El cosmonauta Levit y el piano como superinstrumento

El cosmonauta Levit y el piano como superinstrumento

En 2014, Igor Levit quiso grabar para Sony Classical los cuatro ciclos de variaciones que consideraba más importantes de la literatura pianística. Y este virtuoso alemán de origen ruso (Nizhni Nóvgorod, 34 años) registró las Goldberg de Bach, las Diabelli de Beethoven junto a El pueblo unido jamás será vencido, el ciclo basado en la canción protesta de Sergio Ortega contra Pinochet, del recientemente desaparecido Frederic Rzewski. Pero tuvo que renunciar a Passacaglia on DSCH, del escocés Ronald Stevenson (1928-2015).

La composición, en un movimiento de unos 85 minutos y tan desconocida como sobrehumana por su dificultad, era demasiado para él. “Simplemente no podía con ella”, confiesa en Hauskonzert, su diario personal de la pandémica temporada 2019/20, que ha redactado en colaboración con el periodista Florian Zinnecker y acaba de publicar Carl Hanser Verlag. Por esa razón, Passacaglia on DSCH se convirtió, para Levit, en un reto personal. “Me gustan las piezas que me exigen tiempo”, reconoce en el libro.

Tocó esta monumental obra asiduamente en público hasta convertirse en su intérprete de referencia. Así lo decretó Andrew Clements, en las páginas de The Guardian, tras escuchar su impresionante interpretación, en el Wigmore Hall, en mayo de 2019: “Es difícil imaginar que esta extraordinaria composición se haya interpretado mejor alguna vez”. Ahora, el mismo crítico británico, acaba de colocar su grabación en la cúspide de la discografía de la obra, por encima del registro del propio compositor, de 1987, en Altarus, y de la pionera versión de John Ogdon, para EMI, en 1966, que nunca se ha publicado en disco compacto.

Levit eligió tocar Passacaglia on DSCH en su concierto inaugural como profesor de la Hochschule für Musik, Theater und Medien Hannover, en noviembre de 2019. Entonces, su madre, Elena Levit, una reputada pedagoga de piano, confesó a Zinnecker que “nunca había visto un concierto similar”. No se refería tanto a la longitud de la pieza como a su intensidad y profundidad: “Igor necesita estas situaciones extremas”. No por casualidad, el pianista considera que esta obra pertenece a su filosofía como intérprete. “Encaja de alguna manera con mi forma de tocar. Lo maníaco, lo político, oscuridad, dureza, sensualidad, todo está muy cerca de mí”, reconoce en las páginas de Hauskonzert.

Esta composición surgió, entre 1960 y 1963, como un homenaje a Dmitri Shostakóvich. Stevenson redactó más de trescientas variaciones de su acrónimo musical, D-S-C-H (re-mi bemol-do-si, conforme a la notación musical alemana), en donde convirtió al piano en un superinstrumento, siguiendo la estela de Charles-Valentin Alkan, Ferruccio Busoni o Kaikhosru Shapurji Sorabji. Pero la obra es, además, una asombrosa utopía que engarza, en sus tres partes, un mundo que combina música con historia, política y geografía. Abarca desde la sonata, la suite barroca y las piezas de carácter (vals, pibroch, fandango), hasta un homenaje al “África emergente” (donde el intérprete golpea con la mano izquierda sobre el cordal del piano), y culmina en una masiva triple fuga que incorpora el acrónimo de Bach (si bemol, la, do y si natural) y la secuencia Dies irae como recuerdo de las víctimas del Holocausto. A todo ello hay que sumar una escritura densamente polifónica y cromática, pero que nunca rebasa las barreras de la tonalidad.

Sony Classical publica hoy la impresionante grabación de Levit de esta partitura precedida por otra composición monumental de Shostakóvich: sus 24 preludios y fugas, op. 87, de 1950-51. Un triple CD en un lujoso estuche basado en el colorista diseño de la portada de Christoph Niemann, ilustrador en The Times Magazine. Estamos claramente ante uno de los discos de 2021.

En Shostakóvich, Levit atrapa al oyente desde esa especie de inocente zarabanda que es el primer preludio, en do mayor, hasta la imponente fuga n° 24, en re menor, que cierra el ciclo desentrañando todos sus conflictos. Un verdadero maratón contrapuntístico, donde resuena el espíritu de Bach tamizado a través de la praxis musical rusa, tal como podemos comprobar en el preludio y fuga nº 10, en do sostenido menor. Pero también proyectada hacia el universo musical del propio Shostakóvich, como escuchamos en el preludio nº 6, en si menor, cuyo ritmo claramente se puede relacionar con el inicio de la Quinta sinfonía. Al mismo tiempo, el nº 11, en si mayor, recuerda a la Novena, o esa pasacalle, que es el preludio nº 12, podría evocar su Octava al igual que la ópera Lady Macbeth de Mtsensk.

La versión del pianista alemán suena concentrada, exquisita e intensa, pero también completamente personal. Durante una conversación telefónica en julio pasado, Levit me confesó que había escuchado tanto las grabaciones del propio Shostakóvich como los registros clásicos de Tatiana Nikoláyeva, aunque expresó una especial admiración hacia la grabación de Alexander Melnikov, de 2009, en Harmonia Mundi. No obstante, él tiene su propio relato de la obra.

Su grabación trata de mostrar cómo cada uno de los 24 preludios y fugas se necesitan mutuamente. Ello le ha llevado a explorar la unidad del ciclo. Y a revelar nexos insospechados que conectan unas tonalidades con otras, a través del plan del compositor basado en el círculo de quintas. También escuchamos detalles que permiten conectar un preludio con su fuga, por mucha distancia que los separe. Es el caso, por ejemplo, del preludio y fuga nº 15, en re bemol mayor, donde Levit es capaz de hacernos sentir cómo el bullicioso vals del preludio parece emerger, medio ahogado, dentro de la machacona fuga atonal que le sigue.

Pero este disco fascina todavía más por la interpretación de Passacaglia on DSCH, de Stevenson, cuyo trazado tiene más aroma de viaje. Lo comprobamos en la fluidez que impone, en la primera parte, desde el enfático enunciado del tema de cuatro notas en octavas que repite dos veces (la última en sentido inverso y con valores más breves). Levit trata de dotar a cada variación de su propia fisonomía, ya sea dentro de un vals, una suite o un melódico pibroch, que funciona como lamento, hasta el nocturno que cierra la Pars Prima de la obra.

En la parte central, titulada Pars Altera, el itinerario trasciende fronteras y el tema DSCH sobrevuela el mundo y la historia. El pianista encuentra el perfil rapsódico ideal, sin perder de vista el nexo temático de cada número. Y es capaz de dotar de sentido musical tanto a unas variaciones sobre el popular motivo bolchevique “Paz, Pan y Tierra”, como a un misterioso fandango español, pasando por un percutido pasaje africano. Todo desemboca en otras variaciones que despejan el camino hacia un homenaje a Bach que decanta la parte final de la obra. Y es en la conclusión de la triple fuga donde Levit resulta más desbordante, al combinar con intensidad y transparencia el acrónimo de Bach con la melodía del Dies irae y el motivo DSCH.

No obstante, el clímax lo reserva para el final. Tras esa triple fuga, que conduce a un adagissimo barocco, escuchamos su asombroso desafío gravitatorio, indicado en la partitura “con un senso di spazio quasi gagarinesco”. En los últimos minutos de la obra, Levit agranda su instrumento, lo eleva sobre nuestras cabezas y casi sentimos cómo órbita emulando al legendario cosmonauta ruso.