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Referencias: Kullervo de Sibelius



Referencias: Kullervo de Sibelius

No hace falta ser muy exhaustivo, pero los títulos van saliendo solos: La hija de Pohjola, Cuatro leyendas de Lemminkäinen, Luonnotar, El origen del fuego, incluso En saga o ese testamento musical que es Tapiola… Detrás de todas esas obras de Jean Sibelius hay una misma fuente de inspiración: el Kalevala, la gran epopeya compilada y adaptada entre 1830 y 1849 por Elias Lönnrot para mayor gloria de Finlandia. No es extraña esa fascinación, ni exclusiva de nuestro compositor, pues esos cantos lo tenían todo para encender la imaginación de un artista: había mitos primigenios sobre la creación del mundo, historias llenas de magia y tragedias de gran crudeza, y todo ello poblado por una galería de personajes arquetípicos pero de indudables posibilidades dramáticas, como el bardo Väinämöinen, el apuesto Lemminkäinen, la deidad de los bosques Tapio o, sobre todo, el incestuoso pastor Kullervo. “Kullervo, hijo de Kalervo / el mocetón de azules calzas, / hermosa cabellera rubia, / bonitos zapatos de cuero”, el mismo que iba a inspirar a Sibelius la obra que le convertiría en el estandarte de la naciente escuela musical finlandesa. Sin embargo, apenas un año después de su triunfal estreno, el 28 de abril de 1892 en Helsinki, el compositor prohibió ejecuciones íntegras de la misma, descontento como estaba de sus debilidades, de ese carácter híbrido, entre la ópera, el oratorio y el poema sinfónico que precisamente hoy constituye uno de sus mayores atractivos. Porque hoy, para espanto de su creador, este Kullervo op. 7 se ha convertido en una de las partituras más grabadas y frecuentadas de Sibelius. Y la razón de ese éxito cabe buscarla en la propia música, de carácter más evocador que descriptivo y en la que late esa pasión por la literatura, la mitología y la naturaleza del país de los mil lagos que define toda la producción del maestro. Sus creaciones posteriores serán más redondas, perfectas y personales en el plano técnico; más refinadas en el tímbrico, y mucho más contenidas y sutiles en el expresivo, pero raramente encontraremos en ellas la encendida pasión y el pulso teatral de este impetuoso Kullervo. Híbrido y desequilibrado, sí, pero también auténtico y fascinante de principio a fin.

Kullervo narra la historia de un pastor raptado en la infancia a su familia. De carácter violento e inflexible, crece como esclavo pensando sólo en la venganza. Tras matar a su ama, descubre que su familia sigue viva y regresa con ella. Dada su escasa habilidad para trabajar en el campo, su padre acaba enviándolo a pagar los tributos. En el camino de vuelta, Kullervo encuentra a una joven a la que seduce y deshonra, para luego descubrir que se trata de su propia hermana, que se había extraviado un día en que salió a coger bayas. La muchacha se suicida y él corre a su casa a explicar a su madre el suceso y poner fin también a sus días. Ella, no obstante, le convence de que siga con vida. El hijo le hace caso y decide marchar a la guerra para matar a Untamo, el responsable de su esclavitud. Tras arrasar sus propiedades regresa a su casa, pero no encuentra a nadie, sólo un perro negro. Con él se dirige al bosque, pero cuando pasa por el lugar en el que violó a su hermana, los remordimientos le llevan a darse muerte con su espada. Esta es, a grandes trazos, la trágica historia evocada por Sibelius en esta partitura en cinco movimientos encabezados por títulos descriptivos: Introducción, La juventud de Kullervo, Kullervo y su hermana, Kullervo marcha a la guerra y La muerte de Kullervo. De ellos, dos requieren la participación vocal, soprano, barítono y coro masculino el tercero; barítono y coro masculino el quinto, para dar voz a los propios versos del Kalevala con acentos, en especial en Kullervo y su hermana, no demasiado alejados del universo operístico.

La historia de Kullervo ha tenido suerte a la hora de ser traducida fonográficamente, y con enfoques muy diferentes que evidencian la riqueza de la partitura. Cabe puntualizar que se trata de registros modernos, pues la prohibición que pesaba sobre la obra hizo que sólo tras la muerte del compositor empezaran a darse audiciones de ella y aún pasó algo más de tiempo hasta que empezó a llamar la atención del público. De este modo, la mayoría de versiones datan de la década de 2000. También, y por razones obvias (la necesidad de un coro y solistas vocales que cantan en finés), predominan las interpretaciones con denominación de origen nórdica.

Apenas hacía trece años que había muerto Sibelius cuando Paavo Berglund (EMI, 1970, 72’) firmó uno de los registros pioneros de Kullervo. Y uno de los más extraordinarios y reveladores, pues, al frente del Coro masculino de la Universidad de Helsinki y la Orquesta Sinfónica de Bournemouth, y con la soprano Raili Kostia y el barítono Usko Viitanen como solistas, el director llevó en él los tintes dramáticos al límite hasta dar una de las interpretaciones más descarnadas y alucinadas de esta obra grabadas nunca. En busca de mostrar todo su romanticismo, Berglund aprieta en ocasiones al extremo el acelerador y no ahorra en brusquedades ni en acentuar los contrastes dinámicos con agresividad, pero el resultado convence por una entrega y una pasión desbordantes. En 1985, el director volvería a los estudios para dar, para el mismo sello, una nueva versión pero sin conseguir mejorar lo hecho quince años antes.

Poco después que Berglund grabara su segunda aproximación a la partitura, se enfrentó a ella el estonio Neeme Järvi (BIS, 1985, 69’), por entonces director de la Sinfónica de Gotemburgo y una batuta incansable a la hora de buscar y registrar rarezas que no tenían sitio en el gran repertorio. Y en aquella época lo era no sólo Kullervo, sino todo Sibelius, al menos fuera de los ambientes nórdicos y escandinavos. Para grabarla contó con una pareja de lujo, la soprano Karita Mattila y el mejor Kullervo posible, el barítono Jorma Hynninen. Su lectura es cien por cien Järvi, para bien y para mal. El estonio nunca ha sido alguien con una especial capacidad de matización y este disco no es una excepción, de modo que las sutilezas y la exploración de los recovecos psicológicos de los personajes el director las deja para otros y él se concentra en aquellos aspectos más guerreros y belicosos, levantando así una interpretación directa, de tempi raudos cuando no frenéticos (escúchese, por ejemplo, el inicio del tercer movimiento). La excepción, y bien llamativa, es Kullervo marcha a la guerra, indicado en la partitura Alla marcia, pero que en Järvi suena curiosamente más amable, como si en lugar de a una batalla el protagonista se encaminara a un amable encuentro campestre… En todo caso, es una versión notable que además permite escuchar a unos solistas antológicos.

No tardaría mucho en llegar la primera referencia indiscutible, sobre todo porque en ella no sólo la historia explicada es importante sino también, y mucho, el cómo se nos explica. Su protagonista era un joven director y compositor finlandés, Esa-Pekka Salonen (Sony, 1992, 70’), que acababa de ser nombrado titular de la Filarmónica de Los Angeles. Y precisamente, aprovechando que en 1992 se celebraba el centenario del estreno de la partitura, Kullervo fue uno de sus primeros trabajos discográficos al frente de esa centuria. Con el mismo coro que Berglund, la suya es una interpretación poderosa y dramática, llevada con pulso desde el primer compás y realzada por unos solistas vocales, la soprano Marianne Rorholm y, como en Järvi, el barítono Jorma Hynninen, en estado de gracia. Sobre todo el segundo, cuyo lamento del final del tercer movimiento, punteado por los secos golpes de la percusión, pone la piel de gallina. Pero no sólo eso. Salonen desmiente aquí su fama de director analítico y frío para ir más allá de lo heroico y recrear este drama en todos sus matices, sus claroscuros y, por supuesto, su épica. Y ello gracias a la atención prestada a los aspectos puramente musicales de la partitura. La orquesta adquiere así un relieve nuevo para convertirse en el verdadero motor de la historia. Basta señalar, por ejemplo, el virtuosismo en la planificación de Kullervo marcha a la guerra, un continuo de pequeñas células rítmicas y temáticas en constante transformación que se desarrollan a distintos niveles, siempre con una intención expresiva detrás. Salonen no es tan brusco ni extremo como Berglund, aunque sus tempi sean ligeramente más vivos, ni tan intuitivo y visceral como Järvi, pero eso no le resta expresividad alguna, sino que más bien hace más humana y creíble su interpretación. Éste es, pues, el primer registro absolutamente redondo y referencial de esta partitura.

El segundo no tardaría en llegar y vino firmado por uno de los grandísimos sibelianos de la actualidad, Osmo Vänskä (BIS, 2000, 80’). Su enfoque no puede ser más opuesto que el de Berglund y Järvi, pero no por ello menos complementario e irreprochable. Sobre todo porque si aquellos apuestan por lo heroico y la épica, Vänskä prefiere mostrar una visión lo más interiorizada posible, con temas que toman desarrollos imprevistos, pero muy sugerentes. Los tempi son aquí amplios (la interpretación le saca diez minutos a Salonen, por ejemplo), pero sin resultar nunca fatigosos, más bien al contrario. Con ellos Vänskä consigue acentuar los aspectos más oscuros y poéticos de la obra, ese halo de destino inexorable que la cruza de la primera a la última nota. Acorde con esos presupuestos, la orquesta, la modélica Sinfónica de Lahti, suena contenida y volcada a mostrar toda la sutileza y refinamiento de la paleta tímbrica del compositor. El trabajo, además, se beneficia de la labor de la mezzosoprano Lilli Paasikivi y el barítono Raimo Laukka, ambos pletóricos en lo que a expresión e implicación se refiere, y de un ejemplar Coro Universitario de Helsinki.

Y de una batuta finlandesa consagrada, a otra que viene pisando fuerte y a la que habrá que prestar merecida atención en este repertorio después de haber demostrado su competencia en otro insigne sinfonista nórdico, Aulis Sallinen (alguien que, por cierto, tiene una ópera sobre nuestro incestuoso personaje). Nos referimos a Ari Rasilainen (CPO, 2005, 73’). Desde los primeros compases, su versión despierta el interés, la curiosidad, la sensación de que algo va a pasar. La música gana en inflexiones, los detalles instrumentales se escuchan con naturalidad dentro de un flujo musical dúctil, moldeado con inteligencia al mismo tiempo que con un sentido dramático innegable. Como solistas, la soprano Satu Vihavainen y el bajo-barítono Juhan Uusitalo convencen por su capacidad para ir más allá del texto, aunque sin hacernos olvidar a los Soile Isokoski, Mattila o Hynninen de otras interpretaciones.

Y Kullervo sigue teniendo acento finés, pues la siguiente versión destacada viene servida por Leif Segerstam (Ondine, 78’), quien en 2007 abordó por segunda vez en su carrera esta partitura. Lo había hecho antes, en 1994, para Chandos en una versión bien recibida por la crítica. No menos que esta de Ondine. Frente a Vänskä y su enfoque psicológico, Segerstam se decanta hacia una interpretación más teatral, pero sin que ello signifique descuidar el sonido de su orquesta como a veces sí hacía Berglund. Años y años de dedicación a este repertorio le han procurado al director una familiaridad y un conocimiento tales que además acierta a encontrar aspectos nuevos en cada partitura y exponerlos con el detallismo de un orfebre, sin perder por ello de vista la concepción global, la construcción y la expresión. La soprano Soile Isokoski está espléndida y sólo a Tommi Hakala le falta un hervor para ser un Kullervo intimidante y trágico, que logre sobrecogernos con su destino al estilo de Hynninen.

Para encontrar una batuta que no sea finlandesa o nórdica hay que recurrir a uno de los grandes especialistas en Sibelius, el británico Colin Davis. De sus dos grabaciones, una para RCA y otra para LSO Live, las dos con el Coro y Orquesta Sinfónicos de Londres, la más interesante es la segunda, registrada en vivo en 2005. La mezzosoprano Monica Groop y el barítono Peter Mattei son los solistas de una lectura que ahonda en los aspectos más líricos de la partitura. Es el típico Sibelius británico, caracterizado por tempi más bien lentos y solemnes, una cuidada planificación y una atmósfera melancólica, como si todo lo nórdico tuviera que ser necesariamente triste y otoñal. Es una lectura hermosa, sin duda, pero sin los claroscuros y contrastes de otras citadas. En todo caso, es muy superior a la que sólo un año más tarde grabó Robert Spano (Telarc, 2006, 72’) con el Coro y Orquesta Sinfónicos de Atlanta, la mezzo Charlotte Hellekant y el barítono Nathan Gunn, cuyo enfoque distanciado y abstracto hace que el drama pierda toda su fuerza.

A todas estas versiones aún podrían añadirse las de Paavo Järvi (EMI, 1997, 80’), de sobrado interés por la calidad de su textura instrumental y la atmósfera mágica y popular que acierta a recrear, aunque algo neutra a nivel expresivo, y la del veterano Jorma Panula (Naxos, 1997, 72’), honesta, idiomática y a un precio excelente. Pero si se hubiera de escoger sólo dos, ésas serían las de Salonen y Vänskä. Son las más redondas, las más completas, las que más justicia hacen a esta tragedia del pastor que sucumbió a su destino de odio, muerte y violencia. Tragedia que encumbró a Sibelius y que éste se esforzó en enterrar en el olvido.

Juan Carlos Moreno
(Artículo publicado en Scherzo nº 259, enero 2011)

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