Robert Carsen

Juan Lucas

Robert Carsen (Toronto, 1954) es uno de los directores de escena más admirados y solicitados del planeta ópera, y lo lleva siendo durante las tres últimas décadas. Muchos de sus montajes han entrado desde su estreno en la mitología de la escenografía moderna, recibiendo una y otra vez reposiciones en teatros de todo el mundo. El público español ha tenido la oportunidad de presenciar, bien en el Liceu barcelonés o en el Teatro Real de Madrid, montajes ya legendarios, como los realizados sobre Dialogues des carmélites de Poulenc,  Katia Kabanová de Janácek, Salome de Richard Strauss o Der Ring des Nibelungen de Richard Wagner. Precisamente es el montaje de Das Rheingold, primera entrega del Anillo (que ya ha podido verse al completo en Barcelona), lo que ha traído este pasado mes de enero a Carsen a Madrid. Aunque el plato fuerte llegará a partir del 19 de febrero, cuando el Teatro Real acoja el estreno absoluto de su nueva producción de Idomeneo, la primera obra maestra absoluta de Mozart en el terreno dramático, y una ópera por la que Carsen manifiesta una profunda admiración en esta extensa entrevista que el regista canadiense ha concedido a Scherzo en mitad de una frenética actividad madrileña, dividida entre la supervisión de Rheingold y la puesta a punto de su nueva escenografía mozartiana.

He oído que Idomeneo es una ópera que a usted le apetecía mucho llevar a escena.

Cierto, aunque de hecho se trata de una ópera con la que guardo una relación de antiguo. Hace muchos años, cuando era asistente en Glyndebourne, trabajé en un montaje de Idomeneo y enseguida me enamoré de ella, y más tarde dirigí una puesta en escena para el teatro de ópera de Saint Louis. En todo caso, la que presentamos ahora es totalmente diferente; entonces se trataba de una producción modesta para un teatro relativamente pequeño, no una coproducción entre varios grandes teatros, como ahora.

¿Cómo la situaría dentro de la producción operística de Mozart?

Idomeneo es una obra importantísima, y en muchos sentidos única. Lo que Mozart consigue con esta partitura es una suerte de drama musical, y resulta muy revelador presentarla junto a Das Rheingold, porque Mozart realiza en ella progresos que luego Wagner retomará para sus propias obras. Es increíble cómo Mozart transformó y modernizó el género de la ópera seria mediante una escritura transcompuesta que destruía las viejas nociones operísticas basadas en la seca alternancia del aria y el recitativo: la obertura se funde con el comienzo, el aria de Elettra termina con la irrupción de la tormenta, y así sucesivamente. Es una partitura extraordinariamente fluida. La comparación más próxima es Gluck, sobre todo su Iphigénie en Tauride, compuesta dos años antes. No sé si Mozart conoció esta partitura, pero Idomeneo muestra un interés similar por reformar la ópera y volver a los elementos esenciales del drama, desembarazándose de todo aquello que no es necesario. Se trata de un avance psicológico inmenso, y sorprendente en un compositor de 25 años. Pero, en fin, Mozart siempre nos sorprende de una manera u otra.

¿Cuáles son los principales asuntos que a su juicio plantea Idomeneo, y cuál es su visión de los mismos?

Son varios y diversos. Por un lado están los grandes temas: la guerra entre griegos y troyanos, dos pueblos enfrentados durante mucho tiempo; tenemos la vieja generación representada por Idomeneo, Agamenón y los otros generales, con sus viejas fórmulas para tratar las situaciones políticas, y enfrente la esperanza de que la siguiente generación no cometa los mismos errores. No en vano la voz de Neptuno dice al final que Idomeneo debe dejar paso a la nueva generación, que quizá pueda encontrar una solución para detener la guerra. Es interesante que lo primero que expresa Idamante cuando entra en escena es su voluntad de alcanzar la paz, la unión de los pueblos, en suma, aquello que un vencedor generoso debería hacer, que no es probablemente lo que Idomeneo haría. Idomeneo posee un carácter shakespeariano; uno siente su grandeza, pero al mismo tiempo está anulado por su propia situación, especialmente por la precipitada decisión de salvar su propia vida a cambio de la de otro, que finalmente resulta ser la de su hijo, en un ejemplo de cómo los dioses griegos juegan con cruel ironía con el destino de los hombres. Hay otros grandes asuntos en Idomeneo, y uno de ellos es el de los desplazados, los refugiados (y no olvidemos que estamos en el Mediterráneo, con todas las imágenes que eso nos suscita). Y tenemos por fin las tragedias individuales que se desarrollan contra este gran trasfondo de eventos sobre los que nadie parece tener control.

¿Ambienta por tanto la ópera en el mundo actual?

Efectivamente. (…)

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 348 de Scherzo, de febrero de 2019)