“Cecilia Valdés”, una primicia en el Teatro de la Zarzuela

“Cecilia Valdés”, una primicia en el Teatro de la Zarzuela

Desde su inauguración, el Teatro de la Zarzuela no había nunca representado una de las obras líricas más célebres e importantes de Cuba, la zarzuela Cecilia Valdés de Gonzalo Roig. Para tal evento, que se inaugura el día 24 de enero, el coliseo de la calle Jovellanos de Madrid ha reunido un magnífico reparto constituido en su mayoría por cantantes iberoamericanos, algunos de ellos cubanos, como las sopranos líricas Elizabeth Caballero y Elaine Álvarez (Cecilia), Martín Nusspaumer (Leonardo), Homero Pérez-Miranda y Eleomar Cuello (José Dolores Pimenta) o Linda Mirabal (Dolores). Los españoles Enrique Ferrer (Leonardo) y Cristina Faus (Isabel) son buena compañía. Orientados por la buena mano de Óliver Díaz, seguirán las órdenes escénicas del venezolano Carlos Wagner para quien la obra tiene “una parte muy divertida y entrañable”, porque aquí están presentes “las fiestas, y también la vida cotidiana, tanto de la clase alta como la de la gente humilde en La Habana”. Y, además, “abarca temas más serios, como el machismo de esa clase alta” y su actitud “ante el tema de la raza”.

Esta Comedia lírica en un acto, un prólogo, ocho cuadros, un epílogo y una apoteosis, se estrenó en el Teatro Martí de La Habana el 26 de marzo de 1932, con libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla. Para entonces, Roig era ya un nombre muy siginificado en la música de su país y autor del conocidísimo bolero criollo Quiéreme mucho. En 1914 puso música a la revista De París a La Habana. Con Las musas americanas inició su intensa carrera lírica dentro del mundo de la revista y, naturalmente, de la zarzuela. En la rica partitura de Cecilia se dan la mano muy grácilmente una serie de influencias venidas en algún caso de manera directa de la música afrocubana y recreadas desde hacía decenios en la isla, adoptadas en algún caso por creadores de la tierra tan relevantes como Amadeo Roldán o Alejandro García Caturla, auténticos pioneros e impulsores de una inspiración y de una vida musical muy mortecina en La Habana de principios del siglo XX.

Roig desde un principio logró, con su modos, sus maneras e inspiración, como apuntaba Clara Díaz Pérez, una “creación de tipo nacional popular, compuesta con una gran organizacidad lógica que le infiere a la partitura de Cecila Valdés —y a otras salidas de su pluma— gran unidad”. Unidad conseguida mediante el manejo de los ritmos populares de la época en un totum que incluye variadas formas de la música cubana: guajira, guaracha, contradanza, tango, congo de barracón, la criolla, el pregón, la danza… Todos utilizados dentro de un plano de bien urdida dramaturgia. Lo curioso es que todo ello está muy hábilmente hilvanado y entretejido con herencias de la ópera romántica y de la zarzuela grande. Incluso, abunda la citada musicóloga, se llegan a rastrear elementos derivados del motete religioso. En la partitura se lograba, manifestaba Leo Brouwer, “la perfecta simbiosis de música negra y música campesina, criolla. Se mezclaban las dos cosas con gran brillantez y por eso se siente tanto la cubanía”.

Pocos como Roig han captado los ritmos sinuosos y acariciantes de la música cubana”. Óliver Díaz nos dice que “Cecilia Valdés es una perfecta amalgama entre la gran tradición operística centroeuropea, la zarzuela y la música afrocubana. Gonzalo Roig es capaz de colorear e iluminar cada una de las acciones de la forma más sutil evidenciando los aspectos psicológicos de cada personaje con una maestría absoluta”. Y Miguel del Pino afirma que “Cecilia Valdés no es afrocubana ni criolla, sino la exaltación del mestizaje cubano”. Todo llega a través de un argumento rocambolesco, un melo de tomo y lomo que se perdona por la belleza y la frescura de la música.