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Lisa Batiashvili



Lisa Batiashvili

Aunque lanzada al estrellato por el Concurso Sibelius de Helsinki, donde consiguió la segunda posición en 1995, la georgiana Lisa Batiashvili (Tiflis, 1969) ya había mostrado su destreza con el violín a los diez, cuando ganó su primera competición. Formada en Hamburgo junto a Mark Lubotski y, posteriormente, en Múnich con Ana Chumachenko, en la actualidad reside con su marido, el oboísta François Leleux, y sus dos hijos en un entorno idílico rodeados de verde y de canales. Lo suficientemente lejos de París para encontrar allí su retiro y lo suficientemente cerca para utilizar la Ciudad Luz como punto estratégico para sus desplazamientos por el mundo, trabajando con las mejores orquestas. Como las de Filadelfia, Minnesota y Nueva York con las que actuará tras su visita a España este mismo mes, donde se la podrá ver junto a la Orquesta de Cadaqués en Lérida, Zaragoza y Madrid. La violinista presenta además, estos días, su último registro —que aparece en Deutsche Grammophon, su nueva casa de discos— con obras de Shostakovich, Kancheli, Pärt y Rachmaninov.

Procede de una familia de músicos.

Así es. Mi padre, violinista, hace 44 años que toca en un cuarteto de cuerda. Mi madre es pianista, pero se dedica fundamentalmente a la enseñanza.

Luego estaba predestinada.

He tendido a la música por pura afinidad; ellos nunca me forzaron a elegir este camino. Ni siquiera me lo insinuaron. fue decisión mía. Las cosas deben ser así. Aun recuerdo cómo me gustaba ver el violín que tocaba mi padre, o los violines más pequeños de sus alumnos. Me parecían juguetes privilegiados. Así llegué a la música. Como digo, por mí misma.

¿Quiere decir que después de las experiencias vividas no animaría a sus hijos?

Para nada me lo he planteado como ambición, ni tampoco mi marido, siendo también músico. La opinión de ambos es que no es necesario en absoluto que nuestros hijos se conviertan en músicos, los suyos lo sean a su vez… Lejos de eso, soy de la opinión de que es preciso que en la familia haya alguien que se dedique a algo que no tenga que ver con lo que nosotros hacemos. Por eso, en lo que a mis hijos respecta, simplemente me limitaré a ver cómo reaccionan frente a la música. Si viese que se convierte para ellos en una gran pasión, o si pudiera observar que poseen un gran talento, sería la única razón por la que encaminase su vida hacia la música. Porque con frecuencia me doy cuenta de que en la familia de músicos, si la madre o el padre consiguen tener éxito en lo que sea, ya se piensa que sus hijos tienen que seguir sus pasos. Y no hay razón para ello. Así, puede darse el caso de que los niños lleguen a sentirse frustrados. Pensemos que los que nos dedicamos a esto, por lo general nos iniciamos cuando tenemos cuatro o cinco años. Si desde esa edad tienes que empezar a luchar y a sacrificarte hasta que consigas sacarle partido a todo eso, hasta que consigues un pequeño éxito y comienzas a considerar tu actividad como algo placentero hay que recorrer un camino muy largo. Por eso, antes de aconsejar nada a mis hijos quiero en primer lugar asegurarme de que lo hacen muy bien, nada de medianías. Y además, que exista una verdadera pasión. De no darse esas condiciones: pasión y un cierto talento, consideraría una pena que lo intentasen.

¿Usted tenía ambición?

Sólo desde el punto de vista personal, evaluando continuamente lo que iba haciendo. Y continúo comportándome de esa manera, porque me considero muy responsable con lo que hago. No sé si está bien o no esa actitud, pero no me puedo permitir dejar cabos sueltos, sin una preparación a conciencia. Posiblemente sea algo que arrastro desde mi infancia en Georgia. Allí, la educación musical estaba relacionada en cierta medida con la escuela rusa, donde la música se consideraba como algo verdaderamente serio, no como en muchos lugares de Europa donde no dejaba de ser un mero pasatiempo. (...)

Ahora se luce con esas orquestas y en las mejores salas con un stradivarius por aliado.

También en eso he tenido suerte, porque una vez comenzada la carrera me interesaba contar con un buen violín que me permitiera expresarme un poco mejor aún sobre el escenario. Y en ese momento surgió la oportunidad de que la Fundación Musical Nipona me prestase el stradivarius que me acompaña en los 50 o 55 conciertos que hago cada año; 60 como máximo. Ya sé que entre mis colegas hay muchos que duplican esa cifra, pero si hay algo que nunca he querido hacer es estar continuamente viajando de un lado para otro, y cada día en un hotel.

Así descansan usted y el instrumento.

Sí, porque en mi opinión, la experiencia de la escena debe contemplarse como algo muy particular. Nada de verlo como un hecho cotidiano.

¿Viene a España por primera vez?

Claro que no. Ya he estado varias veces. La primera, si no me equivoco, fue con la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y Yuri Termikanov tocando el Primer Concierto de Shostakovich. En aquella ocasión hicimos una gira por varias ciudades de España, y posteriormente hice otra con la London Symphony. La última vez que estuve fue el año pasado para trabajar con la Sinfónica de Barcelona. (...)

Decía que en España ha tocado ya a Shostakovich, ¿el mismo concierto del disco que ahora aparece?

Sí, pero de eso hace diez años exactamente, porque fue cuando empezaba a tocarlo.
¿Haber estudiado con Mark Lubotski, fue decisivo para la elección?
Cuando lo preparé ya no estudiaba con él. En ese momento estaba en las clases de Ana Chumachenko en Múnich. De cualquier forma, siento una especial admiración por Lubotski, mi antiguo profesor. La decisión de aprender esa obra de Shostakovich la había tomado mucho tiempo atrás, porque considero que es uno de los mejores conciertos para violín del siglo XX. Lo que sí hice fue recabar información de Lubotski acerca del concierto, porque él lo había aprendido de su maestro David Oistrakh, a quien se lo dedicó el compositor. Quise hacerlo por tratarse de un profesor que siempre he admirado por su capacidad para enseñar. Lo recuerdo en clase como alguien muy importante para sus alumnos, ya que no se limitaba a precisar cómo teníamos que colocar el violín y a decir cosas rutinarias: le gustaba hablarnos, contarnos cosas. Su modo de explicar tenía mucho de intelectual, y a mí me resultaba muy interesante escuchar lo que nos decía. En este caso concreto, me fue manifestando sus sentimientos acerca de este concierto, y de las sensaciones que le contó David Oistrakh que había tenido cuando protagonizó el estreno mundial de la obra.

Esos consejos pueden resultar muy prácticos para acometer el concierto. Aun así, de Oistrakh a usted hay un largo camino. ¿Se han producido muchos cambios en él?

Tal vez, porque creo que, de cualquier forma, al final es necesario que cada músico dé con su concepto propio, ideal, para expresar las obras que interpreta. Después de tocar un mismo concierto varias veces con distintas orquestas y con directores distintos, cada cual empieza a crear su interpretación. Esa sería la explicación de por qué yo toco una obra de modo distinto a otros. Y afortunadamente es así. Me da mucha pena cuando alguien dice que hay que repetir la interpretación tal y como lo hizo el maestro que la tocó la primera vez, en este caso Oistrakh, que contaba con la información privilegiada de quien la compuso. De cualquier manera, encuentro que en este concierto, desde el punto de vista formal, la propia música te proporciona mucha información por sí misma. En lo que a mí respecta, a todo esto puedo aportar a la hora de entender la música de Shostakovich los recuerdos y las vivencias de infancia en mi país, Georgia, aún bajo el régimen comunista. Todo aquello me ha podido ayudar ahora, porque conocí bien lo que era la vida en Rusia. Por eso identifico la obra como algo muy próximo a mi infancia.

Puesta a pensar en Georgia, la obra del disco de la que se habrá encontrado más próxima será V & V, de su paisano Giya Kancheli. ¿Lo conocía?

Claro que sí. Al ser él también de Georgia conocía a mi padre, que tocó mucha música suya con su cuarteto. Recuerdo a Kancheli desde que era muy pequeña. En este caso puedo decir que los ecos de su obra me vienen desde mis primeros años, después de haber escuchado tantas composiciones suyas. En casa en directo, y en las cosas que escribía para la televisión o para bandas sonoras de películas. Desde ese punto de vista, las recuerdo con una cierta nostalgia. (...)

En España va a actuar con una orquesta nueva para usted. ¿Pide referencias?

En este caso concreto, mi vínculo con la orquesta es Jaime Martín, que es un gran amigo y un músico enorme, a quien conozco más que en su faceta de director de orquesta en la de flautista, por haber trabajado juntos en la Filarmónica de Londres, y además por ser amigo de mi marido. Siento una gran admiración por él, y ahora que empieza a dirigir grandes orquestas, es prácticamente por Jaime por quien he recibido la invitación. La he aceptado también por él y por las cosas tan positivas que me ha contado de los músicos. Y estoy muy emocionada por hacer con ellos ese concierto de Beethoven que tantas veces he interpretado en mi vida, me apetece trabajarlo ahora con Jaime, un músico absolutamente serio y profundo.

Juan Antonio Llorente.
(Extracto de la entrevista publicada en Scherzo nº 260, febrero 2011)

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