ALICANTE / Yefim Bronfman, cuando el virtuosismo se hace expresión

Alicante. Teatro Principal. 10-II-2025. Temporada Sociedad de Conciertos de Alicante. Yefim Bronfman, piano. Obras de Mozart, Schumann, Debussy y Chaikovski.
Memorable. A pesar del repelús que siempre producen las palabras grandilocuentes y la prudencia en su uso que reclama cualquier crítica juiciosa, acaso sea el término “memorable” el que, en esta ocasión, mejor refleje la nueva actuación de Yefim Bronfman en la Sociedad de Conciertos de Alicante, donde ya había sido invitado en 2015 y 2022 . El pianista uzbeko (nació en Taskent, en 1958), recriado en Israel y afincado en Nueva York, aglutina en su pianismo absoluto lo mejor de la escuela soviética y del pianismo centroeuropeo y estadounidense. Su recital fue un compendio de su universalidad y de la máxima excelencia. El programa, variado y cargado de enjundia, recorría las músicas de Mozart, Schumann y Debussy, para concluir con el poco programado monumento pianístico que es la Gran Sonata en Sol mayor, de Chaikovski. Fue, ciertamente, un recital memorable, de los que quedan eternamente grabado en la memoria del melómano.
Se entiende que se programe tan poco poquísimo la Sonata de Chaikovski: las dificultades colosales de sus cuatro movimientos la hacen inaccesible a la mayoría de pianistas. “De perfección inalcanzable”, la consideró el propio Chaikovski. Virtuosismo máximo que, además, requiere una inteligencia musical clarividente, cargada de sabiduría y sensibilidad, capaz de dar forma y razón al inmenso y no siempre hilvanado caudal de motivos que introduce Chaikovski en esta obra apasionada e incandescente, que destila aromas schumannianos y resonancias beethovenianas. Todo lo dijo y resolvió Bronfman con incandescencia, claridad, equilibrio, cercanía y una perfección que rebate el argumento del propio compositor. Inimaginable versión más virtuosa y apasionadamente pianística, en la que, como en la Iberia de Albéniz, el virtuosismo se hace expresión, y viceversa. Bronfman hizo presente la referencia de la legendaria grabación de Richter.
Antes, se reveló mago de las sonoridades y de los reflejos sonoros que puede llegar a proyectar el piano en una versión del segundo libro de Imágenes, de Debussy, plena de colores y siluetas. Pura magia, pura fascinación, en un Debussy que de su mano explora al límite los registros y recursos acústicos del piano. El uso magistral del pedal y la ligereza de una articulación sedosa fueron atributos que hicieron posible sonoridades imposibles en las que cohabitan lo corpóreo y lo etéreo. Imágenes, evocaciones, transparencias y luminosidades recreadas desde una visión con marchamo propio, pero a caballo entre el viejo Rubinstein y el siempre actual Richter. La ligereza extrema del vivo final, con un “Poissons d’or” sinuoso y preciso, fue el desenlace perfecto de las precedentes resonancias de “campanas a a través de las hojas” y de la ambigua magia de una “luna que decrece sobre el templo que fue”.
El recital se abrió con un Mozart dicho con sentido romántico y empeñado en el piano moderno. Abundante de pedal y ancho de dinámicas. La Sonata en Fa mayor K 332 encontró así una versión particular alejada de cualquier corriente contemporánea. Radicada más en los años veinte del siglo pasado que en el clasicismo. Mozart, en cualquier caso, reivindicador de un tiempo pasado, pero en absoluto obsoleto o rancio. Entendido y expresado con la autoridad de quien es uno de los actuales grandes del teclado. Bastan los sencillos y cantables compases de la Arabesca de Schumann que tocó encorsetada entre Mozart y Debussy para tener la certeza irrebatible de ello.
El éxito, claro, fue atronador. Con el Teatro Principal de la capital alicantina poblado por muchos jóvenes estudiantes de piano que escucharon y vitorearon a Bronfman como un verdadero ídolo. También el resto del aforo. Fueron tres bises, pero la tanda se podría haber prolongado incluso hasta los seis de Sokolov. Fascinó fuera de programa con la melodiosidad nostálgica de la “Canción de otoño” de Las Estaciones de Chaikovski, con el fuego alla marcia del Preludio en Sol menor, op. 23 nº 5 de Rachmaninov y un vertiginoso e implacable Estudio Revolucionario de Chopin. Memorable, sí. ¡E inolvidable!
Justo Romero


