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Las nuevas estrellas de la ópera



Las nuevas estrellas de la ópera

Dedicamos este mes nuestro dosier a la ópera y sus relaciones con el teatro; es más, a la pertinencia de la definición de aquélla dentro de éste. En otras palabras, a uno de esos conflictos que, sin acabar de serlo del todo, parecen, sin embargo, imposibles de resolver, aun partiendo de la base de que desde el principio sus dos polos han ido juntos. Música y palabra se han necesitado siempre, se han complementado pero también se han opuesto y hasta han generado su propia paradoja histórica desde dentro del propio arte que las acoge juntas, una especie de “ni contigo ni sin ti…” al que todavía estamos buscando solución. Esta vez se trata de indagar en la cuestión a través de las opiniones de algunos de los mejores directores de escena de cuantos se dedican hoy a la ópera. Diversos puntos de vista que convergen en la versatilidad, la grandeza y las posibilidades que aquélla ofrece, desde la narración de una historia hasta el anhelo por ofrecer al espectador toda una concepción del mundo, sabiendo, además, que no por ser más ambicioso el intento va a cumplirse de mejor manera.

El papel del director de escena ha crecido a lo largo de los últimos años de un modo antes impensable, incluso cuando fueron llegando las sucesivas revoluciones protagonizadas por Alfred Roller o Wieland Wagner, fundacionales en cierto modo los dos pero todavía sometidos por fuerza o de grado a otros elementos no menores como la dirección orquestal —Mahler— o la fidelidad vía interpretación, por así decirlo, respetuosa, de las ideas del compositor a través de la administración intelectual de su legado. Hoy, en las programaciones de los teatros de ópera, se habla más, muchas veces, de producciones que de títulos, y por ello de directores de escena que de sus homólogos musicales, que de los cantantes o hasta del mismísimo autor de la música. Son, por muchas razones y no todas lógicas, las estrellas del momento en el mundo de la ópera pero también quienes concitan mayor grado de discusión e incluso, en ocasiones, de hostilidad, entre los aficionados que consideran que por encima de la interpretación personal —y estrictamente actual— de lo que una ópera propone está su valor como vehículo intemporal, invariable también en su planteamiento casi arquetípico, de una estética y hasta de unos valores.

Es verdad que muchas veces los propios teatros renuncian a un cierto sentido común que debiera presidir estas incursiones de los escenógrafos. Habría que preguntarse si es verdaderamente útil que la primera vez que se programa una obra en un teatro de ópera ésta se ofrezca no en una producción explicativa en primera instancia de la trama, el contexto o las intenciones del autor sino, muy al contrario, en la reinterpretación de un director de escena que muchas veces ni siquiera la conoce mejor que el propio espectador. Ha ocurrido y sigue ocurriendo, por ejemplo, con las propuestas hechas a gentes del cine sin experiencia operística que, sin embargo, aceptan con más o menos miedo un desafío en el que, si triunfan, pasarán a engrosar las filas de un oficio de moda y, si no, se habrán inmolado en el altar de las víctimas de los públicos poco cultos. Ahí están, recientemente, Woody Allen o Terry Gilliam y, en la reserva, el mismísimo Almodóvar.

Pero la ópera es también teatro. Y un arte palpitante, que debe evolucionar con el tiempo. Lo que quizá no debiera es hacerlo gratuitamente, preguntarse antes de interpretar una obra maestra si con esa visión ésta se enriquece o mengua en su irradiación, en esa que tuvo el primer día y que le permite, también, ser un clásico y, por tanto, estar viva.

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