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Los mozárabes revisitados



Los mozárabes revisitados

Han pasado muchos años desde que en 1929 los benedictinos silenses Casiano Rojo y Germán Prado publicaran la todavía única monografía relevante dedicada al canto en la antigua iglesia hispánica (El Canto Mozárabe. Estudio histórico-crítico de su antigüedad y estado actual, Diputación Provincial de Barcelona, 1929). Venían los monjes silenses a sumarse a los estudios de los repertorios pregregorianos, aunque alguno de ellos habría de esperar varias décadas para cobrar interés y actualidad. Como impulsora de un rito litúrgico propio, Hispania no se distinguiría del resto de las tradiciones hermanas de Europa. Las provincias Tarraconense y Bética, existentes ya como entes administrativos en el imperio romano, pasaron a ser por derecho propio los nuevos centros que dominaron la liturgia de la Hispania paleocristiana. Tras haberse asentado en el sur de la Galia, por fin el 414 los visigodos traspasaron los Pirineos y con su avance vendría la sustitución de los prelados locales que profesaban las directrices del concilio de Nicea (325) por obispos arrianos. Sucesivas tensiones entre los distintos reyes visigodos hispanos desembocaron en un incremento de la resistencia de algunos de los partidarios de la ortodoxia frente a la herejía. Será en tiempos de Recaredo, cuando se alcance una unificación, convirtiéndose él mismo, a instancias de san Leandro, abjurando del arrianismo en el III Concilio de Toledo (589) y con él toda su corte. El final del s. VI y toda la centuria siguiente muestran una inusual actividad que nos ha dejado nombres ligados a distintas actividades literarias y musicales como Isidoro de Sevilla (c. 556-636), su hermano Leandro o Juan, obispo de Zaragoza.

De las distintas sedes metropolitanas ibéricas (Sevilla, Toledo y Tarragona) de los ya mencionados Padres de la Iglesia hispana entre los siglos VI y VII y de la abundante, sólida y coherente legislación de sus Concilios, surge una rica eucología que hemos conservado en los ejemplares manuscritos de estas primeras épocas que han llegado hasta nosotros. También hemos conservado casi la totalidad de la música, pero esta vez aunque la tengamos en los libros, no es posible su interpretación. La notación in campo aperto de los cantos hispánicos no permite una transcripción interválica de los mismos. Interrumpida la tradición del canto, nadie se preocupó de escribir las melodías en un sistema que nos permitiese recuperar sus intervalos. Algo más de medio centenar de fuentes entre códices completos y fragmentos, testimonian la música hispánica de los primeros siglos. Su tragedia, sin embargo, es permanecer en su mayor parte mudos ante nuestros ojos. Solamente algunas piezas, cerca de la treintena, rompen este silencio. Raspadas en viejos manuscritos hispánicos y reescritas en un sistema que hoy podemos entender, o simplemente ocultadas en manuscritos de canto gregoriano, constituyen los únicos ejemplos del canto de la Hispania Vetus.

Tras la invasión de los árabes (711), el avance de la Reconquista propició la reimplantación del rito y la copia de manuscritos, y paradójicamente, también fue directamente proporcional a su olvido. Si excluimos el área catalana que adoptó el rito romano- franco a finales del s. VIII y comienzos del IX, en el último tercio del siglo XI ya encontramos varios lugares de fuerte raigambre hispana, que adoptaron el rito romano-franco. Esta progresiva implantación muestra que desde tiempo atrás en Roma y desde algunos lugares de la Galia se venían ejerciendo presiones para que se abandonase la práctica autóctona en favor de la unificada gregoriana. Será el papa Gregorio VII (1073-1085) quien vería por fin implantada la lex romana en todo el territorio a partir del año 1080, tras una supuesta celebración conciliar en Burgos convocada a instancias del rey Alfonso VI. El rey castellano-leonés había contraído matrimonio en segundas nupcias con Constanza de Borgoña, sobrina de Hugo, abad de Cluny. Esta situación personal y la visión europeísta de Alfonso propiciaron que el cambio de rito se llevara a efecto de una forma más o menos rápida. Él mismo al reconquistar Toledo en 1085 encontró en la ciudad una pervivencia importante del antiguo rito, por lo cual permitió a los toledanos la continuidad del mismo en las seis parroquias de la ciudad. Este privilegió no gustó al arzobispo toledano Bernardo, de origen francés, cluniacense de ordenación, abad de Sahagún una vez asumida la liturgia romana y primer arzobispo de la recién reconquistada Toledo, por lo que intentó, sin éxito, su supresión. Durante cien años los arzobispos metropolitanos serán todos de origen francés, lo que garantizaba de alguna manera el no retorno a las antiguas prácticas. La restauración llevada a cabo siglos después por el cardenal Cisneros en la catedral de Toledo con los libros disponibles en las parroquias toledanas, no tendría en cuenta el resto de los códices de las tradiciones del norte, para ellos desconocidos. Y salvo algunas menciones en la época moderna, el rito “gótico” —como a menudo se le conocía— permaneció recluido y olvidado en la Capilla del Corpus de la seo toledana. (...)

Juan Carlos Asensio.
(Comienzo del artículo publicado en Scherzo nº 274, mayo 2012.)

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