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Daniel Barenboim



Daniel Barenboim

Desde su puesta en marcha, Daniel Barenboim ha mostrado una especial sensibilidad hacia la West-Eastern Divan, cristalización de la idea gestada junto a Edward Said de convertir la música en un vehículo de entendimiento entre las comunidades israelí y palestina, dando validez a la consigna “lo imposible es mucho más fácil de hacer que lo difícil”. El apoyo está siendo notablemente mayor en los últimos tiempos. En especial desde que, en 2010, el maestro judío de origen argentino decidiese activar el proyecto Beethoven para todos, incidiendo de una parte en ambiciosas giras internacionales junto con los músicos y, por otra, en un sólido plan de grabaciones sustentado en la doble “exclusividad” que liga a Barenboim a los sellos Decca y Deutsche Grammophon. Un hecho insólito, que ha dado su último fruto hasta la fecha en la grabación de la integral sinfónica beethoveniana, que verá la luz a finales de este mes. Será la carta de presentación de la gran gira europea, en la que presentarán estas obras maestras de la historia de la música en las principales citas estivales, dos de ellas en España. El verano servirá de prólogo a las celebraciones que se irán encadenando hasta que, el 15 de noviembre, corone la edad mítica de los setenta este artista polifacético dispuesto siempre al diálogo, que salpica de sabiduría y dosis de humor. Para lo que, en ocasiones, debe encontrar huecos en los momentos más insólitos de su agenda. Como esta vez, cuando la conversación telefónica tiene lugar mientras intenta descansar en el asiento trasero del coche, de regreso a Berlín tras un concierto en Düsseldorf.

Está a punto de entrar en la edad de la sabiduría, cuando el músico empieza a ser joven.

Voy a decir la verdad. Ya no me siento como cuando tenía 22 años. Así que debo de tener 23 [ríe con ganas].

¿Tienen los mismos el director y el pianista?

Sí. La verdad es que físicamente me siento muy bien. Mejor incluso, diría, que hace diez años. Creo que porque, poco a poco, uno se da cuenta del descanso que necesita. La única diferencia, chistes aparte, es que se precisa más tiempo para ciertas cosas.

¿Por ejemplo?

Para pasar de la dirección de orquesta al piano. No me atrevo más a seguir todo el día cambiando de una cosa a la otra. Simplemente, porque los músculos no tienen la flexibilidad de antes, y les hace falta un margen mayor entre ambas actividades. En cuanto a la recuperación, he comprobado que no tiene que ser más larga, pero sí más frecuente, y lo estoy haciendo. Me he dado cuenta de la necesidad de cambiar de velocidad en ese punto. Al margen de esto, hago lo posible por descansar más. Por dormir una siestita casi todos los días. De esa manera recupero energía. Por eso puedo decir que me siento capaz de sacar adelante todo aquello en lo que me comprometo, procurando en la medida de lo posible suficientes periodos de recuperación.

¿Qué le divierte más en este momento, dirigir o tocar?

Hoy tengo que decir que tocar; que estoy más por el piano, porque acabo de hacer un recital con obras de Schubert. La respuesta dependerá siempre de lo que estoy haciendo. Si estás realmente en forma, el concierto no supone un desgaste de energía. Por el contrario, la música te la da. A menudo, cuando la gente me pregunta cómo después de tantos años continúo trabajando en la medida en que lo hago, les respondo que no es trabajo. Si trabajase, la mitad de lo que hago sería demasiado, pero mi actividad, cuando estoy inmerso en la música, me encanta, porque es lo que más me divierte y lo que más me revitaliza.

El 15 de noviembre cumple setenta y en lugar de esperar un regalo en una fecha tan redonda, se lo va a ofrecer usted al público, presentándose en Berlín con Mehta.

¿Cómo que eso no es un regalo? ¡Y qué regalo! El más bonito que me pudieran hacer. Para mí el regalo es poder tocar. Estar en la Philharmonie con mi orquesta y con Zubin Mehta, que no es solamente un gran músico. Por encima de todo, es mi amigo más íntimo desde hace muchísimos años.

¿Qué música hará con él ese día?

Voy a tocar una obra nueva que, con sus 103 años, ha escrito Elliott Carter para mi cumpleaños. Además, el Concierto nº 1 de Chaikovski y el Tercero de Beethoven.

Abonando el terreno, anteriormente hará uno de Chopin con Claudio Abbado, otro de sus amigos. ¿Cómo se siente junto a un colega que tiene como referencias de esa música a especialistas como Pollini? ¿Aprende de él?

Yo aprendo de todos. Aprendo de los buenos y de los malos. Y Abbado pertenece a los de la primera categoría [vuelve a reír]. ¿Es verdad, no? Se aprende siempre. Cuando se toca con un director desconocido con el cual hay que encontrar un lenguaje común, se aprende mucho también.

En su agenda de esos días tiene pendiente otro Beethoven con Daniel Harding ¿También de las nuevas generaciones aprende?

Naturalmente que sí. Con Harding, lamentablemente, nunca he tocado hasta la fecha, así que reunirme con él por primera vez me hace mucha ilusión. Estoy muy expectante por que llegue ese momento. Para ser sincero, esa es una lección que aprendí de Edward Said. Fue él quien me confesó, dos años después de haber puesto en marcha la Diván, todo lo que había aprendido de los jóvenes integrantes de esa idea que habíamos imaginado juntos. Porque, claro, uno se desarrolla, piensa, mejora… Pero también se aprende cuando se está en contacto con gente a la que a veces hay que explicar ciertas cosas que para ti son completamente naturales y evidentes, mientras que para ellos, sobre todo cuando se trata de jóvenes, no lo son. En ese momento tienes que encontrar la forma más adecuada para transmitírselas, y eso te obliga a dar con la razón de por qué piensas lo que piensas o sientes lo que sientes. Al hacer eso, se aprende muchísimo. Lo he experimentado con la gente de la Diván. (...)

Juan Antonio Llorente.
(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 275, de junio de 2012)

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