MOTRIL / Mirando y escuchando al Sur

MOTRIL / Mirando y escuchando al Sur

Motril. Teatro Calderón de la Barca. 21-IX-2019. Robert Silla, oboe; Joan Enric Lluna, clarinete; Cecilia Bercovich, violín; Valeria Zorina, violín; Paul Cortese, viola; José Miguel Gómez, violonchelo; Matthew Baker, contrabajo; Juan Carlos Garvayo, piano. Obras de Glazunov, Kapustin, Britten y Connesson. • Fábrica del Pilar. 22-IX-2019. Festival Música Sur. Cecilia Bercovich, violín y viola; José Miguel Gómez, violonchelo; Manuel Gómez Ruiz, tenor; Alberto Villaescusa y Juan Carlos Garvayo, piano. Obras de Schumann.

A cada edición el Festival Música Sur viene demostrando, de manera creciente, que también en la periferia se desarrollan propuestas musicales imaginativas y de altísima calidad. Con Juan Carlos Garvayo a la cabeza del equipo artístico y con el apoyo firme del ayuntamiento motrileño y de una buena nómina de patrocinadores locales, Música Sur nos  hace volver la mirada y la escucha hacia ese Sur donde tantas sensaciones nos esperan. Garvayo no se caracteriza, precisamente, por caer en la fácil rutina programadora que, por desgracia, infecta a tantos certámenes y espacios musicales españoles. Todo lo contrario, siempre nos podremos esperar una vuelta de tuerca más en materia de repertorio y de intérpretes. Y como muestra el botón de esta sesión inaugural que se abrió con la inusual Réverie orientale de Glazunov para clarinete y cuarteto de cuerdas. Lluna extrajo de su clarinete un sonido aterciopelado, redondo y profundo en los graves, lleno de colores y matices dinámicos, con ataques suaves. El acompañamiento ensoñador de las cuerdas completó la dimensión onírica de tan bella pieza.

Garvayo, Lluna y Gómez se adentraron en el Trío op. 6 de Kapustin. Puede que el Allegro molto sonase un punto falto de incisividad en los ritmos, pero en el resto de la obra los músicos se identificaron al máximo con ese cruce entre jazz y música contemporánea que caracteriza a la música del ruso. Lluna dejó colgados en el Andante unos pianísimos magistrales, mientras que Garvayo, en el Allegro giocoso final, dejó soltar las manos en los ritmos sincopados, consiguiendo entre los tres un final vibrante. Silla, Bercovich, Cortese y Gómez  se hicieron cargo del poco programado Phantasy Quartet op. 2 de Britten, iniciándolo con un crescendo perfectamente graduado y continuando con un fraseo lleno de incisividad y energía. La conjunción de un Silla de fraseo modelado al detalle con las cuerdas con sordina cerró momentos de enorme belleza y concentración. Y como colofón, ya con todos los intérpretes reunidos (salvo Zorina), el brillante Sexteto de Guillaume Conneson, obra de neto sabor francés que adopta patrones minimalistas en el primer tiempo y que discurre por la exploración de los juegos rítmicos. A destacar el perfecto encaje de todos en el complicado primer tiempo, el fraseo poético en Nocturne y el final lleno de chispeante y de energía contagiosa de Festif.

PRECOCIDAD PIANÍSTICA

Si el año pasado la velada matinal estuvo dedicada en su integridad a la música de Schubert, en esta ocasión ha sido Robert Schumann el núcleo del evento. Para el Adagio y Allegro op. 70 se le ofreció oportunidad de darse a conocer al joven pianista (12 años) Alberto Villaescusa. Sorprende en él la madurez y el aplomo con el que abordó la nunca sencilla música para piano de Schumann, con una articulación clara y definida y una gama de matices inesperada en alguien de su edad y que auguran un importante futuro lleno de esperanzas. Junto a él, Cecilia Bercovich, en esta ocasión a la viola, mostró que también en este instrumento es capaz de conseguir un sonido lleno de iridiscencias y un fraseo tan poético como dramático cuando es necesario. El Trío Arbós al completo interpretó la versión para trío de los 6 estudios en forma de canon op. 56; una versión que permite seguir de manera más definida los juegos imitativos de unas piezas llenas de poesía y que en manos de estos tres intérpretes sonaron como un compendio de las pasiones arraigadas en la mente de Schumann. A destacar la manera de regular el sonido con propósitos expresivos, consiguiendo pasajes de acuciante intimidad en la segunda pieza; o las gamas dinámicas por debajo del mezzopiano en la sexta.

Pero el corazón afectivo y musical de la mañana estaba en la interpretación del Dichterliebe de Schumann. Manuel Gómez Ruiz tiene una voz perfecta para este ciclo gracias a sus perfiles eminentemente líricos y a su formación liederística germánica. Controla la emisión en casi toda la gama, salvo en algunos pasajes más agudos de Aus alten Märchen que sonaron algo tirantes. Hasta la tercera de las canciones no colocó la voz plenamente, lo que le había llevado que se le moviese la nota en la palabra “Mai” de la primera canción. Pero a partir de “Die Rose, die Lille” la voz le corrió perfectamente y pudo recrearse en infinitas matizaciones y en detalles de gran gusto en el fraseo, adecuando la voz al clima de cada pieza, como en esa manera tan expresiva de oscurecer el timbre en “Im Rhein” o esa media voz tan delicada con la que coronó Die alten, bösen Lieder. Y de fondo un Garvayo plenamente identificado con esta música, respirando con el cantante y dialogando de forma delicada con él, siempre desde el control absoluto de la pulsación y del sonido.