ALICANTE / Destacado grado de interlocución musical

ALICANTE / Destacado grado de interlocución musical

Alicante. Auditorio. 29-XI-2019. María Florea, violín. Sara Ferrández, viola. ADDA-Simfònica. Director: Josep Vicent. Obras de Beethoven, Mozart y Ravel.

El continuo crecimiento artístico de ADDA-Simfònica en su primer año de existencia tuvo un excelente colofón en el tercer concierto de la presente temporada de grandes conciertos del auditorio alicantino con la participación de esta formación liderada por su director titular el maestro Josep Vicent, en la que cupo destacar dos motivos esenciales; la celebración de dicho aniversario de la orquesta y la promoción de dos jóvenes intérpretes formadas en la Escuela Superior de Música Reina Sofía que apuntan alto y seguro en la consolidación de su carrera.

La violinista barcelonesa María Florea y la violista madrileña Sara Ferrández hacían su presentación en el ADDA con la Sinfonía concertante Kv. 364 de Wolfgang Amadeus Mozart, entregándose plenamente a los parámetros que determinaba el maestro que, en un impulso de vitalidad, ha querido dar especial brillantez a la lectura de esta obra con una clara intención de realzar la tímbrica instrumental de la orquesta, favoreciendo el efecto eco como reafirmación de las particularidades musicales de esta preciosa composición, lo que ponía de manifiesto la pronta madurez alcanzada por este joven instrumento orquestal. Estos efectos adquirieron mayor importancia cuando iniciaron el diálogo ambas solistas después de la introducción sinfónica del primer movimiento. En un ejercicio de transparencia, el maestro Josep Vicent elevó su protagonismo haciendo que fueran elementos desencadenantes del discurso de este singular doble concierto, como acicate de su constante preocupación para que la orquesta se vaya cada vez más asentando en esa dinámica camerística tan necesaria para lograr un mayor grado de distinción interpretativa. Esta obra lo exige y permite. Del mismo modo, esta peculiaridad pudo percibirse en la doble cadencia que fue ejecutada con un compartido gran gusto por parte de las solistas

Las prevalencias generadas en el Andante central fueron destacadas por el director para que lucieran ellas individualmente así como la orquesta sin que se perdiera en momento alguno una sólida unidad de conjunto, ni siquiera afectada por la belleza de su desconsolado canto reafirmado tanto por María Florea como por la viola de Sara Ferrández. El director, siguiendo el cadencioso compás, creó esa sonoridad orquestal que envolvía con efectos románticos la conversación musical de ambas, logrando una poética sensual a la vez que sentimental que alcanzaba su máxima expresión en los inquietantes silencios previos al retorno temático inicial traído por el violín y la viola antes del final del movimiento. Éste se convertía así en uno de los momentos mágicos de la velada.

La tensión vino de nuevo de la mano del Presto que cierra la obra, transformándose en toda una explosión emocional que controlaba el maestro con un ejercicio de férreo control en aparente fluidez, cualidades necesarias para la dicción de su genial mensaje musical pero de difícil equilibrio en su ejecución, viniendo como viene impulsada por una dinámica de apasionado sentimiento. Josep Vicent encontró el secreto de este movimiento creando un grado de interlocución musical entre él los solistas y la orquesta que permitía al oyente la percepción de una cohesionada sonoridad de unívoco mensaje. Requeridos los protagonistas a salir varias veces al escenario ante los insistentes aplausos, las solistas dedicaron un pequeño dúo de Sibelius, Gotas de agua, que les sirvió para exhibir un conjuntado pizzicato con serena delicadeza.

Antes de esta excelente interpretación concertante, el programa se inició con la versión orquestal de la famosa Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel, que predispuso a la orquesta a conjuntarse y a aplicarse a los criterios de transparencia tímbrica exigidos por maestro. De tal modo se hizo posible, que con los sonidos de esta meditativa pieza se pudieran transmitir distintas sensaciones de nostalgia, afecto y delicadeza envueltas en un sentimiento de aristocrática trascendencia elegíaca que el maestro quiso resaltar.

La obra más cautivadora de la noche fue la inefable Séptima sinfonía de Ludwig van Beethoven. Josep Vicent abordó su interpretación conociendo plenamente la capacidad de respuesta del instrumento orquestal, lo que le permitió hacer una dirección intensa en rítmica, detallista en articulación, idiomática en fraseo y expansiva en dinámicas, aspectos que favorecieron su particular impronta danzante con elocuente impacto. Otro interés del maestro fue el destacar las correlaciones tonales desde la tímbrica instrumental, uno de los particulares caracteres de esta sinfonía que suelen pasar bastantes inadvertidos.

Después de una lectura tensa y determinante de los dos primeros movimientos, el maestro subió la intensidad expresiva en el Scherzo, jugando con la dinámica cada vez que aparecía el tema del trío, que lo hace en dos ocasiones con un tercer interrumpido intento, utilizándolo como catapulta del cada vez más intenso discurso de este tiempo tan veloz, brillante y explosivo. Preparaba así el energético y brioso final con el que ADDA-Simfònica alcanzó el delirio funcionando como una prodigiosa máquina musical que tuvo su momento cumbre en el grito de las trompas al final del movimiento, transmitido como un rapto de infinita alegría por haber cumplido un aniversario lleno de triunfos y cargado de máxima esperanza, que se materializará con la presentación de la orquesta en el extranjero, en otras regiones de España y con muy interesantes proyectos de grabaciones, que la enriquecerán haciéndola cada vez más singular en nuestro panorama orquestal patrio. En este sentido de orientación de proyecto, el intuitivo instinto del maestro Josep Vicent, como hasta ahora, dará los esperados y deseados frutos.