Un contrabandista con fortuna

Un contrabandista con fortuna

La situación en Madrid empezaba a ser insostenible para Manuel García en aquel año 1807. Y no porque su renombre y su prestigio hubiesen decaído. Todo lo contrario: por entonces el sevillano era el máximo responsable de los espectáculos musicales de los teatros madrileños, aclamado como cantante y celebrado como compositor de operetas españolas y hasta de óperas unipersonales escritas para su propio lucimiento y que le granjearon ruidosos éxitos, como ocurrió con El poeta calculista, de año 1805. Pero en el otro lado de la balanza personal se encontraban los continuos enfrentamientos con la administración de los teatros, que no hacía sino poner pegas a las exigencias de García. El objetivo de éste de conseguir el mayor nivel artístico posible chocaba con la mente burocrática de la oficina del Protector de Teatros, con el que García llegaría incluso a las manos en alguna ocasión (lo que le costó algunos días de calabozo). Pero a ello se añadía una delicada situación personal. Manuel había llegado a la Corte en 1799 acompañado de su esposa Manuela Morales, también cantante de tonadillas y bailarina bolera. Ambos trabajaban en la misma compañía, aunque Manuela quedó estancada en el escalafón mientras Manuel ascendía en poco tiempo al primer puesto. Al poco tiempo todo el personal de los teatros se deshacía en lenguas sobre la relación más o menos oculta que el tenor sevillano mantenía con otra cantante, Joaquina Briones. Manuela llegó a denunciar a su marido por conducta inmoral y ello le valió a García un destierro de un año a Málaga. Pero a su regreso volvió al regazo de Joaquina y pronto se hizo evidente el embarazo de ésta. Así que la situación no era precisamente relajada para el cantante y compositor, en quien anidó la idea de abandonar España junto a Joaquina, dejar con los padres de ésta al vástago y tentar fortuna en otras tierras.

El destino fue París, a donde su amiga Isabel Colbrán le recomendó se dirigiese en 1807. La pareja encontró empleo en el Teatro Odeón, donde Manuel fue pronto haciéndose un nombre como cantante hasta conseguir en 1809 que se le permitiese representar en su beneficio su unipersonal El poeta calculista. Fue un éxito absoluto, pero donde el delirio alcanzó cotas nunca vistas en la capital francesa fue con el polo “Yo que soy contrabandista”. La combinación del ritmo andaluz, los ayeos y melismas aflamencados, la temática exótica y el personaje del fuera de la ley, junto con la intensa interpretación de García abrieron las compuertas de la seducción francesa por la música popular española. Copias manuscritas del polo corrieron y hasta merecería ser impresa en varias ocasiones.

La posteridad de esta pieza puede ser medida por las veces en que aparece citada en otros contextos literarios y musicales. En la primera novela de Víctor Hugo, Bug Jargal  (1818) se menciona esta canción como símbolo de libertad de los esclavos de Haití.. En 1837 es George Sand quien publica su “historia lírica” Le Contrabandier. Y así hasta 1925, cuando de nuevo aparece esta canción como símbolo de libertad en la Mariana Pineda de Lorca (imposible no relacionar este polo con el Anda jaleo, jaleo del propio Lorca). También en lo musical tuvo fortuna este polo andaluz. Ferenç Liszt tuvo cercano contacto con la familia García en París en su juventud, pues fue maestro de piano de la pequeña de la familia, Pauline. Sin duda fue allí donde conoció el fragmento famoso y sobre él compuso en 1836 su espectacular Rondeau fantastique sur un theme espagnol “El Contrabandista”. Y trece años después Robert Schumann, en sus Spanische Liederspiel op. 74, compuso una canción sobre la traducción alemana de Emanuel Geibel del texto del polo de García, “Der Contrabandiste”. En ella no puede Schumann sustraerse, a pesar de querer componer una canción original, a incluir algún giro españolista, evidente en los melismas que evocan el “jaleo, jaleo” del original. Y terminamos por este excurso musical sobre García el Contrabandista (pocos como él encarnaron ese espíritu libre de “Yo que soy contrabandista /y campo por mis respetos./ A todos los desafío /pues a nadie tengo miedo”) con una escena taurina. Durante su viaje por España en 1840, Theophile Gautier asistió a una corrida en Málaga. Mientras empezaba el festejo una banda amenizaba la espera, tocando la Marcha de Riego y El Contrabandista.

Escuchemos a continuación, en la voz de Laia Falcón y el piano de Leslie Howard el polo de Manuel García, seguido por la virtuosística interpretación que Howard hace del Rondeau de Liszt. Y también les animo a oír el lied de Schumann en la voz de Bryn Terfel y el piano de Malcolm Martineau. Ya para cerrar el círculo, la versión pianística de este lied que hiciese un alumno de Liszt, Carl Tausig, en la brillantísima versión de Yuja Wang.

Y una elucubración de despedida. En su viaje de regreso a Francia desde México, en el camino hacia el puerto de Veracruz, los García fueron asaltados por una partida de bandoleros. La pequeña Pauline pudo escuchar cómo los asaltantes estaban dispuestos a matarlos a todos para no dejar testigos, cuando uno de los ladrones vio en el equipaje una guitarra y preguntó de quién era. Manuel García respondió que era suya, a lo que el mexicano le conminó a que le cantase algo. Según Pauline, su padre cantó con tanta pasión y con tanto fuego que los ladrones no sólo les perdonaron la vida, sino que les dejaron algo de dinero para terminar el viaje. Y me pregunto: ¿qué les cantaría? ¿Sería Yo que soy contrabandista?