MADRID / Tocando fondo (El Cuarteto Casals & Alexei Volodin en Liceo de Cámara)

MADRID / Tocando fondo (El Cuarteto Casals & Alexei Volodin en Liceo de Cámara)

Madrid, Auditorio Nacional. CNDM, Liceo de Cámara. 21-V-2019. Alexei Volodin, piano. Cuarteto Casals. Obras de Shostakovich.

Una cita en la que concurren un compositor como Dmitri Shostakovich, en su más honda dimensión camerística, y una formación como el Cuarteto Casals tiene forzosamente que despertar la atención y prevenir para cosas importantes. Íbamos por ello preparados para escuchar una buena sesión de cámara; y así fue, aunque ya hace días que se cayera del cartel el anunciado y ancianismo pianista Menahem Pressler, sustituido, es cierto que muy honorablemente, por el mucho más joven colega ruso Alexei Volodin.

Lo más importante y nuclear de la sesión se dio en la interpretación de  la negra pintura que es el Cuarteto nº 8 en do menor op. 110 de 1960, un alegato contra la brutalidad, la inhumanidad y la crueldad. La destrucción de Dresde es descrita particularmente en el segundo movimiento, un Allegro verdaderamente despiadado, como define Alan George, una suerte de perpetuum mobile confiado al primer violín, que inicia una danza auténticamente salvaje, paroxística, que tuvo ideal correspondencia en una interpretación soberana, introspectiva, meditativa y concentrada, aunque tocada de un subterráneo y terrible salvajismo. Los arcos del Casals llevaban auténtica dinamita, que pudo apreciarse también el sardónico vals que le sigue. El toque fúnebre y desolado apareció en los dos últimos movimientos, sendos Largos, el primero, iniciado por secos y dramáticos acordes, que busca ecos del Dies irae, el segundo, todavía más triste y amargo, con ecos de partituras anteriores del compositor.

La tensión, por momentos insoportable, se liberó al final, tras un ígneo ascenso, en los postreros compases morendo, que nos dejaban un extraño regusto y nos preparaban para afrontar en la segunda parte el robusto Quinteto con piano op. 57 de 1940, ciclópeo y monumental, sinfónico y poderoso, con un piano a veces demoledor que rompe en la introducción anunciando concisamente el material temático que va a desarrollarse de inmediato. Un solo de viola, tocado magníficamente por Jonathan Brown, nos puso rápidamente en situación y nos colocó para acometer los pasajes fugados que conducen al final.

De nuevo un movimiento de fuga para vertebrar el Adagio subsiguiente, que va tomando cuerpo con la entrada lenta y sucesiva de las cuerdas para alcanzar enseguida la buscada plenitud contrapuntística sobre el basamento de los cada vez más pesantes acordes del teclado, dominado por las manos poderosas, precisas y rotundas de Volodin, que proporcionó el perlado colofón al movimiento. Nos esperaba a continuación esa especie de virulenta canción infantil del Scherzo, acometida por los cinco músicos con un ímpetu casi furioso, que no hizo perder en ningún momento los rasgos danzables del fragmento, que nos recordó los compases conclusivos del Concierto para piano y trompeta del propio Shostakovich.

Abel Tomás, desde el primer atril, nos encandiló luego en el Intermezzo con su suave canto lírico sobre pizzicati evanescentes, que dio pie a un lento e implacable ascenso de los cinco instrumentos a toda presión. La zona más aguda del piano nos recibió con un toque de inusitada brilllantez para acometer el Allegretto postrero, que se desarrolló con inusitada ligereza y que fue resolviendo felizmente, sobre una peculiar estructura sonatística, las tensiones acumuladas. Shostakovich determinó que la música se acabara en un suspiro y quedara flotando en el aire. Efecto sobradamente conseguido por los Casals y Volodin en una interpretación que redondeó un magnífico concierto y que puso fin al Liceo de Cámara de esta temporada. No hubo bis: bien.

El concierto había empezado con buen pie ya que pudimos escuchar como pórtico las Dos piezas para cuarteto de cuerda de 1931, tan distintas: la primera, Elegy, un sombrío Adagio, que combina furiosos trémolos con las aguas mansas de los más delicados agudos; la segunda, Polka. Allegretto, un característico movimiento animado por pizzicati y acentos grotescos y cambiantes, en los que los cuatro instrumentistas estuvieron tan certeros como intencionados.

(Foto: CNDM. Elvira Megías)