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Liceu, Liceo, Siglos



Liceu, Liceo, Siglos

A finales de febrero, llegaban a un acuerdo los trabajadores y la empresa del Gran Teatre del Liceu para suspender, de un lado, el ERE previsto que afectaba al 90% de la plantilla y, de otro, la huelga que iba a alcanzar al título más taquillero de la temporada. Se abre así un paréntesis en un periodo convulso, lleno de incertidumbres, con más ruido que argumentos bien explicados por ambas partes y del que SCHERZO ha ido informando en la sección Del Liceo al Palau que firma Javier Pérez Senz. Ciertamente, la dirección del teatro no fue un modelo de eficacia ni de flexibilidad, pues para llegar al acuerdo final sobraba mucho de lo sucedido antes, todo eso que ha llevado a que el teatro estuviera en boca de toda la profesión y no por las mejores razones y que se empezara a presentar como un ejemplo de que si las cosas van mal, se corta y aquí no ha pasado nada. Está claro que hay que conseguir un teatro sostenible, con plantillas adaptadas y cuentas razonables, capaz de convencer a las administraciones de que hay un modelo posible de cara a la crisis y, desde luego, como en otros ámbitos y tal y como se ha prometido desde el ministerio correspondiente, contando al fin con una política de mecenazgo verderamente eficaz y articulando adecuadamente subvenciones, taquilla y patrocinios. Conviene ahora redefinir las reglas del juego, y eso implica la renuncia de todos a una parte de sus ventajas de hoy, algunas poco razonables. Para exigir sacrificios a una plantilla, hay que presentar un proyecto de viabilidad claro, sin más cargos que los estrictamente imprescindibles y siempre ocupados por profesionales de absoluta solvencia, sin engaños ni medias verdades, diciendo, desde la propia dirección del teatro, cómo será el presente y cómo se sostendrá el futuro del Liceo.

De otro futuro, el del Programa de Música de la Fundación Caja Madrid nada se dice aunque parezca que todo se sabe, o se va sabiendo con cuentagotas, alimentado por los rumores o las manifestaciones de algunos de sus responsables artísticos. Da la sensación de que no se quisiera hacer público el fin de los ciclos que lo componen —Siglos de Oro, Liceo de Cámara, Ciclo de Lied, Ciclo Sinfónico—, que estos mueran a ser posible rodeados de un silencio tranquilizador cuando la propia denominación que los agrupaba —Programa de Música— daba idea de un fuerte compromiso institucional. Eso sí, la Fundación mantendrá su apoyo al Teatro Real y a musicadhoy —aquí en virtud de un convenio con la Comunidad de Madrid—, dos manifestaciones bien diferentes y que en nada superan cualitativamente a las moribundas. La Fundación, al parecer, se concentrará en el aspecto formativo a través de las becas que ya concede y de su participación en el Instituto Internacional de Música de Cámara de la Escuela Superior Reina Sofía, aunque con la mala noticia de la supresión de sus actividades pedagógicas en colegios. El caso es que los ciclos a extinguir representaban tres pilares de la vida musical madrileña y en el caso de Los Siglos de Oro más que eso, pues se trataba de recuperar patrimonio y darlo a conocer en las mejores condiciones. Han sido desde el principio ciclos bien asentados, no precisamente caros de organizar, de una altísima calidad —equivalente a la de cualquiera de sus pares por el mundo adelante— y con un público fiel. Es demasiado fácil decir que eran elitistas o que el que quiera cultura que se la pague. Lo primero es cierto, no se trata de música para cualquier paladar, lo que no significa que haya que castigar a quien lo tenga exquisito, sino felicitarse de estar allí, dando ejemplo de que por ahí llega también la educación de una sociedad que debe aspirar a lo mejor. Respecto a lo segundo, pues quizá, súbase el precio de las entradas, pídase a los abonados un esfuerzo, todo mejor que darles con la puerta en las narices. Por eso hay que recibir como la excelente noticia que es que el CNDM asuma a partir de la temporada próxima la organización de ese Ciclo de Lied que no debía morir. Como de los parados a los que se les supone que se aprovechan de un subsidio por el que han pagado durante su corta o larga vida laboral, hay quien piensa del público de los conciertos que va a disfrutar de una plusvalía generada por el esfuerzo ajeno y no que ese es un terreno abierto para cualquiera a través de una buena educación que también estamos en condiciones de exigir. Ya está bien de considerar la cultura como un privilegio que la sociedad no puede —y, por tanto, tampoco debe— pagarse. El día que de verdad nos falte seremos, si cabe —y cabe—, todavía más pobres.

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