A John le gustan los cacahuetes; a Pierre, no

La bibliografía de John Cage en castellano crece a pasos agigantados, algo impensable hace unos años y que no está siendo extensible a otros compositores de la segunda mitad del siglo XX. Parece claro que la figura del norteamericano ha trascendido su propia naturaleza de músico para señarlo como un pope de las vanguardias, en un sentido totalizador. Como un personaje, también. Pero, sobre todo, como un rostro central alrededor del cual tangenciaron autores de distintas disciplinas artísticas: la música, desde luego, la danza, las artes plásticas, la literatura o el cine.
Si damos por cierto el aserto de que podemos conocer a alguien por lo que come, entonces ¿Dónde comemos? y ¿Qué comemos? (Universidad de Granada, 2020) resultaría uno de los textos más esclarecedores de Cage, quien publicó está pequeña colección en 1975 formando parte de un libro mayor dedicado a su pareja, el bailarín Merce Cunningham, realizado por el fotógrafo James Klosty. En aquella edición las palabras del compositor pudieron quedar un tanto diluidas por las reflexiones de otros grandes como Robert Rauschenberg y Earle Brown.
Ahora este librito de apenas cien páginas, que se completa con la primera traducción a nuestro idioma de la primera parte del Diario: cómo mejorar el mundo (sólo conseguirás empeorarlo), de 1965, aísla las reflexiones en torno al comer de Cage e ilumina por el camino, y sin darse importancia alguna, muchas de las anécdotas y vivencias de unos años de trajín de viajes y furgoneta acompañando a la compañía de danza.
Con apariencia de mesósticos, sin que aquí se sustancien como en otro texto de viandas cageanas (El libro de las setas. Centro de Creación Experimental, 2012), los escritos, a menudo sincrónicos, del autor de Music of changes muestran vivencias extraordinariamente mundanas: “Merce y Boulez y yo [Cage] estábamos almorzando. Nos habíamos ventilado una botella de Pernod. Yo, con orgullo, le ofrecí a Pierre crema de cacahuetes que había encontrado cerca de la Madeleine. Con asco, dijo: ‘En primer lugar, no me gustan los cacahuetes’ (…) ‘Varsovia, tres de la mañana’. Dije que me iba del hotel. Recepcionista me advirtió: ‘Otros hoteles son peores que en el que usted se encuentra ahora’”.
El anecdotario es suculento: “Estudiante seguía acosando a David Tudor con preguntas. ‘Si no lo sabes, ¿por qué preguntas?’ (…) ‘Pasamos la tarde en el césped de la finca de Ricardo Gomis a las afueras de Barcelona. Las tortillas estaban deliciosas. El tiempo era perfecto’”. Cage salta de un lugar a otro en cada requiebro de línea, tan pronto nos situamos en Wisconsin como en una noche de París. Y con su característica y torrencial acumulación de pensamientos mezcla el aceite de sésamo, una bañera llena de ensalada y una elegía al comer entendido este como un compartir, como una pausa para el diálogo y, sobre todo, para la observación casi obsesivamente psicológica de los intervinientes en el banquete: “Después de que Merce obtuviera la beca Guggenheim, alguien le preguntó qué iba a hacer con todo ese dinero. Respuesta fue escueta: ‘¡Comer!’”.
Para no seguir despachurrando en cursivas este librito jugoso, en el que además Cage nos profesa su amor por la redentora de males dieta macrobiótica, citaremos en justicia al artífice de una traslación a nuestro idioma que dictaminamos primorosa, el poeta y traductor sevillano Francisco Deco. Ocho años antes de este Cage ya nos había ofrecido otro, anteriormente referenciado, el del Libro de las setas. Y aunque no sea suya la aspiración de erigirse en un especialista en este compositor, ajedrecista, micólogo y glotón, lo cierto es que ha logrado, por empuje propio, poner en circulación dos de los escritos más excéntricos y particulares de la galaxia John Cage. Por ahora parará, más que nada porque anda envuelto en el libreto de la nueva vídeo-ópera de cámara del compositor Alberto Carretero, Renacer, que verá la luz en noviembre en el Festival Wien Modern.
Ismael G. Cabral


