Un homenaje que se convirtió en póstumo

Un homenaje que se convirtió en póstumo

Se ha proyectado en Madrid, en una de las salas del Cine Morasol, Música en las manos, documental de Cristina Otero sobre Jesús López Cobos. Un bello filme de poco más de ochenta minutos, una evocación llena de cariño y que prescinde deliberadamente de cualquier visión crítica, en especial las adversidades que a los proyectos de López Cobos en nuestro país opuso la circunstancia de cada ocasión. No siempre la culpa la tuvieron las instituciones, pero siempre hubo “nombres y apellidos”, como se dice en castizo. En el film no se dice nada de eso, pero a todo aludió Antonio Moral al presentar la película al público que abarrotaba no una, sino dos salas del conjunto Morasol.

Esa historia acaso se cuente un día, y para entonces incluso puede que haya quien se sienta interesado por ver qué pasó en la Orquesta y Coro Nacionales de España allá por 1986-1988; o en el Teatro Real en 2008-2010. Recuerdo cuando en el INAEM se quejaban de que Jesús había forzado un aumento de retribuciones para los músicos sin pedirles nada a cambio… y que éstos nunca dieron a cambio nada, contra lo que él esperaba (este país “del honor” ignora el pundonor). Recuerdo la pasmosa frivolidad de un director general, el resentimiento activo de algún alto funcionario, la falta de habilidad de Jesús al torear la tanda de morlacos (lo suyo era la batuta y el estudio de la partitura, no el manejo de engaño y estoque). Lo recuerdo porque yo estaba allí, y todo eso y algo más nos llevó a un mal entendimiento. Téngase presente siempre la máxima para una buena gestión de una orquesta: “Lo primero es entenderte bien con el maestro, sin intermediarios suyos ni institucionales”.

Si yo fracasé como gestor de aquel conjunto, el propio Jesús se marchó durante años de este país. Sin duda, porque no quería saber nada. Nada. Hasta su aventura en el Teatro Real, especialmente fértil, junto a Moral, también. Por eso me gusta aplaudir este documental tan humano, que bordea siempre lo desagradable; no lo bordea, se desentiende de ello. Aparecen las ciudades de Jesús: Toro, donde nació azarosamente por el destino concreto de su padre; Berlín, Viena, Madrid, Lausanne. Recuerdo nuestra gira por Japón, con la Nacional, con Yepes, por Corostola. Recuerdo una de las primeras veces que nos vimos. Fue en Berlín, antes de nuestra malaventura en Orquesta y Coro (nacionales). Nos invitó a ver en la Deutsche Oper, su teatro, una Ariadna en Naxos que él no dirigía. Recuerdo la última. Fue en Varsovia, una charla cordial, dentro de la cordialidad que se permitía Jesús cuando no había intimidad, y dada la circunstancia en que tuvo lugar aquello: en Varsovia, otoño de 2013, cuando la apoteosis de los ochenta años de Penderecki. Yo había defendido en mis artículos españoles y franceses el equipo formado por Jesús y Moral, y me mostraba contrario a la apuesta (excesiva y extemporánea) por Mortier (no podíamos saberlo, pero le quedaban pocos meses de vida cuando hablábamos en Varsovia), y Jesús dijo que en nuestro país era imposible cualquier proyecto de largo alcance (o largo aliento, o amplio, o ambicioso, o que precisara trabajo y tiempo, algo así). Lo de la Nacional debió resultar decepcionante. Lo del Real fue algo peor: una traición a un bello proyecto. Era imposible, tal vez tenía razón: siempre había alguien que lo boicoteaba, y a menudo eran individuos profesionales de la propia música, no solo funcionarios malvados o individuos de las especies aún no exitinguidas que se clasifican como homo ferracensis y homo genovensis.

Mientras, bienvenido sea este documental. Me enternece ver a Lorenzo, hijo de Jesús, a quien conocí muy pequeño, y él no lo recordará, claro. Me enternece verlo convertido en todo un músico. Con cuántos artistas como Arabella Steinbacher o Plácido Domingo no ha trabajado Jesús. Y aquí están, dando testimonio. El filme le dedica detalle a aquella maratoniana jornada sinfónica en 2013, las nueve Sinfonías de Beethoven con varias orquestas, en el auditorio Nacional, Madrid, producción del CNDM. La película es un homenaje póstumo. No pretendía eso. Era un homenaje en vida. Pero las cosas han salido así, lamentablemente.

Un día contaré algunas cosas de aquella aventura. Por ejemplo, una de las veces que Jesús se casó (cuatro veces, afirma en el documental; afirma, no es que confiese: el celibato no era para mí, comenta a propósito de su temprana y efímera vocación pastoral) y dio una copa en el Real, que era la casa de los músicos y de él, y de los que allí trabajábamos. Y cómo se envenenó aquello en los días siguientes por la ponzoña destilada por la petite Fafner de turno y el sorprendente aliento que al veneno concedieron los responsables administrativos y políticos. Por no referirme a otras cosas en las que se ponía de manifiesto algo que puede sorprender de él: un lado irónico de ver las cosas de la música. La nuestra, por ejemplo.

Disculpen si a este hermoso filme le añado sugerencias así como contrapunto. Hubo torpes (Jesús, ay, fue uno de ellos; yo, en mi proporción, lo fui), pero hubo auténtica mala voluntad en otras instancias humanas y públicas. Tanto en 1988 (yo estaba allí) como en 2009 (estaban otros).

Acompaño algunos datos que proporciona la productora:

La cinta de 83 minutos, cuenta con la intervención de Plácido Domingo, Arabella Steinbacher, Mihoko Fujimura, miembros de la familia López Cobos, Orquesta Sinfónica de Castilla y León, Escuela de Música de Toro y El Coro de la Escolanía de Segovia, entre otros.

La película coproducida por Carmen Comadrán, Cristina Otero, Tierravoz Producciones, Producciones Carrera y RTVE, fue seleccionada en la 63ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI); en la 53ª edición del Festival Internacional de Cine de Xixón (FICX) y en la 32ª Semana de Cine de Medina del Campo. Además, ha contado con el apoyo de la Junta de Castilla y León, la Diputación de Zamora, el Ayuntamiento de Toro y de Acción Cultural Española (AC/E).