ALICANTE / La ONE y González: del sueño de Esplá a la tormenta de Mahler

Alicante. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). 3-X-2026. Orquesta Nacional de España. Dirección: Pablo González. Esplá: El sueño de Eros. Mahler: Sinfonía nº 5.
La Orquesta Nacional de España abrió el sábado 3 de octubre su primera cita fuera de Madrid participando en la temporada sinfónica del ADDA y con un programa que jugaba, desde el primer compás, con el contraste. Del color suspendido de El sueño de Eros, de Óscar Esplá, a la sacudida inicial de la Quinta de Mahler, cuya fanfarria de trompeta no deja margen para la transición suave. Pablo González, al frente de la ONE, propuso una lectura que entendió ese salto no como un accidente de programación, sino como el verdadero argumento de la noche.
González no interpone su propia figura entre la música y la sala, pero tampoco se esconde detrás de la orquesta. Su gesto se adapta a lo que cada momento pide, y ahí está buena parte de su éxito. En la quietud de Esplá se volvía mínimo, casi conteniendo el aliento, dejando que el sonido avanzara sin empujarlo. En Mahler, en cambio, se hacía físico, con el brazo que se abre antes de que llegue el color que está pidiendo o el silencio que marca con la misma precisión que la nota siguiente. Esa capacidad de cambiar de lenguaje corporal sin perder autoridad es lo que le permitió sostener los dos extremos de la noche.
De Esplá cabía esperar poco más que el gesto obligado hacia una efeméride, y quedó en eso: el folleto marcaba con un escueto “50” el aniversario de la muerte del compositor alicantino, pero ni el programa ni el propio concierto fueron más allá de esa cifra. La orquesta, sin embargo, sonó mejor de lo que esa brevedad hacía prever. El color salió de inmediato, fiel a ese cruce que el propio Esplá reivindicó en sus notas de 1956: una obra deudora “de la influencia estético-técnica imperante en la Europa de aquella época”, pero apoyada, decía, “en un antiguo canto de la aurora de mi país natal”. La pieza tenía menos peso que el resto del programa, pero ganaba en luz lo que le faltaba en protagonismo. Funcionó, sobre todo, como antesala perfecta para lo que venía después.
Con Mahler cambió todo. El musicólogo Marc Vignal ha descrito esta Quinta como “la más agitada en el sentido humano, demasiado humana” de las sinfonías de Mahler, y esa agitación se sintió desde el primer compás. La Trauermarsch sonó sombría y se mantuvo así de principio a fin, sin que la tensión se relajara en ningún tramo. Los dos episodios de contraste que Mahler intercala entre golpe y golpe de la marcha quedaron bien diferenciados del resto, algo que no siempre se cuida con el detalle que exige la partitura. El Stürmisch bewegt, o “segundo primer movimiento” como le llama José María Perea en sus notas al programa, siguió por ese camino, pero con un carácter más nervioso. La orquesta entendió bien ese juego de tensión, sosteniéndolo sin que decayera el interés, hasta desembocar en el breve respiro de luz con el que Mahler cierra el movimiento.
En el Scherzo, el movimiento más largo de los cinco y el que más expone a los metales, brilló la trompa solista con una intervención impecable. Los dos tríos de Ländler y vals quedaron también bien diferenciados entre sí, y entre eso y la trompa, el movimiento que en otras manos se hace eterno se nos hizo hasta corto. Y después llegó el Adagietto, uno de los movimientos más esperados de la sinfonía por su fuerza sentimental. Se cuenta —la anécdota es célebre aunque nunca quedó confirmada por la propia Alma— que Mahler le envió la partitura de este movimiento como una carta de amor sin palabras; así lo relató años más tarde el director Willem Mengelberg, amigo de ambos. Esa misma intimidad —como la de una carta de amor— se sintió por unos minutos en el ADDA antes de pasar al Rondo-Finale, que resolvió todo lo que la sinfonía había ido planteando. El último acorde de tutti sonó rotundo y luminoso, a años luz de la sombría marcha fúnebre con la que había arrancado todo.
El público, que llenaba el ADDA, respondió con una gran ovación, puesta en pie en su mayoría, tanto para la orquesta como para Pablo González. Fueron varios los minutos de aplausos antes de que la sala empezara a vaciarse.
Darío Pérez Andrés


