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Francesco Tristano



Francesco Tristano

La fascinación por el ritmo, la libertad como intérprete y la necesidad de explorar nuevos territorios sonoros sin aceptar fronteras son rasgos esenciales en la personalidad del pianista y compositor Francesco Tristano Schlimé (Luxemburgo, 1981). Llega a la entrevista en bicicleta, su transporte habitual en Barcelona, ciudad donde reside desde hace ocho años y en la que se siente “relajado, cómodo y feliz” mientras “recarga pilas” entre viaje y viaje por todo el mundo. De hecho, la agenda de este artista inquieto, siempre con proyectos innovadores en mente, está repleta de actuaciones tanto en salas de conciertos clásicos y teatros —en julio protagonizó el primer concierto de música tecno en la Staatsoper de Viena— como en clubes y templos de la escena tecno. Conoce bien las convenciones que rodean a la música clásica —completó su formación en la Juilliard School de Nueva York, pero prefiere ignorarlas: la música barroca, los clásicos del siglo XX, el minimalismo, el jazz y las nuevas músicas conviven en su repertorio, y adora la energía de los escenarios, bien en su faceta como pianista solista, dando rienda suelta a su pasión por la música electrónica con su trío Aufgang, y compartiendo espacios con otros espíritus afines a su fantasía sonora, como Rami Khalifé, Carl Craig, Murcof o el productor Moritz von Oswald, con quien firmó el estimulante bachCage, su primer disco para Deutsche Grammophon. Siente devoción por Johann Sebastian Bach y entre sus pianistas de cabecera figuran Glenn Gould y Friedrich Gulda. Flexible, camaleónico y siempre dispuesto a nuevas aventuras sonoras, Francesco Tristano centra su segundo disco en el sello amarillo en la figura inspiradora de Dietrich Buxtehude. De Bach a John Cage, Luciano Berio y Pierre Boulez, Prokofiev, Ravel y Debussy, pero también Chick Corea, Keith Jarrett o Thelonius Monk, a quien rendirá homenaje el próximo 31 de octubre en el marco del XLIV Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona, nutren el universo de un músico que huye de las etiquetas.

La improvisación y la composición forman parte indisociable de su personalidad como intérprete, rasgo poco habitual en el mundo clásico, en el que se suele separar, con demasiada rigidez, la figura del intérprete& frente al creador. ¿Cuándo empezó a buscar un camino más personal como intérprete, lejos de la filosofía educativa dominante en grandes escuelas y conservatorios?

Siempre me ha atraído la improvisación y desde que comencé a tocar el piano, con cinco años, he sentido la necesidad de inventar, de crear e improvisar, de ir más allá de la partitura. Componer e improvisar forman parte de mi naturaleza musical. En mi casa, crecí escuchando música clásica, pero también a Pink Floyd, porque a mis padres también les encantaba el rock, y el jazz. Y también escuchaban músicas de India y África. De forma natural. Mi actitud hacia la música tiene que ver con ese entorno familiar, también con la educación y, naturalmente, la propia intuición. Por fortuna, no he tenido maestros convencionales. Emile Naoumoff, que fue el último alumno de Nadia Boulanger, siempre me decía que no dejara nunca de componer e improvisar. No me conformo sólo con tocar las partituras. Inicié mis estudios a los siete años en el Conservatorio de Luxemburgo en 1988, y siete años después continué mi formación en Bruselas y en París, donde estudié piano, armonía, contrapunto. He estudiado en conservatorios y escuelas de Bruselas, Riga, París, Nueva York y Barcelona, y siempre he tenido claros mis intereses como pianista y compositor. En 1998 decidí continuar mis estudios en Nueva York, donde pasé cinco años maravillosos. Y la ciudad fue mucho más importante para forjar mi personalidad musical que las enseñanzas que recibí en la Juilliard School. La energía de Nueva York, el ambiente cultural, los locales y galerías donde se palpa la creación, la renovación, la experimentación, la posibilidad de conocer a músicos, como Bruce Brubaker y los grandes minimalistas, con los que mantengo una estrecha relación artística desde entonces… verdaderamente Nueva York cambió mi vida y voy muy a menudo. En Barcelona encuentro el equilibrio, puedo preparar mis proyectos con más calma, pasear por la playa y disfrutar con sus encantos, pero en Nueva York me renuevo en cada actuación, en cada nuevo proyecto, porque esa ciudad tiene una energía y una vitalidad cultural únicas.

En Nueva York estudió con Jerome Lowenthal, antiguo alumno de Alfred Cortot, y recibió clases magistrales sobre interpretación bachiana de la inolvidable Rosalyn Tureck. ¿Cómo fueron sus años de formación en la disciplina tradicional de la Juilliard?

Cuando llegué a la Juilliard School, mi bagaje era superior a la media norteamericana porque en mis estudios siempre me ha interesado más la música que >el simple virtuosismo, por muy espectacular que pueda ser para conquistar al público. Mi nivel de lectura y escritura, mi sólida educación en solfeo y entrenamiento auditivo, eran superiores a la media de la Juilliard que, no nos engañemos, no deja de ser una escuela convencional y conservadora en sus planteamientos educativos. De primerísimo nivel, pero conservadora. De hecho, Ravel, Prokofiev y Stravinski es lo más moderno que enseñan. Y claro, todos >acaban tocando lo mismo y tocándolo todo igual. Pero yo nunca he creído en la autoridad superior y absoluta de la partitura, porque creo que no deja de ser una versión escrita por el compositor, importantísima, desde luego, pero que no agota las posibilidades de interpretación. Siempre hay espacio para la recreación, para el misterio, para buscar una parte de la verdad que reside en una partitura, a veces oculta. Y en este sentido, amo profundamente la música barroca y las posibilidades que la ornamentación abre al intérprete. Es una pena ver cómo en la música que hoy llamamos clásica se ha perdido la capacidad de improvisar. De hecho, separar de forma tan drástica la interpretación de la creación no es natural. La historia de la música está llena de intérpretes que también eran compositores: Mozart, Beethoven, Listz, Brahms… la lista es inmensa. Tocaban obras de otros autores y también tocaban sus propias partituras. De una forma natural. Ha sido la industria del sonido grabado la que ha fabricado la gran figura del intérprete como motor de la actividad musical. Cuando toco Petruchka recuerdo que Artur Rubinstein consideraba la obra intocable, pero ahora ves a niños de 12 años que tocan Stravinski sin problemas. Por eso hay que poner en tela de juicio muchas de esas ideas absolutas que cierta tradición quiere imponer y recuperar la intuición, la reflexión y la libertad del intérprete.

Unir a Johann Sebastian Bach y John Cage para su tarjeta de presentación en Deutsche Grammophon fue toda una declaración de principios…

bachCage fue mi primer disco con una multinacional, pero antes ya había grabado más de diez discos con sellos franceses y holandeses que me han servido muchísimo para llegar a ser el intérprete que ahora soy. Y en Deutsche Grammophon he encontrado gente muy receptiva y abierta a mis propuestas. Todo está cambiado; de hecho, hasta las portadas del sello amarillo están cambiando y ahora es posible hacer realidad proyectos artísticos que hace años parecían imposibles. (...)

Ahora, en su nuevo disco para Deutsche Grammophon, nos sorprende con un selección de piezas maravillosas de Buxtehude, lo que supone una novedad en el repertorio del piano moderno.

Sí, no conozco ningún disco con piezas de Buxtehude tocadas en un gran piano e ignoro si alguien las ha grabado antes, pero disfruto mucho interpretándolas. Buxtehude es un músico deslumbrante, único y fascinante, y entiendes por fin por qué Bach decidió aprender de él todo lo que necesitaba para construir los cimientos de su propio lenguaje. Para mí llegar a Buxtehude tras años de convivir con Bach supone una ampliación natural de mi repertorio, un paso más en el conocimiento de la música antigua. Hace años conocí en Suiza a un director de cine enamorado de la música de Frescobaldi, y cuando me oyó tocar sus piezas me dijo que debía tocar música de Buxtehude. Me hice con algunas partituras y empecé a descubrir la obra de un gigante. Bach aprendió en Lübeck con Buxtehude las herramientas que necesitaba para ser el músico que quería ser. Viene todo de él. La serie de variaciones sobre La capricciosa fue el modelo tomado por Bach para escribir las Variaciones Goldberg y de hecho incluye una cita de La capricciosa en la última variación. Con estas obras, y con mi propia música, recreo en el disco una idea musical que ya tiene 400 años y de nuevo es un viaje al encuentro de Bach y sus raíces pero de una moderna concepción del sonido.

Javier Pérez Senz

(Extracto de la entrevista publicada en Scherzo nº 277, Septiembre 2012)

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