A CORUÑA / OSG, Hillebrand y González-Monjas: inteligencia y emoción

A Coruña. Palacio de la Ópera. 31-I-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Nikola Hillebrand, soprano. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Mozart, Richard Strauss y Mahler.
Más de una vez, y seguramente más de dos, hemos escrito aquí sobre el arte de programar, esa habilidad necesaria para que una orquesta, su maestro y su público crezcan adecuadamente, muestren lo que pueden dar de sí y no se aburra ninguno de los tres. Y el concierto del pasado viernes en A Coruña fue un magnífico ejemplo de bien programar, sin forzar para nada ninguna costura, por más que a veces sea cosa necesaria, y propiciando un lleno hasta la bandera. Mozart, Strauss y Mahler puede ser una tripleta invencible. Añadamos, en una ciudad tan aficionada a las voces como esta, aunque hoy por hoy ande un tanto en precario, la presencia de una de las sopranos más prometedoras del panorama internacional. Con ella la vuelta al podio de un titular tan apreciado por músicos y audiencia como Roberto González-Monjas, quien, por cierto, no volverá a ocuparlo en concierto de abono en lo que queda de temporada, lo que desequilibra un poco el ritmo de su presencia.
Abría Mozart. Pero no un Mozart cualquiera sino el adolescente que a punto de cumplir quince años estrenaba en Milán, diez días antes de que naciera Beethoven, Mitridate, re di Ponto, una secuela de la ópera seria a la que sólo se podía pedir ser fiel a su agonizante modelo y, por encima de todo, manifestar las cualidades de un genio en agraz. Las dos cosas se consiguen con creces pues si el artificio sorprende el talento deslumbra. El joven Mozart, además, sabe muy bien —aprendido quizá de su entonces maestro de ocasión, Mysliveček— que una de las gracias del asunto está en ponérselo difícil a los cantantes, y a fe que lo logra. La soprano alemana Nikola Hillebrand, casi recién entrada en la treintena y con una carrera que ha iniciado un despegue más que notable —Semperoper, Ópera Bastille, Bayerische Staatsoper, Festival de Bregenz—, dejó al respetable con la boca abierta ya desde la primera de las dos arias de la obra escogidas, las de Aspasia Al destin, che la minaccia y Grazie a numi parti. Nel grave tormento. La voz corre con facilidad por todo el espectro, la coloratura surge con naturalidad y la expresividad es admirable —no en vano Hillebrand se declara admiradora de Lucia Popp— tanto en las páginas mozartianas como en la preciosa antología straussiana que formaron Ständchen, Wiegenlied, Das Rosenband y Mörgen como un maravilloso bouquet. Precisamente en Morgen se alcanzaría el primero de los dos grandísimos momentos de la noche, de esos que suspenden tiempo y espacio.
Roberto González-Monjas fue el formidable acompañante de voces que conocemos desde que allá en la pandemia se presentó con Sophie Koch y el Poema del amor y del mar de Chausson. Cuidó a la cantante sin renunciar a la presencia de una orquesta que en los dos autores tiene un papel fundamental y que hay que saber tratar como corresponde. Digo esto porque no hay más que escuchar el último disco del director vallisoletano con su Musikkollegium Winterthur, y cómo hace precisamente Mozart, para comprobar su feliz arribo a una muy inteligente manera de estar en estilo, asimilando perfectamente las enseñanzas de lo históricamente informado para sacar el mejor partido de una orquesta tradicional. Sucedió con evidencia en el tercero de los interludios de Thamos, rey de Egipto que sirvió de puente entre el Mozart operístico y el Strauss liederístico y en el que destacó una vez más el principal oboe de la orquesta, David Villa. En Mörgen sería el turno del concertino Massimo Spadano, que corroboraría una inspiradísima tarde-noche con su impecable prestación en la Cuarta de Mahler.
Y ahí en Mahler —curiosamente un compositor al que Strauss admiraba pero no entendía— estuvo el segundo de los momentos inolvidables del viernes, en el Sehr Behaglich que cierra la sinfonía, con soprano, director y orquesta describiendo ese cielo que imaginaban los pobres muertos de hambre de la Guerra de los Treinta Años y más allá y que se nos legó en la poesía popular de Des Knaben Wunderhorn. Maravillosamente cantado, maravillosamente acompañado, emocionante de verdad, tanto que quizá el atentísimo público batió su propio récord de silencio antes de que sonara el primer aplauso que daría entrada a un éxito rotundo que se intuyó desde el primer compás de la obra, pues la versión fue de muchos quilates. González-Monjas, como debe ser, dejó que circulara el aire fresco por una sinfonía en la que, antes de la ironía del último movimiento, procede un planteamiento en el primero que deje claro que vamos a caminar por donde parece y por donde no lo parece tanto —extraordinaria, por cierto, la manera de negociar el pianissimo casi a la conclusión—, hay que atravesar ese como sarcasmo casi inocente en el segundo y la cómplice reflexión sobre los límites de las emociones —sí, en Mahler— en ese Ruhevol cuya escucha resulta tan necesaria antes del Adagietto de la Quinta para saber de qué va la cosa. Por cierto, que, por terminar como empezábamos, hay que destacar la pertinencia programadora de las últimas dos semanas, uniendo la Quinta de Stenz y la Cuarta de González-Monjas, una suerte de retiro mahleriano, de inmersión en un mundo tan peculiar, del que la orquesta ha obtenido el máximo provecho y lucido su excelente estado de forma. Hemos citado a Villa y Spadano. Como habría que hacer lo mismo con Ferrer en el clarinete, con Montes en la trompa, con Fernández Álvarez en la trompeta, con todos y cada uno de sus atriles.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


