Alfred Brendel, siempre vivo

“Lo que me cautivó de inmediato fue la diversidad de su personalidad: pianista, compositor, pedagogo, escritor, librero, editor, amante de las bellas artes, de la arquitectura y del teatro; escritor incansable, esteta utópico… todo eso reunido en una sola persona. ¿Conoces a otro músico con un horizonte similar?”
Con estas palabras describía Alfred Brendel a Ferruccio Busoni en una conversación con Peter Paul Kainrath —director artístico del Concurso Internacional Ferruccio Busoni e intendente del Klangforum de Viena— recogida en su último libro, Naivität und Ironie (Brendel, 2025). Qué irónica coincidencia: difícilmente podría encontrarse una mejor definición para el propio Brendel, quien, ya a los 23 años, se declaraba fascinado por la poliédrica figura de Busoni.
Precisamente en Bolzano, sede del Concurso Busoni, apareció Alfred Brendel el 24 de agosto de 2014, para asistir al ensayo general de mi obra Ancora un segreto, escrita en su honor durante mi residencia como compositor en el Wissenschaftskolleg zu Berlin (2011/12). Fue en la capital alemana donde tuve la fortuna de conocer a Alfred y a su compañera Maria Majno. Ambos se incorporaron, a mitad de curso, a la prestigiosa lista de fellows del Wiko. Una de las reglas no escritas de la institución era compartir el almuerzo comunitario de lunes a jueves, y ya el primer día, nos invitaron cordialmente a sentarnos con ellos.
Nuestras conversaciones, siempre apasionadas, giraban en torno al arte, la literatura y la música. Durante una temporada, se centraron especialmente en la Sonata en Si menor de Franz Liszt. Recuerdo que, en una de aquellas comidas, le confesé a Maria Majno que había comenzado a escribir una obra para piano solo que deseaba dedicar a Alfred: una suerte de homenaje, casi secreto, al hombre extraordinario con quien compartíamos el día a día. Debía permanecer en secreto. Y, de hecho, cada cierto tiempo Maria me preguntaba con una sonrisa: “¿Sigue siendo un secreto?” Ancora un segreto, respondía yo. Uno de aquellos días berlineses nos visitó nuestro común amigo Peter Paul Kainrath. Sentados en una de las mesas del comedor, le hablé del homenaje que estaba escribiendo. Su reacción fue inmediata: “El estreno debe ser en Bolzano, dentro del Festival Busoni”. Así fue. Propuse a nuestro gran pianista Juan Carlos Garvayo como intérprete, y la idea fue acogida con entusiasmo. Obviamente, para Alfred nuestras intenciones eran ancora un segreto.
Juntos solíamos asistir a conciertos en la Philharmonie de Berlín, y en algunas ocasiones se ofrecían a llevar a nuestro hijo Mauri, mientras yo me quedaba componiendo mi ópera El público. Jamás desaparecerá de mi memoria una de esas escenas: ver aparecer a Alfred con su largo abrigo oscuro, caminando por el jardín nevado de la casita del compositor, trayendo a Mauri de la mano, después de un concierto.

Alfred y Maria asistían a los ensayos de mi concierto junto al Cuarteto Diotima de París y el guitarrista Juan Manuel Cañizares, cuyo arte y hondura dejaron a Brendel fascinado. Juntos compartíamos también las conferencias de los científicos residentes del Wiko, unidos por una curiosidad insaciable hacia los más diversos campos del saber. Finalmente, llegó el día del estreno en Bolzano de nuestra Ancora un segreto – Hommage-Sonate per Alfred Brendel. Allí conoció a mi querido amigo, el pianista Juan Carlos Garvayo, con quien nació de inmediato una amistad, siempre alimentada por un afecto sincero, una admiración mutua y no pocas risas.
Después de Bolzano vinieron nuevos encuentros: Arezzo, Madrid, y el estreno en el Teatro Real de mi ópera El público. En los últimos meses, el contacto fue a través de cartas, correos electrónicos y reuniones virtuales, como las que organizaba Maria con motivo de su cumpleaños: encuentros entrañables, aun en la distancia. Hace apenas unas semanas, recibí un libro suyo acompañado de una serena y profunda nota manuscrita. En ella evocaba aquellos días compartidos, recordaba a nuestro hijo Mauri, y escribía, con esa mezcla de hondura y ligereza tan suya, que la vida le había tratado “en grande”. Se despedía con un sencillo y generoso deseo: “Alle guten Wünsche für ein schönes Leben!” (¡Todos mis buenos deseos para una hermosa vida!).
La aparición de Alfred en nuestras vidas ha sido un regalo inmenso. Su música, su pensamiento, su manera de estar en el mundo, su risa luminosa, su Naivität und Ironie, nos acompañarán siempre. Como escribe al inicio de su último libro, evocando a Goethe y a Zelter tras una representación de La Creación de Haydn en Weimar, el verdadero genio se reconoce por dos rasgos esenciales: la ingenuidad y la ironía.
Así fue Alfred Brendel: un ser único. Su mirada inteligente, su risa cálida, sus dedos aún tecleando una música incesante, como un arroyo secreto que fluye sin fin en nuestra memoria.
Mauricio Sotelo


