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Stephen Sondheim



Stephen Sondheim

Entre los melómanos, el musical invita a controversias, amándolo unos y denostándolo otros. Un juicio a favor de los primeros —“El musical es la ópera de nuestros días”— levantó ampollas cuando lo pronunció Roman Polanski, en el estreno en Viena de su “musicalizado” Baile de los vampiros. La oposición de los radicales, contrasta con la actitud de numerosas voces operísticas al incluir en su repertorio temas extraídos de los títulos que han triunfado en Broadway o en el West End londinense, después de comprobar cómo Old man river, de Show Boat enriquecía la oferta de los bajos, como Summertime —de ese Porgy and Bess que muchos continúan mirando como musical “operizado”—, enriquecía el de las sopranos.

Entre esos cantables que se han hecho populares pocos no reconocerían Someday —de West Side Story— o& Send in the Clowns, de A Little Night Music. Ambos temas tienen en común un nombre: Stephen Sondheim, responsable de la letra de los cantables del título que trasladaba la historia de Romeo y Julieta a un gueto hispano de Nueva York. En el segundo, inspirado en la película de Bergman Sonrisas de una noche de verano, Sondheim adoptaba los dos papeles ante la imposibilidad de encontrar alguien capaz de brindarle un texto a sus pentagramas como en su momento hicieron Da Ponte o Hoffmansthal para Mozart o Richard Strauss. O, más cercanos en el tiempo, el equipo Weill-Brecht, cuya fórmula hibridaba el musical con la ópera.

Después de haber brindado sus letras a compositores como Jule Styne o los Rodgers (Richard y Mary), es cuando Sondheim optó por el doblete, aunque cuando, en esta entrevista para SCHERZO, a la hora de sincerarse la respuesta ante el histórico dilema Prima la musica o la parola no duda en contestar “prefiero componer música antes que escribir canciones, porque me resulta más divertido”. Aun así, ha continuado ejerciendo la doble labor desde que en 1961, dos años después del triunfo de Gypsy, donde firmaba las canciones, dio el paso decisivo con A funny thing happened on the way to the Forum (conocida en España como Golfus de Roma) anotándose casi mil representaciones. Medio siglo más tarde, al preguntarle si aquella cifra le deslumbró, Sondheim reflexiona “Los resultados de A Funny Thing Happened on the Way to the Forum superaron con creces mis expectativas acerca de cómo podría llegar a sonar una orquesta”. Desde ese momento, no dudó en elevar a lo más alto el conjunto de obras que sigue llamando musicales. “En mi opinión, la denominación musicales no es sino un término genérico que en mi caso utilizo para describir lo que se puede llamar teatro musical comercial”.

Aunque su deslumbramiento se produjo con la música de Jerome Kern cuando, con nueve años, asistió a la representación de Very warm for May, Sondheim supo pronto qué era la música clásica, formándose en teoría de la música, composición y armonía con Milton Babbitt, defensor de la música serial y electrónica. Sería el único alumno de Babbitt en decantarse por la vertiente teatral. A estas disciplinas Sondheim iba a sumar lo que aprendió con Hammerstein II, convertido en su segundo padre. O, más tarde, en su trato con Bernstein, aunque sus raíces las reconoce en otras latitudes “Leonard Bernstein no fue uno de mis modelos, en la medida en que sí han podido serlo Ravel, Copland, Britten, Gershwin, Arlen y algunos más”. Pero algo recuerda especialmente, mientras sacaban a la luz West side Story, de lo que se considera deudor “Si hay algo fundamental en lo que aprendí junto a Bernstein fue que no debería ser cuadriculado en mi música. Quiero decir que, por ejemplo, al construir frases musicales no pensara siempre en términos de dos o cuatro compases”.

En 1981, Sondheim estableció su propio barómetro para calibrar el momento del musical creando el Premio Jóvenes libretistas, al que siguió en 1992 la fundación en Londres de la Stephen Sondheim Society. Aunque, dice “en el caso de Londres no hablamos de una idea que partiese de mí. Ese trabajo le correspondió a otros. Yo me limité a darles la autorización para hacerlo”. En su proceso de elaboración, Sondheim crea temas a medida, del mismo modo que un gran modisto ajusta sus prendas de alta costura. Es por ello por lo que el director y libretista teatral recientemente desaparecido Arthur Laurents, colaborador con Sondheim en diversas creaciones, lo definió como maestro en escribir canciones sólo cantables por aquellos para quienes se escribieron. Al llegar a este punto, Sondheim puntualiza “Cuando el nombre de determinado artista está decidido con anterioridad a la conclusión de la partitura, por supuesto que modelo las canciones pensando en su talento personal. Pero esa circunstancia no se da muy a menudo. Habitualmente, el libreto está escrito antes de que se seleccione el elenco”. Así, a la hora de tomar medidas para la confección, le llegan pocas sugerencias externas. ”Aunque podrían resultarme valiosas, en muy raras ocasiones recibo indicaciones de los cantantes. Pero sí ocurre a veces que al productor o al director se les ocurre proponerme algunas ideas estimulantes, aunque —dice esgrimiendo su cáustico sentido del humor— no sea con tanta frecuencia como ellos creen”. Siendo así, cualquiera puede imaginar que una crítica adversa tampoco le haga alterar sus ideas “Las críticas nunca me han hecho cambiar nada en un espectáculo”, sentencia.

Estrenada la obra, no introduce modificaciones “Cuando hay alteraciones en el reparto no cambio ni el texto ni la música. No quiero decir con esto que la obra sea intocable. Significa nada más que si hago algún cambio posterior se debe a que mis colaboradores y yo hemos decidido que de ese modo gana el espectáculo”. ¿Quiere esto decir que el Follies que llega al Teatro Español de Madrid no ha experimentado ese perpetuum mobile que se adivina en una obra tantas veces programada cuatro décadas después de su creación? “Por supuesto que la actual producción de Follies es distinta de la primera. Pero si lo pensamos, casi todas las nuevas producciones difieren en alguna medida de las originarias”. Al llegar aquí, se desvive en alabanzas por el montaje que vio en nuestro país de su barbero diabólico, dirigida como en esta ocasión por Mario Gas. “La única obra mía que he visto en España fue una producción en Barcelona de Sweeney Todd, con la que disfruté enormemente”. Esta vez, si sus planes no cambian, nos quedaremos sin gozar de su presencia “He estado en España tres veces, y me apetece volver, pero no está previsto que lo haga en un futuro inmediato”.

Para el Sweeney Todd barcelonés se recurrió a una versión en catalán, trasladada al castellano para Madrid. Trabajo delicado, partiendo de un libreto de alguien que cuida tanto la palabra como Sondheim, quien tiene en cuenta ese aspecto en las adaptaciones de sus textos, “Puesto que sólo me muevo en otros idiomas con nociones rudimentarias, confío en la medida en que mis amigos y colaboradores dan recomendaciones a los traductores, y comentan con ellos el trabajo”.

Juan Antonio Llorente
(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 270, Enero 2012)

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