cinco percusionistas sobre el escenario llevaron a sus pasajes más brutales; aunque, en cuanto a la creación de capas de sonido y al remedar cómo los vientos van asolando ese paisaje marino, es obligado destacar a las cuerdas y a las maderas de la orquesta alemana, de una capacidad primorosa para manejar unos tempi simultáneos que dan buena medida de esas rachas huracanadas que soplan a la par en diferentes direcciones entre las constantes y tan violentas embestidas de metales y percusión. Abrumador e implacable, lo escuchado en el Concertgebouw.
El concierto se cerró con otra forma de violencia atávica y primordial, la que vinculaba al ser humano con los ciclos de la naturaleza a través del sacrificio y la danza en esas «imágenes de la Rusia pagana», como Igor Stravinsky denominaba a su ballet. Nos referimos a Le Sacre du printemps (1910-13), pieza culminante del programa en la que volvimos a comprobar la especial idoneidad del Concertgebouw para partituras que impliquen una plantilla de gran orquesta y un ataque así de contundente, sin cortapisas que rebajen el disfrute de lo allí escuchado (búsqueda del impacto a través de un generoso volumen sonoro en la que tanto incidió Riccardo Chailly en sus años neerlandeses).
Desde luego, en esa exhibición de poderío orquestal no falló Andrés Orozco-Estrada, actual titular de una Gürzenich-Orchester que aquilata una muy sólida tradición en la música de Igor Stravinsky, con directores que la han forjado a través de muy distintas formas de enfocar la música del compositor ruso, como James Conlon, Markus Stenz o, más recientemente, una de las grandes batutas stravinskianas del siglo XXI, el enorme François-Xavier Roth.
La presencia de Stravinsky es, por otra parte, inmediatamente visible para cualquier músico que se suba al escenario del Concertgebouw, pues tanto su nombre, como el de Antonín Dvořák, son los más cercanos a la orquesta de entre las placas conmemorativas que dan lustre a los muros de la Grote Zaal, de forma que la Gürzenich asumió esa presencia casi tangible de Igor Stravinsky (así como el histórico legado de enormes interpretaciones stravinskianas allí desgranadas) para dejarnos una Consagración de la primavera de grandísima altura, marcada desde el podio por una combinación que nunca falla en la música del genio de Oranienbaum: firme pulso rítmico, buen color orquestal, transparencia y una gran dosis de energía.
De este modo, si en las maderas primó en esta versión un tejido de orfebrería en sus continuas combinaciones y construcción de acordes, ya desde una introducción en el fagot pausada y bien fraseada, buscando un color propio en cada instrumento como personaje de las sucesivas danzas, en los compases más virulentos la percusión nos dejó lo más acongojante de esta lectura, incluido un ataque en el güiro como pocas veces se escucha con semejante relieve, con un rascado tan agresivamente arpegiado y direccional que confirió un mayor grado de atavismo y sabor ancestral. En esas danzas, lo planteado en el Concertgebouw por Andrés Orozco-Estrada me recordó a la película de Oliver Herrmann Le sacre du printemps (2004), en la que el realizador alemán vincula el desasimiento del yo a través del baile ritual en las religiones ancestrales del Caribe con el ballet de Igor Stravinsky (en la banda sonora de dicho mediometraje, en versión de la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle).
Aunque Andrés Orozco-Estrada nació a unos cuatrocientos kilómetros del Caribe, en la montañosa Medellín, algo de ese ancestral atavismo de las culturas precolombinas parece haber llevado consigo a su visión de la Consagración, dejando pasajes que, en el otro extremo, sonaron de forma especialmente refinada, como la introducción a la segunda parte del ballet, tan brumosa y suspendida, o unos mágicos Cercles mystérieux des adolescentes, antes de que, progresivamente, el director colombiano fuese espoleando a su orquesta hacia mayores cotas de desenfreno y a ese desasimiento de la conciencia previo a la muerte por agotamiento. En ello se mostró la Gürzenich tan aguerrida como precisa, pues toda la partitura es un endiablado campo minado para cualquier orquesta, en el que un mínimo desajuste o debilidad en un atril hace saltar por los aires el mecanismo de relojería (aunque ancestral y de apariencia caótica) tramado por Igor Stravinsky hasta el más mínimo resquicio; una partitura culminada en el Concertgebouw de forma primorosa, como supo reconocer el público con su estruendosa ovación, puesto en pie tras un concierto realmente disfrutable, lo que propició el segundo encore de la noche, y realmente curioso, pues de la música de Igor Stravinsky se fue Andrés Orozco-Estrada a la de Serguéi Rajmáninov, con un fragmento del Adagio de su Sinfonía n.º 2 en Mi menor, op. 27 (1906-07).
Radical cambio de estilo, por lo tanto, con el que la Gürzenich-Orchester Köln se quiso despedir del Concertgebouw, aunque desgranado con la misma excelencia interpretativa mostrada a lo largo de todo el programa (soberbias, sus cuerdas, en este bellísimo Adagio), si bien con un ambiente ahora más calmo y amable que el antes destilado en la arrolladora Consagración stravinskiana, el propicio para salir a pasear, en tan agradable noche de verano, por el Museumplein de Ámsterdam, donde el Concertgebouw se emplaza.
Paco Yáñez


