ALMADA / Filipe Pinto-Ribeiro, un poeta “entre los mundos”

Almada. Convento dos capuchos. 14-VI-2025. 5º Festival de Música dos Capuchos. Felipe Pinto-Ribeiro (piano). Obras de Liszt.
En el íntimo escenario de la sala principal (con paredes de madera) del Convento dos Capuchos, lugar emblemático del festival homónimo en Almada (Portugal), el pianista Filipe Pinto-Ribeiro (también director del evento lusitano) ofreció un viaje trascendental al universo de Franz Liszt. En una sala abarrotada, bañada de luces azuladas o rojizas, el pianista portugués tejió un diálogo íntimo entre el piano y el alma atormentada del compositor húngaro. El tema del festival “Entre Mundos” (2025), del que reseñamos en estas páginas el concierto inaugural (ENLACE), cobró aquí todo su sentido: entre tierra y cielo, virtuosismo e introspección, literatura y música.
Desde el principio, Pinto-Ribeiro incendió el espacio con un fuego artificial de folclores gitanos a través de la célebre Rapsodia húngara nº 12. Las manos del pianista cincelaron cada variación con una precisión diabólica: graves rugientes que evocaban la táncház, pasajes perlados de las friska, y ese final vertiginoso donde la furia rítmica se transformó en trance colectivo. Una entrada en materia electrizante, recordando que Liszt, ese “ciudadano europeo avant la lettre“, hunde sus raíces en una Hungría mítica.
Tras una breve disertación sobre Liszt y las piezas escogidas para la velada, el pianista encadenó cuatro piezas breves, de las más famosas del repertorio del compositor húngaro. Con el Soneto nº 123 de Petrarca (extraído de Años de peregrinaje – Italia), hubo un cambio radical de atmósfera: el piano se convierte en susurro, plegaria amorosa. Inspirado por los sonetos de Petrarca dedicados a Laura, este fragmento reveló la paleta poética de Pinto-Ribeiro. Las frases melódicas, llevadas por un cantabile de pureza angélica, se elevaron hacia las alturas del convento, mientras que los arpegios líquidos imitaban el murmullo de las fuentes de la Villa d’Este. Un momento de gracia suspendida. Con el Liebestraum nº 3, los oyentes se sumergieron en el apogeo del lirismo lisztiano. El célebre “Sueño de amor” surgió con una intensidad dramática contenida. Las tres secciones –ternura soñadora, pasión tumultuosa, resignación serena– se ajustaron al poema de Freiligrath. El pianista desplegó allí un rubato sutil, dejando que cada nota clave irradiara como un latido del corazón. El fortísimo central, de una potencia nunca estridente, levantó al auditorio antes de caer en un pianissimo etéreo.
La Vals oubliée nº 1 que siguió es un vals fantasma, oscilante entre la nostalgia y el capricho. Pinto-Ribeiro jugó con los silencios, difuminando los tiempos para evocar un baile desaparecido. Las disonancias grotescas y los cromatismos huidizos adquirieron un relieve sorprendente, subrayando el carácter “olvidado” de esta pieza. La Consolación nº 3 es una joya de introspección: esta página fue interpretada como una meditación nocturna. El canto simple y despojado, sostenido por graves profundos, transformó la sala del convento en un espacio sagrado. El pianista privilegió una sonoridad aterciopelada, casi íntima, haciendo de esta Consolación un instante de comunión con el público.
Clímax de la noche fue la Fantasía casi una Sonata “Après une Lecture du Dante”, que cerró la velada. Obra-monstruo del ciclo Años de peregrinaje (Italia), esta sonata-fantasía resumió por sí sola el genio visionario de Liszt. Pinto-Ribeiro desplegó su arquitectura titánica con un dominio asombroso: un Infierno con acordes martilleados como puertas infernales, escalas demoníacas en octavas, clusters que evocaban a los condenados; bajo sus dedos, la Pasión de Francesca se transformó en un recitativo doloroso, donde el piano sollozaba literalmente bajo los dedos del pianista, mientras que el Paraíso se reveló como una ascensión hacia la luz, mediante trinos cristalinos y un magnificat que culmina en un fff deslumbrante. El finale en modo lidio irradiaba como una redención sonora, dejando a la sala en estado de shock. Arrebatado por la intensidad, el público irrumpió en vítores; el pianista respondió con dos bises: primero una conmovedora transcripción busoniana de un coral de Bach, y luego el desafiante Estudio en Re sostenido menor, Op. 8 nº 12 (‘Patético’) de Scriabin.
A lo largo de 70 minutos sin intermedio, Filipe Pinto-Ribeiro trascendió el virtuosismo para tocar la esencia misma del romanticismo: el arte como experiencia total. Su interpretación ilustró la reflexión del festival sobre la “interculturalidad, la diversidad y el diálogo entre dimensiones”. Liszt, ese mediador entre mundos (Hungría/Europa, profano/sagrado, piano/orquesta), encontró en él un intérprete inspirado, capaz de mezclar “sueño, amor y virtuosismo”. La ovación de pie que siguió –larga y vibrante– fue un homenaje al “ciudadano europeo avant la lettre” que fue Liszt, celebrado aquí en un lugar cargado de historia. Este recital quedará como un hito de la edición 2025 de los Capuchos, ¡donde la música se convirtió en un puente “entre los mundos y más allá”.
Emmanuel Andrieu
(foto: Andreia Carvalho)


