A CORUÑA / OSG y Nicolas Altstaedt: dos por uno es dos

A Coruña. Palacio de la Ópera. 9-X-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Nicolas Altstaedt, violonchelo y dirección. Obras de Schumann y Dvorák.
En el mundo de la música, la duplicidad es norma. Muchos directores son responsables de dos —o más— orquestas y cada vez más solistas se introducen con mayor o menor fortuna en el campo de la dirección. Dejemos al margen cuestiones económicas que afectan a artistas y contratadores —el paquete, valga la expresión y salvo excepciones, acaba por salir más rentable para aquellos y más llevadero para estos— y pensemos más en las ventajas o desventajas de cara a los resultados puramente artísticos de la fórmula.
En esto de la doble militancia los violonchelistas son menos numerosos que, por ejemplo, los violinistas y no digamos los pianistas. Por eso también resultaba aquí un atractivo del concierto de este fin de semana en A Coruña la presencia de Nicolas Altstaedt (Heidelberg, 1988), un músico siempre riguroso, inquieto en sus repertorios y cuya trayectoria es un buen ejemplo de personalidad e inteligencia.
El problema más evidente con un violonchelista que dirige —permítanme que este crítico recuerde a uno de los que más ha admirado, Heinrich Schiff, cuando decidió dar ese paso— es que parece difícil que de espaldas a la orquesta pueda surgir en el desarrollo de la interpretación lo que no haya quedado clarísimo en los ensayos. Por otra parte, el sentarse y levantarse violonchelo y arco en mano, más para enfatizar que para dirigir verdaderamente, no deja de ser un elemento algo perturbador para la concentración de quien escucha. Tal vez por ello y, desde luego, por la propia idiosincrasia del Concierto de Schumann, uno diría que el resultado, si sobresaliente en cuanto a la prestación solista se refiere, quedó algo pálido al faltarle un criterio orquestal —se nos propuso un conjunto no demasiado numeroso: 10/8/6/4/ 3 en las cuerdas— que siendo esencial a la partitura, y a pesar de las habituales críticas al autor en ese punto, aquí resultó insuficiente por más que la OSG tenga más que demostrada su capacidad para la gestión compartida.

Tras una respuesta del público no excesivamente entusiasta, llegó el primer y sorprendente encore: el Adagio cantabile de la Sinfonía nº 13 de Haydn, escrito seguramente pensando en Franz Joseph Weigl, el violonchelista de la orquesta de los Esterházy. La versión fue magnífica, muy cuidadosa, distinta también de la que puede encontrarse fácilmente en YouTube con Altstaedt —a la sazón usando un arco barroco— y la Academy of Ancien Music en 2019. A mayores, ya dentro de lo previsible, llegaría después una primorosa Zarabande de la Suite nº 1 de Bach.
Al Altstaedt director hay que agradecerle que a la hora de programar una sinfonía de Dvorák escogiera la Séptima y no las inevitables Octava y Novena, piezas magistrales sin duda, pero a las que su antecesora tiene poco que envidiar. Desde el arranque se le vieron las intenciones al ir hacia una lectura a la vez poderosa y lírica —más en la línea de Mackerras que de Belohlavec—, complaciente lo justo en los periodos más dulces y sabiendo subrayar muy bien el genio del autor en su contexto, quiero decir, la cercanía con Brahms, quizá aquí el modelo más evidente tanto en los gestos como en la pura escritura. Convenció el maestro firmando una versión muy bien articulada, abrochada sin costuras en el tejido orquestal, en la que los planos se diferenciaron siempre con claridad y el formidable contrapunto dvorákiano brilló sin problemas. Se benefició, además, de las estupendas prestaciones de la flauta María José Ortuño, el clarinete Iván Marín y la oboe Carolina Rodríguez, así como del buen empaste de trompas y trombones.
Luis Suñén
(Fotos: Pablo Sánchez Quinteiro)


