A CORUÑA / OSG, Lukas Sternath y Delyana Lazarova: inteligencia y bravura

A Coruña. Palacio de la Ópera. 22-V-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Lukas Sternath, piano. Directora: Delyana Lazarova. Obras de Schumann y Bartók.
Cuando a la belleza, la potencia, la trascendencia de las obras que se proponen se une en el concierto la revelación de unos intérpretes que, nuevos en esta plaza, están haciendo carrera por el mundo adelante, la cita adquiere todo su sentido. Dos obras tan maestras como complejas por diversas razones dieron la oportunidad al público coruñés de conocer un par de nombres que justificaron con creces el porqué de su ascenso.
Lukas Sternath (Viena, 2001) se ha formado en Hannover con Igor Lewitt y Paul Lewis y entre sus mentores se encuentran Till Fellner y András Schiff. Un currículo que me hace recordar la respuesta que me diera Alfred Brendel hace muchos años en una entrevista en Madrid para SCHERZO acerca de sus favoritos entre los pianistas jóvenes en aquel entonces. Ya saben ustedes lo que les cuesta a muchos artistas citar a otros, y cuanto más de su edad sean más les fastidia. Quizá porque eran más jóvenes que él Brendel me citó dos: Paul Lewis y Till Fellner. No sé si será porque así es la vida, pero así se trenzan los hilos de lo que antes se llamaban escuelas y ahora líneas de influencia. El caso es que aquellos jóvenes influyen hoy en los que no habían nacido cuando empezaron sus carreras y Sternath se reclama discípulo de aquellos que en el pasado interesaron a todo un Alfred Brendel, pura leyenda y con razón.
A sus veinticinco años, Sternath es un pianista de una rara inteligencia. No es sólo que su virtuosismo sea de muchos quilates, que lo es. Pero a eso se añadió su manera de abordar una pieza tan compleja —no lo es menos para la batuta— como el Concierto en la menor de Schumann desde la asunción de esa dialéctica, tan del autor, entre intimidad y representación. Era fácil adivinar cómo debe ser el Schumann del pianista vienés en recital puro y duro, su conciencia, en su propio camino de madurez, de la complejidad de un universo como ese. Ejemplo evidente lo fue la forma de abordar la cadenza del Allegro affettuoso. Hubo también una energía soterrada, de diferente origen, que compartieron pianista y maestra como conscientes los dos de que el control en pieza tan difícil no lo es todo, que hay que dejar el margen necesario a una cierta valentía discursiva. Por otra parte, el respetable coruñés ha aquilatado ya una buena experiencia en el universo del autor de Carnaval, esta temporada de la mano de la ejemplar Cuarta Sinfonía a cargo de Karl-Heinz Steffens. Solista, orquesta y directora firmaron una versión viva de veras a la que seguiría un encore ejemplar por parte de Sternath: el Intermezzo, op. 117 nº 1 de Johannes Barhms. Ejemplar por cómo se tocó, pero también por su razón evidente. No hay que recordarlo: una obra crepuscular de quien tanto amó a Clara Schumann, la mujer de Robert, que fue, además, quien estrenó el Concierto.
En la segunda parte, Delyana Lazarova (Plovdiv, 1985) mostró decididamente esas cartas que se le habían adivinado en la primera ofreciendo con la OSG una extraordinaria versión del Concierto para orquesta de Béla Bartók. Cualquier aficionado sabe lo que la obra supone de extremado virtuosismo técnico para formación y batuta pero, también, de la importancia de saber exponer estados de ánimo en la época terminal del compositor húngaro. Quiere decirse que hay que saber cómo y hasta dónde aparece la evocación de lo popular convertido en nostalgia de lo ya imposible, como y por qué irrumpe la ironía frente a realidades —el Shostakovich de la Séptima— que le quedan lejos y que se suman a un discurso interior de una enorme dignidad ética y estética armado en una estructura admirablemente lúcida a la hora de enmarcar su desarrollo. No deja de ser una perogrullada decir que para poner en pie semejante obra maestra es necesario, de una parte, una orquesta capaz de responder a las exigencias de la partitura y, de otra, una dirección técnicamente impecable, sí, pero también capaz de sostener un discurso cuya intensidad no puede decrecer salvo falta de lesa musicalidad. La búlgara Lazarova, contando con una OSG capaz de seguir manteniendo atril a atril su envidiable momento de forma, consiguió transmitir todo lo que la pieza tiene de resumen de una obra completa, de lucha contra el destino que parece inapelable, de autoafirmación heroica y de belleza plena de intensidad. El misterio de la Introduzzione, el sutil armazón del Giuoco delle copie, el drama de la Elegia y el guiño del Intermezzo interrotto confluyeron en un Finale planteado vertiginosamente sin que esa misma velocidad se adueñara del Pesante que acompaña al Presto en la indicación del tempo. Bravísima maestra. La conclusión fue simplemente gloriosa y el colofón más natural a un concierto de los que marcan temporada.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)

