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Orquestas y Alicante



Orquestas y Alicante

En nuestro número de octubre, Norman Lebrecht ponía el dedo en la llaga acerca de la situación de las orquestas sinfónicas en el mundo. Lo hacía con realismo pero también con sentido común y, sobre todo, con una importante dosis de esperanza en el futuro. Nos consta que el artículo de Lebrecht ha circulado con fruición entre las orquestas españolas, que sufren la crisis con elementos parecidos —unos mejores, otros peores— a los de las del resto del mundo. Y a los recortes económicos propios de la situación que algunas de ellas han empezado a padecer se une la demagogia con que en algún otro caso han sido explicados. Por ejemplo, la cuestión de los sueldos de algunos directores titulares que nace de la consideración de que son excesivos y pasa por la comparación, más bien odiosa, entre lo que gana los propios políticos y lo que perciben aquéllos.

Quienes —y, visto lo visto, a derecha e izquierda— tanto creen en los mercados, debieran informarse de que el precio —de mercado— de un director de orquesta es superior al de un político, qué se le va a hacer. Y de lo que se trata es de que aquél, como éste, sea lo más competente posible. Y si no lo es, se le rescinde el contrato. Pero si se quiere a alguien que lo sea habrá que darle lo que su valor de mercado indique. Parece como si se tratara de convencer a quien no sabe nada de ello de que mantener una orquesta es un dispendio innecesario y que, por tanto, quien quiera acudir a un concierto que se lo pague como el lujo que es. Ya hemos caído de parte de unos en la demagogia de la cultura gratis total y ahora, desde los otros, parece surgir la de que la sociedad no necesita lo que no demanda y si sólo unos pocos pueden pagarse la música por lo que verdaderamente cuesta, a precios reales, pues para ellos. Es verdad que, puestos en la tesitura de si hay que suprimir cinco ambulatorios o una orquesta, los ciudadanos abogarán por quedarse sin música pero todos sabemos que hay otros ahorros que hacer que tocan a materias más prescindibles. Justificar poco a poco ese abandono por parte de los poderes públicos acaba por ser un elemento más en la consideración de la educación de buena calidad como un bien ameritable en función de los recursos de cada cual. Y esa crisis puede ser la peor de todas.

Frente a ese panorama incierto, hay que celebrar, por otra parte, el resurgir del Festival de Alicante, que ha sabido renovarse en plena crisis y que merece sobrevivir a pesar de ella. Desde estas páginas hemos sido muy escépticos frente a su futuro, sobre todo porque año tras año la ciudad se mostraba poco receptiva a su oferta, vivía a sus espaldas tras una historia en la que la consolidación había sido más profesional que popular y, aun en ese caso, desde esa suerte de microclima en el que a la música contemporánea le ha gustado moverse habitualmente. Para el éxito de esta edición ha sido decisiva la inauguración del espléndido Auditorio, un edificio magnífico, bien situado, con estupenda acústica y capaz de recibir en su escenario a un amplísimo contingente orquestal. La inauguración y la clausura del Festival en semejante marco y con programas muy atractivos hizo posible lo que en ocasiones anteriores hubiera parecido un milagro: llenos totales. Sería una lástima que la llama se redujera justo ahora que luce de manera antes impensable.

El otro polo de atracción este año en el Festival de Alicante ha sido la celebración paralela de la segunda edición del Encuentro Profesional de Música Contemporánea, más concurrida que la primera, más activa como lugar de encuentro de los profesionales involucrados en la música de nuestro tiempo. De cara al futuro, y, con un mínimo de ambición, el Encuentro —probablemente ampliando su ámbito de actuación, yendo más allá de lo contemporáneo pero siempre con ocasión del Festival— podría ser una excelente alternativa a ese MIDEM clásico que, en Cannes, languidece a marchas forzadas. El sector pide un nuevo lugar de encuentro para el intercambio de experiencias, la presentación de proyectos y, en definitiva, para hacer negocio. Alicante es una ciudad muy bien comunicada con toda Europa, en septiembre hace un tiempo estupendo y en este sector hay gente emprendedora. Valdría la pena intentarlo.

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