Variaciones y variantes

Variaciones y variantes

El Bolero es la partitura más popular de Ravel y no faltan quienes la consideran su obra maestra. En efecto, una página que consta melódicamente de dieciséis compases y cuya duración, de unos dieciséis minutos, repite una sola frase melódica respondida por otra que es su derivación, o sea un doble arco cantable sin variaciones. El autor hizo una versión para dos pianos que es todo un dechado de escritura que parece imposible de resolver a priori porque el original especula con las posibilidades de una orquesta, desde el solo cantable hasta el tutti  apoteósico del final. Desde luego, Ravel fue un maestro tanto en un registro como en el otro.

La popularidad es ambigua porque se presta a toda clase de manipulaciones. Mucha gente creyó que se trataba de una banda sonora para que la bailaran en el cine Carole Lombard y George Raft. En la escena se la ambientado en un tablado flamenco con su pareja y su coro de segundas figuras pero Maurice Béjart optó por lo contrario: una solución abstracta y despojada con una inmensa mesa circular en cuyo centro evoluciona un solista – varón o mujer – que encarna la melodía, en tanto en la periferia los varones de la compañía se enardecen cada vez más en un juego de lo inalcanzable, asistidos sólo por el ritmo.

Lo mismo ocurre con las lecturas de concierto. Paray y Ansermet juegan con las posibilidades de fraseo diverso que proponen los instrumentos, dejando de lado el ritmo obstinado como un eco de los mismos. Todo se confía al color, el timbre y el canto. Celibidache, por el contrario, parte del ritmo y traduce la partitura en clave de marcha, un alucinado ejército que bien podría ser el de un cuadro romano de peplum en manos de Respighi.

Lo curioso del caso es lo anecdótico. Se dice que Ravel dio con la melodía mientras nadaba en una piscina y que, en un rapto, con la gorra puesta y chorreando agua, se sentó al piano, la tocó y la memorizó. Hacia su final, presa de la enfermedad, la escuchaba y preguntaba quién la había escrito. Tal vez recordaba haber dicho que la consideraba “desgraciadamente, vacía de música.”

¿Música vacua, una ocurrencia al pasar que se repite sin saber cómo desarrollarla? Más se diría lo contrario: una reducción minimalista – en el mejor sentido de la palabra – a los puros elementos de la música: melodía, ritmo y timbración. La puridad de lo mínimo. A ello hay que agregar el relato. Bolero es una viñeta que simboliza el nacimiento de la música misma en un crescendo que supone el silencio previo, el redoble del tambor sin altura definida, la frontera entre lo ruidoso y lo musical. Así, desarrollado orgánicamente, se llega al cruce de las voces, es decir a la altura vertical de la armonía, sin cambiar el sumario canto ni alterar la obstinación del ritmo. Escrita para la danza, es como el baile nativo de todo un arte. No hay variaciones ni comentario, todo es mera variante que se complejiza sin acudir a otra cosa que la repetición. Tal vez Ravel tenía razón. El Bolero está vacío de música y, a la vez, pleno de musicalidad.