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El estado de las orquestas



El estado de las orquestas

Como un reo con la cabeza en una guillotina a la que se le ha encasquillado la cuchilla a medio camino, las orquestas sinfónicas parecen vivir el inicio de esta nueva temporada debatiéndose entre suplicar una última voluntad o elevar una plegaria. El curso pasado fue el más calamitoso del que se tiene recuerdo y son muy pocas las orquestas que se han podido lanzar a sus giras y actividades veraniegas con una cierta tranquilidad acerca de lo que sucedería a la vuelta de vacaciones.

 

Echemos un vistazo al índice de siniestralidad de lo que llevamos de 2011. El recién llegado gobierno holandés anunció hace algunos meses el desmantelamiento de todas las orquestas dependientes de la radio estatal. Todavía se está discutiendo sobre ello y la votación en el Parlamento está al caer pero ese país, que alguna vez debatió sobre la cultura en términos casi reverenciales, está echando mano de un discurso similar al de Sarah Palin o el Gobernador de Kansas, quien recientemente canceló la totalidad de los fondos que su equipo de gobierno tenía previsto destinar a las artes. Por lo que se ve, la Cultura ha dejado de ser una intocable vaca sagrada y los efectos del cambio climático sobre la arena política han desatado toda una corriente de animadversión hacia las subvenciones culturales.

Más al sur, en España y Portugal el crecimiento de la oferta sinfónica se ha congelado presa del pánico económico. La Orquesta Sinfónica de Sevilla, por ejemplo, ha sufrido recortes presupuestarios del cuarenta por ciento. Por supuesto, a renglón seguido, no se han hecho esperar las voces que exigen en contrapartida la cancelación de la financiación del proyecto escaparate la orquesta East-West Diwan del mediático Daniel Barenboim. A lo que parece, Iberia es ahora mismo un terreno donde nadie puede fiarse de nadie.

En Sudamérica, las orquestas del Teatro Colón de Buenos Aires están bloqueadas por sus responsables y sus músicos llevan meses sin ver un céntimo. En Río de Janeiro, la Sinfónica de Brasil ha despedido al cincuenta por ciento de su plantilla y, en consecuencia, está empezando a ser boicoteada por los solistas más importantes del país, como Nelson Freire o Cristina Ortiz.

Estados Unidos cuenta con cerca de la mitad de las aproximadamente quinientas orquestas profesionales que hay en todo el mundo. Tras décadas intentando mantener esa privilegiada posición, el pedestal se derrumbó finalmente el invierno pasado. En Honolulú, Nuevo Méjico o Siracusa, entre otros lugares, se quedaron sin orquesta sinfónica. Sencillamente, se extinguieron. En otros lugares, las cosas no fueron mucho mejor. Los músicos de Detroit se enrocaron en una huelga de seis meses antes de verse obligados finalmente a aceptar un recorte salarial del veintidós por ciento, tras lo cual algunos de sus mejores talentos pidieron el finiquito. Louisville evitó el fantasma de la bancarrota considerando su transformación en orquesta de cámara. Y otras, como Columbus, en Ohio, han metido un drástico tijeretazo a sus plantillas dejándolas reducidas a la mitad.

En medio de esa situación llegó el bombazo: en marzo, Filadelfia, la primera orquesta norteamericana en conseguir fama mundial allá por los lejanos años veinte, en una época dorada en la que era dirigida por Stokowski y Rachmaninov estrenaba allí sus obras, se declaraba en suspensión de pagos. Para hacerse una idea ajustada de lo que eso significa, hay que decir que, junto a Boston, Chicago, Cleveland y Nueva York, Filadelfia es una de las Cinco Grandes norteamericanas, llamadas así tradicionalmente por su elevado rango artístico y su altísimo potencial económico. Estos auténticos imperios sinfónicos, levantados durante más de un siglo de existencia, han conseguido desarrollar una personalidad tímbrica propia que, concretamente en el caso de Filadelfia, alguna vez llegó a representar el no va más de la perfección musical. Ejemplos como el emocionado sollozo del director Klaus Tennstedt durante el primer ensayo que tuvo con la orquesta, confesando a los músicos cómo su padre y él se jugaban literalmente la vida en la Alemania nazi para escuchar clandestinamente las pocas grabaciones que caían en sus manos, dan cuenta de hasta qué punto Filadelfia era la guinda y el orgullo de las orquestas de Norteamérica.

A fecha de hoy, los responsables de la orquesta se confiesan incapaces de pagar el alquiler del nuevo y superluminoso Verizon Hall o de afrontar los gastos de seguridad social de los músicos. A no ser que alguien inyecte algunos millones que le sobren, mucho nos tememos que los gloriosos días de Filadelfia se hayan terminado. “¿Qué sería de Filadelfia sin su orquesta?”, se lamentan apesadumbrados los más tradicionales. Buena pregunta, pero no es la única que necesita respuesta cuando, por otra parte, posiciones más realistas se preguntan qué gana una ciudad de seis millones de habitantes, sumida en un proceso de declive post-industrial, teniendo que mantener un armatoste musical esclerotizado y caro. ¿A quién le hace falta una orquesta sinfónica?, es la pregunta que parece flotar en el ambiente en el mundo entero. (...)

Norman Lebrecht
Traducción: Juan García-Rico

(Comienzo del estudio publicado en Scherzo nº 267, octubre de 2011)

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