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La ONE ante su futuro



La ONE ante su futuro

Ni los más optimistas podían pensar, a la llegada de Josep Pons a la titularidad de la Orquesta Nacional de España, en un momento en el que la formación estaba en huelga, su prestigio en grave deterioro y su relación con el público camino del divorcio definitivo, que en la hora en la que el maestro anunciara su marcha las cosas habrían de ir tan bien. Zarandeada por mil tempestades, incomprendida desde dentro y desde fuera, poco flexible también por su parte, la ONE parecía una nave ingobernable hasta que llegó Pons y la puso en un rumbo que es hoy el de una navegación con el viento en popa. Faltarán cosas por hacer cuando diga definitivamente adiós el maestro catalán, qué duda cabe, pero a día de hoy esa ONE conflictiva se ha convertido en una buena orquesta. Una formación competitiva, que mantiene un más que aceptable nivel en sus conciertos de abono, bien programada y, lo que es fundamental, que da la sensación de haber alcanzado al fin un grado de autoestima que nunca pareció tener, sobre todo desde el momento en que creyó, equivocadamente, que habría de vivir para siempre de esplendores pasados para cuya vuelta nadie ponía los medios.

La mayor novedad que presentará el proceso de sucesión de Josep Pons, tal y como él mismo revela en la entrevista que encontrarán los lectores en este mismo número de SCHERZO, es el desdoblamiento de la figura de director titular y artístico que él detentaba en una sola. Una decisión que, como tantas, tiene sus ventajas y sus riesgos y que convendrá tomar con toda clase de garantías. Es cierto que un titular desprovisto de cargas de gestión puede dedicarse mejor a las labores propias de su cargo que habrán de ser las de programar bien y hacer crecer a la orquesta. El problema surgirá si hay divergencias entre uno y otro, si los conceptos son diferentes, si la gestión pura trata de imponerse a lo musical. Las bicefalias son arriesgadas y ésta no habrá de ser la excepción. Bien es cierto que en materia de decisiones administrativas poco convencionales, la propia ONE parece haber acertado con el nombramiento de uno de sus miembros —Ramón Puchades— como gerente de la misma, caso insólito entre las orquestas españolas.

A la hora de optar por un perfil concreto de director titular, Pons se muestra prudente en la entrevista y parece normal que así sea. En efecto, las posibilidades son distintas, desde optar por un maestro avezado hasta hacerlo por un joven con ganas de crecer o por el muy mediático mundo de los expertos en interpretaciones históricas llamados a ampliar repertorio. Quizá la experiencia de otras orquestas recomiende el riesgo que supone optar por una figura ascendente, digámoslo enseguida, española o no, pues en un mundo tan ancho el deseo no ha de confundirse con la realidad. En todo caso, se trata de hacer las cosas bien, de que los logros de casi diez años de trabajo, la estabilidad laboral, la confianza artística y la relación con un público fiel no se vengan abajo. Pons apareció como la última oportunidad para la ONE —recordemos qué tiempos aquellos— y se supo aprovechar. Sería imperdonable no seguir ese camino.

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