Extraordinario Vivaldi por Tim Mead y Arcangelo

VIVALDI:
Nisi Dominus RV 608. Concerto ripieno RV 128, Cessate, omai cessate RV 684. Salve Regina RV 618. Sinfonia al Santo Sepolcro RV 169. Amor, hai vinto RV 683. Tim Mead, contratenor. Arcangelo. Clave y director: Jonathan Cohen. ALPHA (1 CD)
Este disco reúne cuatro de las composiciones para voz de contralto más célebres del cura pelirrojo, la Sinfonia al Santo Sepolcro y un concerto ripieno bien conocido. Sin embargo, la novedad no lo es todo y la grabación se redime gracias a la calidad de las piezas y el elevadísimo nivel interpretativo. Todos sabemos de las excelencias de Arcangelo y su director —los más ‘latinos’ de las Islas Británicas— y, para muestra, no hay más que escuchar a Bojan Cicic (vale, es croata, pero inglés de adopción) a la viola d’amore en la doxología del Nisi Dominus. Pero lo que sorprende es la soberbia labor canora.
El contratenor inglés Tim Mead luce una voz llena y carnosa, cuya limpieza y frescura no le impide tener sus estallidos de vigor (sin desmelene, todo sea dicho). En todo caso hay momentos en verdad extraordinarios, como el famoso Cum dederit del mismo salmo, que Cohen lleva a una velocidad de morosidad récord, con magnífico resultado. Mead aguanta el tempo como un jabato, emitiendo de continuo unos filados preciosos que le dejan a uno boquiabierto. El Salve Regina es la pieza menos conocida del disco. Compuesta en la tradición veneciana de la policoralidad, al presentar dos orquestas junto al solista, contiene momentos como el larghetto O Clemens de los que de nuevo Mead saca buen provecho. En la música profana no se muestra menos acertado, incorporando notables dosis de dramatismo a su proverbial finura.
El acompañamiento instrumental y la dirección son lujosos (fastuoso bajo continuo). Escúchese, por ejemplo, la primera aria de Amor hai vinto, con una irresistible combinación de energía, refinamiento, contundencia rítmica, drama y belleza tímbrica. En las piezas instrumentales el acierto es pleno, en particular la Sinfonia al Santo Sepolcro, con la introducción más bella y delicada de la discografía.
Javier Sarría Pueyo


