A CORUÑA / OSG, Reiss y Liebreich: emociones más o menos sólidas

A Coruña. Palacio de la Ópera. 30-X-2026. Chen Reiss, soprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Alexander Liebreich. Obras de Cortizo, Richard Strauss y Mendelssohn.
Programa variopinto el que nos ofrecía la Orquesta Sinfónica de Galicia en lo que bien podía considerarse un recorrido por emociones diversas a través de músicas bien distintas entre sí, ligadas a la tierra en el caso de la obra de Cortizo, a la desaparición de un mundo en la de Richard Strauss o a la exaltación de un hecho histórico ciertamente decisivo en la de Mendelssohn.
En As marxes, Mario G. Cortizo (Lalín, Ourense, 1986) trata de integrar el material de campo obtenido por la etnomusicóloga suiza Dorothée Schubart y extraído de archivos sonoros con lo que podríamos llamar unas veces discurso paralelo y, otras, comentario por parte de la orquesta tras el arreglo de lo que en su estreno —por la Municipal de Bilbao— estuvo destinado a una banda. Naturalmente, hay ejemplos señeros, que no procede traer a colación, de la integración de lo grabado y lo sinfónico y que no da la sensación de que hayan sido el modelo de Cortizo. El autor, que tiene ya una larga trayectoria como revitalizador de la música popular de Galicia, parece partir más bien —y querer llegar— a un homenaje a la tierra propia y a quienes construyeron y mantienen su memoria, un testimonio de fidelidad por encima de cualquier sofisticación constructiva o sonora. No es poca cosa, pero tampoco el resultado es mucho más.
La siguiente etapa emocional llegaría con un clásico del género como son las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss. Cuántas veces se ha repetido, pero cuánta verdad hay en la paradoja de que un hombre tan práctico y tan a lo suyo fuera capaz de crear bellezas de este calibre, pero así es la vida y el arte. Semejante hermosura requiere que quien la traduce esté a la altura de las circunstancias y los protagonistas de la versión lo estuvieron con creces. Chen Reiss (Herzliya, Israel, 1979) ha consolidado ya una carrera muy seria y muy inteligente —excelente en la Cuarta de Mahler y como Condesa en Las bodas de Fígaro mozartianas entre otros muy variados papeles—, adaptándose a lo que su bella voz de lírica le permite sin forzarse. Lo demostró en toda la tesitura que Strauss propone a su protagonista, nunca tensa, cómplice con los textos crepusculares de Hesse e Eichendorff. Como ejemplo de todo ello quizá cabría destacar la delicada conclusión de September.
Sin embargo, lo mejor de la sesión estaría, para quien esto firma, en el acompañamiento de Alexandre Leibreich (Ratisbona, 1968), no en vano presidente desde 2018 de la Sociedad Richard Strauss de Garmisch-Partenkirchen, sucediendo en el cargo a Wolfgang Sawallisch y Brigitte Fassbaender. Ello podría no decir nada a la hora de dirigir la música del bávaro pero lo cierto es que la afinidad del maestro con ella se mostró el viernes como verdaderamente excepcional. Y aquí las emociones llegaron de una admirable claridad discursiva basada en eso, tan fácil de enunciar, que llamamos técnica y conocimiento del medio. La orquesta se entregó a fondo destacando en ella las intervenciones del a la sazón concertino Ludwig Dürichen y la trompa Marta Montes. Reiss y la orquesta tuvieron el detalle de ofrecer como encore la segunda de las Tres canciones para soprano y orquesta de Oswaldo Golijov sobre el poema Lúa descolorida de Rosalía de Castro. Más emoción, pues.
Este crítico acude a los conciertos en que se programa la Quinta de Mendelssohn con la esperanza de que al fin alguien le haga ver que se trata de una obra de primera clase, como la Escocesa o la Italiana. Pero no hay manera, lo que seguramente refleje las carencias propias mucho más que las ajenas. Aquel gran mendelssohniano que fue Peter Maag ha sido el único que estuvo a punto de ofrecer argumentos suficientes, quizá porque fue quien mejor negociara la superabundacia retórica de su principio y, sobre todo, de su final. Tampoco pudo ser, a pesar de su excelente nivel, con la de Leibreich, lastrada, además, por la irrupción de un teléfono móvil entre primer y segundo movimientos que no callaría hasta que medio Palacio de la Ópera, orquesta y director incluidos, termináramos de escuchar la conversación y perder la devoción.
Bueno, pues lo dicho. Todo muy bien tocado y muy bien dispuesto, solidez que aquí difumina la posible emoción, no demasiado bombástico el final y muy hermosamente dicho el momento verdaderamente bueno de la pieza, es decir, el Vivace non troppo. Extraordinarios maderas y metales en el coral que abre el Finale.
Antes de comenzar el concierto se guardó un minuto de silencio por las víctimas del accidente ferroviario de Urda.
Luis Suñén


