ZARAGOZA / Diferencias sobre un tema de Ivo Pogorelich

ZARAGOZA / Diferencias sobre un tema de Ivo Pogorelich

Zaragoza. Auditorio. 7-VI-2021. XXIV Ciclo de Solistas Pilar Bayona. Ivo Pogorelich, piano. Obras de Chopin.

He perdido la cuenta de cuántas veces ha tocado en Zaragoza Ivo Pogorelich, que lleva treinta y tantos años en el podio de los pianistas más reclamados por las instituciones musicales de la ciudad. Recuerdo la gran impresión que causó en su debut, creo que a finales de 1988. Recuerdo su segunda aparición, una terrible noche de nieve, quizás de 1991, en el Teatro Fleta, gran coliseo del que apenas quedan, como diría Quevedo, los muros “si un tiempo fuertes hoy desmoronados”, y la estupefaciente bagatela beethoveniana Para Elisa, dicha con lentitud desganada y exasperante cuya intención –demostrar que es cosa irrelevante y carente de valor, o sugerir esotéricos significados– sigo sin comprender. Recuerdo una colección chopiniana, los Preludios o quizás los Nocturnos, tocados al rovescio: los fragmentos rápidos llevados con fatigosa parsimonia y los lentos con despreocupada ligereza. Recuerdo un tercer tiempo de la sonata La tempestad de Beethoven en que al moto perpetuo, por frenado y anémico, parecían faltarle pilas. Recuerdo una Sonata en si menor de Liszt de centro deconstruido, planteado como un universo en permanente expansión: tempo muy ralentizado, notas muy separadas, y anulación de todo atisbo de melodía. Recuerdo interminables discusiones entre los aficionados. Recuerdo la negativa de algunos melómanos serios a seguir contemplando los caprichos de un divo –pero sigo viéndolos en la sala–. Pero recuerdo también irreprochables y hasta admirables interpretaciones de Bach, Brahms, Rachmaninov, Debussy, Ravel y hasta Granados.

Bien mirado, Pogorelich lleva varios decenios interpelando al público sobre un tema no baladí: la relación entre creador e intérprete. O. si se quiere, los límites entre ellos. ¿Es la voluntad del compositor un dogma incuestionable? ¿Es la partitura un testamento inimpugnable? ¿Contiene todas las posibilidades ideales y materiales que pueden nacer de la obra? ¿Está condenado el intérprete a únicamente interpretar la supuesta voluntad del autor; a ser un ejecutor carente de imaginación; a ser mero vehículo de una interpretación supuestamente auténtica sin permitírsele el libre examen? ¿Es lícito que el intérprete vaya más allá de la supuesta voluntad del creador y revele que cada obra esconde varias posibles obras, incluso imprevistas por el autor? ¿Hasta dónde puede llegar el intérprete en su refacción? ¿Debe atenerse a una interpretación consolidada como académica, típica y normativa, o es su poner las convenciones en tela de juicio y revelar que las cosas no son forzosamente como se ha creído que deben ser? Pogorelich habla de la libertad espiritual. O sea de la libertad. O sea del ser humano. No parece reprochable. Pero quien se hace preguntas ofrece respuestas, y las respuestas pueden ser opinables por acertadas o no. De ahí las visibles diferencias, a veces inconciliables, con que el trabajo del belgradense es recibido. Pero ¿quién no tantea en su búsqueda de la verdad? ¿Quién no se equivoca nunca? ¡Si hasta un Velázquez tiene arrepentimientos!

Ivo Pogorelich ha vuelto al Ciclo pianístico Pilar Bayona. La ejecución del programa, un monográfico Chopin, ha sido un logrado epítome del ideario del pianista. El abordaje más tradicional del compositor polaco ha sido deudor de sus circunstancias personales: un Chopin delicado, enfermizo, perseguidor de una belleza frágil, curvilínea, tópicamente femenina. Pogorelich, partiendo obviamente de su creencia en la libertad del intérprete, ve un Chopin rotundamente masculino, quebrado solo en su cuerpo pero no en su alma, portador de ideas sólidas y visionarias, altas y fuertes. Consecuentemente, con altura y fortaleza, las expone. Con una pujanza, una expansividad y un poderío sonoro que en ocasiones se antoja titánico.

En las primeras obras de la noche la escultura del sonido, de vigor miguelangelesco, primó sobre la idea. Tanto la Sonata n.º 3 op. 58 como la Fantasía op. 49 fueron casi enteramente canónicas, aunque no faltó algún toque propio. En la primera, el trío del Scherzo y el Largo optaron por esa morosidad antimelódica tan cara al pianista. Y en la segunda, las notas picadas de la marcha inicial fueron exageradas y recortadas con un resultado levemente cómico del todo superfluo. El grueso del trabajo del artista fue material, plástico, generoso en una gama dinámica que en muchos momentos produjo estallidos sonoros colosales, ora con acordes macizos violentamente descargados sobre la zona aguda del piano, ora con largos arpegios ascendentes en la zona grave que sonaron como atronadores misiles surgidos de la oscuridad. Especialmente curioso fue, en la sonata, el Presto ma non tanto final, abordado con rigurosa canonicidad, sin rareza alguna, con el punto justo de empuje, pero con ropaje sonoro cegador, henchido de fuerza, de creciente fogosidad, colosal en su conclusión. Apabullante.

La Polonesa-fantasía op. 61, en cambio, puso el foco en la forma, subrayando la condición insólita de la obra y su complejidad formal y procurando evanescer todo referente folclórico; casi no parecía una polonesa. Y tras ese gozne, la que resultó, no por duración sino por planteamiento, gran obra de la noche: la Barcarola op. 60. Si la doctrina supone que Chopin quiso recrear el plácido curso de una góndola veneciana, Pogorelich edificó un monumento sonoro expresionista, violento, terrible y hasta tétrico; una travesía cataclísmica de la Laguna Estigia rumbo al inframundo de Hades. De sugerirme alguna imagen plástica no fue precisamente Venecia. Fue directamente La isla de los muertos de Arnold Böcklin. Impresionante.

Después de un anticlímax fuera de programa (una de las mazurcas más sosas y poco características de Chopin, creo), el artista saludó una y otra vez partituras en mano, pero no fue más concesivo. Dio igual. De su competencia mecánica; de su potencia sonora; de la originalidad de su propuesta; del valor con que la expone sin dejarse amilanar por las convenciones, había dado muestras suficientes.