Álvaro Albiach, una titularidad ejemplar

Álvaro Albiach, una titularidad ejemplar

El jueves pasado Álvaro Albiach dirigió su último concierto en Badajoz como titular de la Orquesta de Extremadura. Con ello, se cierra casi una década ejemplar, nueve años en los que el maestro valenciano, una de las batutas más honorables del desquiciado panorama sinfónico español, se ha volcado en convertir a la formación extremeña en un conjunto dotado de personalidad propia, en el que lo único que ha importado ha sido la excelencia artística y la difusión de la música en Extremadura. Desde septiembre de 2012, la formación extremeña ha disfrutado de la mano de su hasta ahora titular de un periodo creciente plagado de felices acontecimientos y buenas y bien interpretadas músicas. También de solistas y maestros invitados de evidentes solvencias.

La canción de la tierra, Quinta de Mahler, Cuatro últimos lieder o Metamorfosis de Strauss, Quinta de Prokofiev, Patricia Kopatchinskaya, Javier Perianes, Pacho Flores, Radovan Vlatkovic… Tiempo exento de amiguismos, de chanchullos de agentes e intercambios, de naftalinosos conservadurismos. Y apoyado en una gestión eficaz, en unos políticos que dejan hacer y en un público nuevo y por ello abierto a todo. También, y, sobre todo, en su solvencia como maestro y su saber hacer como programador. Gracias a todo ello, ha logrado cuajar unas temporadas de concierto modélicas por su coherencia, altura de miras, novedad y calidad de solistas y directores invitados. No se equivoca el gerente de la orquesta, el músico Esteban Morales, cuando resume la gestión de Albiach como la de “un gran director que ha sabido adaptarse a la perfección a las características de la orquesta sin imponer nada, y exprimiendo al máximo los recursos para dar lo mejor en cada temporada”.

Temporadas de conciertos siempre hilvanadas con temáticas o líneas argumentales henchidas de sentido e inteligencia. Como ha escrito la periodista extremeña Olga Ayuso en un excepcional artículo -casi todos los suyos lo son- dedicado a Albiach, “programaba temporadas con diversos leitmotivs, le hacía caso a los compositores contemporáneos (a los extremeños también), recordaba la Guerra Civil, la de Secesión, la de 1812, todas las guerras […] fomentó la parte pedagógica de la orquesta, que cuenta con orquestas infantil y juvenil, charlas didácticas, grabaron muchas bandas sonoras, cantaron con Gene García, Acetre, Chloé Bird, Per Poc, tocaron óperas en el teatro romano de Mérida […] ¡Pero qué rápido se me han pasado estos nueve años y pico, coño!”.

Y todo se ha hecho con raquíticos medios financieros y estructurales. El hasta ahora titular ha recurrido al conocimiento, al criterio, a los amigos e incluso al ‘lloriqueo’ para poder cristalizar en Extremadura lo que en otros sitios cuesta el doble o el triple. A diferencia de lo que tanto pasa, Albiach ha dejado de lado sus propios intereses para volcarse en la orquesta de la que hasta ahora ha sido titular, y en sus 1.143 abonados. Abruma repasar la cuidada calidad de los solistas y directores que han frecuentado las ocho temporadas articuladas por Albiach. También los muchos estrenos, conciertos didácticos y el sinfín de actividades paralelas que han dado sentido y razón de ser a tanto trabajo, a tanta entrega e ilusión.

Mayor aún es la admiración que suscita comprobar que todo se ha llevado a cabo con medios tan precarios. En un mundo de pequeños Goliat que funcionan a base de talonario y de estrujar las arcas públicas, el gran David en que Albiach ha convertido a la OEX se erige como ejemplo y modelo para la mayoría de los programadores y directores españoles, para orquestas dotadas con presupuestos que duplican, triplican y hasta cuadruplican el modesto pero efectivo de la dinámica formación extremeña. Albiach y su equipo han repetido en Extremadura el milagro del pan y los peces.

El maestro -pocas veces la palabra es tan acertada como en este caso- Albiach ha sido ejemplar incluso en su partida. Motu proprio, sin que nadie haya tenido que apuntarle la puerta de salida. Lo ha hecho cuando honestamente ha pensado o percibido que seguir acaso hubiera deteriorado una relación y un trabajo siempre basado en el respeto a los músicos y el buen hacer profesional. Se ha ido sin alharacas, manteniéndose deliberadamente al margen del proceso de elección de su sucesor, que finalmente ha recaído en el madrileño Andrés Salado.

Salado llega en un momento plácido y álgido. Tiene ante sí un camino bien trazado por la senda honesta y aguda dejada por su predecesor. Ojalá que, por el bien de los abonados, de la música y de la propia orquesta, tenga la lucidez de, sin aparcar su propia impronta, mantener el trabajo generoso, profesional y enjundioso de Álvaro Albiach. No será fácil: el maestro ha dejado el listón por las nubes.