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Nicola Luisotti



Nicola Luisotti

Director musical de la Ópera de San Francisco y principal director invitado de la Sinfónica de Tokio hasta hace unos meses, Nicola Luisotti alcanzó la celebridad por sus arrebatadas interpretaciones de los grandes títulos puccinianos en el Metropolitan de Nueva York. Su intensa actividad operística le ha llevado a dirigir en La Scala de Milán, la Ópera de Dresde, el Covent Garden de Londres o el Teatro Comunale de Bolonia. Al mismo tiempo desarrolla igualmente una amplia actividad concertística, que le ha llevado a colaborar últimamente con conjuntos tan renombrados como la Sinfónica de Atlanta, la Orquesta de la Accademia Nazionale de Santa Cecilia de Roma o la Filarmónica de La Scala de Milán. Este genuino representante de la escuela directorial italiana, después de deslumbrar al público madrileño con sus temperamentales versiones de Il trovatore de Verdi y La damnation de Faust de Berlioz en el Teatro Real, ofreció un magnífico programa monográfico centrado en Gustav Mahler, que incluyó una vibrante lectura de la Sinfonía Titán, en su reciente presentación con la ONE en el Auditorio Nacional.

(...) ¿Cuáles fueron las siguientes etapas?

Cuando estaba en el citado coro, se convocaron audiciones para pianistas co-repetidores en La Scala, y me presenté. No había estado nunca en Milán, y pensé que era una buena ocasión para conocer la ciudad y el teatro. Gané la plaza, y lo primero que hice —estamos en 1989— fue el Don Giovanni con Riccardo Muti. Yo tenía que asistir a todos los ensayos y representaciones, y recuerdo que sentía un enorme temor ante el maestro. Luego nos hemos hecho muy amigos. Pero reconozco que entonces daba miedo, y a veces me metía en los palcos para verle dirigir sin que él me descubriese. De allí me fui como maestro de coro a La Fenice de Venecia, al Teatro Bellini de Catania, etc. La primera vez que dirigí en un concierto público fue en 1992, el Stabat Mater de Pergolesi en Venecia. Tengo un recuerdo bellísimo, porque es una música extraordinaria y fue algo muy especial. A partir de entonces, me he dedicado únicamente a la dirección. Y reconozco que, para esta profesión, hace falta cierto talento y, sobre todo, muchísima suerte.

Usted proviene de la ciudad de Lucca, que está tan ligada a la tradición de la familia Puccini, que fueron precisamente organistas de las principales iglesias de la ciudad.

Por supuesto, yo he estado desde niño envuelto en esta tradición. Cuando era niño, cantaba en el coro del Festival Puccini de Torre del Lago, al que he vuelto después en varias ocasiones: de 1984 a 1988, como integrante del coro; y, luego, como maestro colaborador, pianista de sala, director musical de escenario y, finalmente, asistente del director de orquesta, que era entonces Yuri Ahronovich, quien me dejó tantas bellísimas cosas. Es una lástima que ya no esté entre nosotros.

¿De aquí nació también tanto amor por Puccini?

Puccini es uno de los autores más difíciles de dirigir. No es un compositor claro. Es siempre misterioso. Cualquier cosa que hagas para tratar de mejorarlo, lo empeora. Es un músico tan complejo que, al mismo tiempo, te fascina y te da miedo. Muchas veces me pregunto por qué lo interpreto. Pero, al mismo tiempo, ejerce una atracción a la que no te puedes resistir. Es un autor que produce temor, no únicamente a mí. Muchos directores no quieren hacerlo.

También hay cierta leyenda negra en torno a él, como un compositor sentimental y melodramático, en el peor sentido de la palabra.

Pero no es cierto. Puccini es uno de los grandes compositores del siglo XX. Como yo soy de Lucca, le comprendo muy bien. Estaba un poco loco, y disfrutaba explotando los sentimientos más fáciles de las personas con esas melodías maravillosas, pero en el interior de sus estructuras, evidentemente simples, construye un tejido armónico extremadamente complejo. Puccini es uno de los grandes orquestadores de la historia de la música, no sólo del siglo XX, sino de siempre. Ha sabido tomar lo mejor de toda la tradición, tratando de provocar al público en su punto más débil: el corazón. Es decir, a través de unas historias extremadamente simples, pero de grandísima fuerza. Y con un absoluto dominio y conocimiento de su oficio.

¿Su debut en España tuvo lugar con Il trovatore en el Teatro Real?

No, anteriormente había dirigido Simon Boccanegra en el Teatro de la Maestranza de Sevilla con Juan Pons. Il trovatore fue mi presentación en Madrid, y tuvo una enorme repercusión. Al principio, recuerdo que los músicos estaban un poco sorprendidos con mis maneras y mi forma de ser, pero poco a poco nos fuimos entendiendo y creo que al final logramos un trabajo estupendo.

Ahora dirige por primera vez la Orquesta Nacional de España. ¿Cómo está resultando la experiencia?

Cada vez que te encuentras ante una orquesta nueva es una experiencia diferente. La ONE hace el número 54 en mi lista de orquestas. ¡Imagínese! Cuando te encuentras ante una nueva orquesta, la colocación de los instrumentistas suele ser habitualmente la misma, pero cada uno de los atriles tiene tras de sí una experiencia vital distinta. Puede haber ejecutantes estupendos, pero que quizá no hayan alcanzado la madurez como personas. Y otros, por el contrario, tienen tras de sí una experiencia personal tal que todo lo que tocan suena extremadamente maduro. Una persona de 50 años que ha llevado una vida regular, quizá no tenga un sonido maduro. La madurez no depende de la edad, sino de las vivencias. Por ejemplo, en San Francisco tenemos un muchacho chino de 23 años, un oboe, con un sonido milagroso. No puede volver a su país porque no le dejarían salir. Y sus padres no pueden ir a Norteamérica. Lleva cuatro años sin verlos. A su madre la han operado del corazón… Y él toca como si le fuera la vida en ello. ¿Qué otra cosa es la música, sino la suma de las experiencias que hemos ido adquiriendo transformadas en una frase, en una idea musical? Por lo tanto, cuanto más madura es una orquesta, más rico y bello es su sonido, y más expresivas sus interpretaciones.

(...) ¿Cómo divide su actividad entre los dos ámbitos, el lírico y el sinfónico?

Trato de establecer un equilibrio entre ambos, haciendo la mitad ópera y la mitad conciertos. Creo que los dos campos se complementan entre sí: la ópera se beneficia de mi mentalidad sinfónica, y viceversa, en los conciertos doy mayor intensidad a las frases, hago cantar a la orquesta…

Recientemente ha sido nombrado director musical del Teatro San Carlo de Nápoles.

Una noticia realmente fresca. Es también un gran honor, aunque no sé qué pasará. Estoy muy contento, porque el Teatro San Carlo lleva muchos meses pidiéndomelo y finalmente he podido aceptar. Es un teatro bellísimo, que está en plena expansión, y la orquesta y el coro me han votado por unanimidad después de una Novena Sinfonía de Beethoven, lo cual es una satisfacción. Cuando se parte de una situación así, existe la posibilidad de hacer un buen trabajo. Lo mismo me ocurrió en San Francisco.

Sin embargo, son dos mentalidades muy diferentes.

Claro que sí, y cuando empiezas a trabajar a diario todo se vuelve más intenso. Pero soy una persona bastante calmada, tengo temperamento cuando dirijo, pero digamos que el tiempo me ha dado serenidad. No tengo problemas personales ni complejos, ni de inferioridad ni de superioridad. La música es un ideal que tenemos que alcanzar entre todos, no utilizarla en nuestro propio beneficio. La orquesta es muy buena. Tiene mucha personalidad, los músicos son muy despiertos, y creo que entre todos conseguiremos devolver al San Carlo el lugar que merece.

(...) En la pasada temporada, dirigió dos importantes producciones: La fanciulla del West en el Metropolitan de Nueva York y Attila en La Scala de Milán.

La fanciulla del Met fue algo muy bello, porque eran las funciones del centenario del estreno y me llamaron a mí como representante de la gran tradición italiana. Vino el nieto de Toscanini, Alfredo, y me concedieron el premio de la Fondazione Puccini. En La Scala dirigí un concierto con la Orquesta Filarmónica con la Quinta de Prokofiev y el Primer Concierto para piano de Chaikovski con Alexander Toradze y el Attila, y fue también una experiencia maravillosa. Sorprendentemente, resultó un éxito, tanto de crítica como de público. Todos estábamos sorprendidos, porque allí nunca se sabe… Esta primavera volveré con Tosca.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

El más importante es Nabucco, el primer título del año verdiano en La Scala, con puesta en escena de Daniele Abbado, en enero de 2013.

Rafael Banús Irusta
(Estracto de la entrevista publicada en Scherzo nº 274, mayo 2012)

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