ALICANTE / Matthias Goerne, lo incontable

Alicante. Teatro Principal. 7-X-2024. Temporada Sociedad de Conciertos de Alicante. Matthias Goerne, barítono. Bernadette Bartos, piano. Obras de Schumann y Brahms.
Dinamizadora de la vida musical alicantina durante el último medio siglo y escaparate en la ciudad de Esplà de lo mejor del repertorio y de sus intérpretes, la Sociedad de Conciertos de Alicante ha inaugurado su quincuagésima edición con una cita sin recovecos a lo más íntimo de la canción de concierto en alemán (Lied), servida por un artista de tanta garantía en estas lides como Matthias Goerne (Weimar, 1967), barítono que ha hecho del género baluarte de su larga carrera. En esta ocasión ha regresado, en la que es su quinta visita a la SCA, con un programa de interiorizada emotividad romántica, que abraza músicas de dos compositores tan próximos ‒pero al mismo tiempo tan diferentes‒ como Schumann y Brahms. A la emoción sin monserga de este recital dirigido a la médula de la sensibilidad, contribuyó el piano atento y coprotagonista ‒que no acompañante‒ de la austriaca Bernadette Bartos, quien actuaba por primera vez con el barítono alemán.
Goerne se vuelve y revuelve sobre el escenario, poseído él mismo por la sugestión subyugante de la melodía, de sus armonías, sentidos e inflexiones. Todo lo expresa y dice con su vocalidad carnosa, inconfundible, profunda y envuelta en mil colores; poderosa y suave, sin más orden y concierto que el prodigio revivido de la partitura, de partituras y versos que hablan de lágrimas, de partidas y sollozos, de almas sumergidas en “el cáliz del lirio” y de flores que “susurran y hablan”. De nostalgias y cipreses de la “dulce luna” que “espantas el horror de la noche”… Cada sílaba, cada nota, cada instante es un universo de sensaciones. Cada verso, un poema en sí mismo.
La vida, sus penas y alegrías, condensada en una hora y cuarto sin interrupción ni aplausos. Ni una tos, ni caramelo ni abanico violentaron el sortilegio. Solo una aficionada empeñada en grabar con su teléfono lo irrepetible turbó la magia del Lied. En medio de la melodía, en medio del éxtasis y del schumanniano Amor de poeta, Goerne, que parecía ausente de todo lo que no fuera la esencia sustantiva del recital ‒pero no‒, cortó en seco: “Por favor, usted no puede grabar. Le ruego que pare”, le dijo en un cortés pero terminante inglés, antes de preguntarle si le había entendido. Fue un regreso instantáneo al día a día. Apenas unos segundos después, el sortilegio prosiguió, quizá incluso con más fervor, acaso pronunciando más el abismo entre lo cotidiano y la sublimación última de las pequeñas y grandes cosas de las que cantan abrazados los versos de Heine y la música de Schumann.
Luego, tras el inolvidable Amor de poeta de Schumann, en el que Goerne se manifestó tan poeta como Heine y su musicador Schumann, llego, sin interrupción, Brahms, cuyas nueve Canciones y romanzas opus 32 (Lieder und Gesänge) fueron otra cara de la moneda, del sortilegio: más introspectivo y sofisticado, pero idéntico sentir y palpitar. Brahms es aquí ‒como Schumann cuando compone Amor de poeta‒ un joven y apasionado romántico de apenas treinta años que se sumerge fascinado en los recónditos secretos de la emoción. Lo que pasó en el Lied que cierra el ciclo y cerró el recital, “¿Cómo estás mi reina?”, con textos del poeta persa del siglo XIV Xamsoddín Hafez (traducidos al alemán por Georg Friedrich Daumer), forma parte de lo inenarrable. Dice la RAE que “levitar” es “elevarse en el espacio sin intervención de agentes físicos conocidos”. Pues, créanme, acaso fue eso. De la mano y la voz del poeta y su pianista. Incontable.
Justo Romero
(foto: Juste Ángel)


