MADRID / Durón es mucho más de lo que parecía

MADRID / Durón es mucho más de lo que parecía

Madrid. Basílica Pontificia de San Miguel. 4-XI-2020. FIAS de Otoño de la CAM. Opera Omnia. Director y violín: Isaac M. Pulet. Obras de Durón e Iribarren.

Es probable que nos estemos equivocando todos con Sebastián Durón. Nos hemos empeñados en recuperar su obra lírica (que, sinceramente, no vale gran cosa; al menos, lo que se ha exhumado hasta la fecha) y hemos dejado de lado su obra religiosa, que es mucho más amplia, pues no podemos olvidar que fue maestro de la Real Capilla durante un cuarto de siglo y que antes había trabajado en la Seo de Zaragoza y en las catedrales de Sevilla, Cuenca el Burgo de Osma y Palencia. Pero de la producción sacra de Durón, que es realmente abundante, apenas conocemos unas “migajas” (empleando el término que utilizó Hernando de Cabezón para referirse a la poca música que se había podido salvar de su padre, el gran Antonio de Cabezón).

Es probable, también, que no estuviera tan desencaminado el Padre Benito Jerónimo de Feijoo, tan amigo de meterse en polémicas, cuando acusó a Durón de intentar italianizar la música escénica española y de la decadencia que, a raíz de ello, se había producido en esta. Aunque no lo consiguió plenamente (hubo otros compositores, como Literes y, ya más adelante, Nebra) que fueron mucho más italianizantes que Durón, lo cierto es que esa música escénica contrasta de manera incuestionable con su música sacra, demasiado conservadora, si entendemos por conservadora el hecho de que se mantuviera en los estrictos cánones establecidos en aquella España del XVII.

Hay que llegar a estas conclusiones después de haber escuchado el magnífico concierto ofrecido ayer, en la Basílica Pontificia de San Miguel, por el grupo Opera Omnia, dirigido por su fundador, el violinista Isaac M. Pulet. El programa incluía tres obras recuperada en 2002 por el músicólogo Pablo L. Rodríguez (que hizo una tesis sobre Durón): una Misa de difuntos a tres coros con violines y flautas (con toda seguridad, compuesta para el aniversario de la muerte del rey Carlos II, a quien tan unido estuvo Durón, al punto de que siguió a su viuda, Mariana de Neoburgo, al exilio de Francia, donde el briocense fallecería en 1716), una Lamentación segunda del viernes a solo con violines y un Miserere a 12 con violines y flautas. Si la misa ya sobrecogió, desde las primeras notas, a los asistentes al concierto, el miserere terminó por conmocionarlos, ante su majestuosidad y boato. Lo reconozco: nunca he sido acérrimo de Durón, pero en esta ocasión he tenido que rendirme a la evidencia.

Opera Omnia fue alterando la plantilla vocal en función de la obra de que se tratase: dos tiples (Èlia Casanova y Adriana Mayer), un alto (Gabriel Díaz), dos tenores (Fran Braojos y Fran Díaz Carrillo) y un bajo (Fabio Barrutia) para la misa; una tiple (Manon Chauvin) para la lamentación; y tres tiples (las antes mencionadas), dos altos (además de Díaz, Sandra Cotarelo), dos tenores y un bajo para el miserere. La plantilla instrumental (Pulet y Beatriz Amezúa, violines; Antonio Campillo y Teresa Meyer, traversos; Ismael Campanero, contrabajo, y un eficacísimo bajo continuo formado por Sara Águeda al arpa, Guillermo Martínez al violonchelo, Josías Rodríguez con la cuerda pulsada y Jorge López Escribano al órgano positivo) apenas experimentó variaciones: en la lamentación se unió un tercer violín (Marta Mayoral) y desaparecieron las flautas. Una nómina bastante más numerosa de lo que es habitual en nuestros días por estos pagos (mandan los exiguos cachés que se les ofrecen a los grupos españoles, claro), aunque no tanto como lo era en tiempos de Durón (recordemos solo un detalle: en la Capilla Real había permanentemente dos arpas, que se utilizaban en cualquier oficio).

La interpretación fue brillante en lo vocal y en lo instrumental, pese a las complicaciones que supone hacer música en estos tiempos de pandemia tanto para el coro (la separaciones de las voces resta macicez, a pesar de lo cual, se mostraron boyantes, sobre todo en el miserere, remarcando con una pulcritud exquisita cada uno de los matices polifónicos de la obra) como para la orquesta, que tuvo que lidiar con grandes dosis de buena voluntad el inconveniente de la distancia de seguridad que marca el vigente protocolo sanitario (se constató que a veces el director tenía serios problemas para que bajo continuo, con los cantantes de por medio, pudiera apreciar con claridad sus indicaciones).

La función acabó con una propina de otro maestro de capilla (este, de la Catedral de Málaga), Juan Francés de Iribarren, de quien sonó la donairosa Jácara del Fandanguillo (villancico al Nacimiento de Cristo), como preludió quizá de una Navidad que nadie atisba a saber cómo vamos a celebrar en este año de plagas. En fin, que San Miguel nunca falla y aquí, bajo su manto protector, se ha podido vivir otro magnífico concierto y, de paso, constatar que Durón es mucho más vasto e interesante de lo que imaginábamos.