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Que sea para bien



Que sea para bien

Al fin se ha resuelto el enigma de quién le compraría EMI a Citigroup —ya fue curiosa la anterior, pues ¿para qué quería un banco una casa de discos si no fuera para venderla enseguida?— y finalmente va a ser el grupo francés de comunicación y ocio Vivendi más su subsidiaria Universal Music Group quien se lleve a la veterana compañía a cambio de mil cuatrocientos millones de euros. Suponiendo que la adquisición pase el filtro de los reguladores de la competencia, lo que nos interesa como seguidores de la música clásica es cómo va a afectar al catálogo de EMI esta compra. Los medios británicos se lamentaban, hablando más en general, de una suerte de pérdida nacional, de la desaparición de un emblema de la industria y la cultura patrias. La verdad es que todas estas compras y ventas —añadamos a la presente las peripecias de Sony, Warner, Telarc y tantas otras grandes, medianas y pequeñas— representan un verdadero culebrón financiero que a la hora de la gestión de tanta inversión —siete veces el Ebitda (beneficio antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones) de EMI Music— hace pensar inevitablemente en sus consecuencias artísticas. Vivendi informaba que “financiará la operación con su actuales líneas de crédito y tiene previsto vender activos no estratégicos de Universal Music valorados en 500 millones de euros”. Y, mientras no se demuestre lo contrario, el clásico es estratégico para Universal.

La historia de EMI es la del sonido grabado, y en lo que toca a la música clásica —una parte importante de la compañía—, se trata del sello más significativo junto a Decca, RCA y Deutsche Grammophon. A ella pertenecieron el perrito Napier y Walter Legge, el primer Karajan y Maria Callas, y su historia merece sobrevivir en las mejores condiciones. Pero la nueva posesión de Vivendi aporta otras marcas que han ido haciéndose un nombre importante, incluso venciendo crisis de cierta dureza, como sucede con Virgin, un sello que ha sabido crear un excelente catálogo, que ha sido protagonista de algún fichaje sonado y que ya es miembro de pleno derecho del club de los que cuentan de verdad en el negocio. No olvidemos en el jazz a Blue Note, con Verve —propiedad de Universal— el gran clásico del género. Todo unido forma parte de un conglomerado de potencia descomunal a cuyo tamaño une ahora la necesidad de una gestión equilibrada, problemática también, como sucede siempre que en los grandes grupos la competencia está más dentro que fuera. Queden para el futuro las palabras del hasta la venta presidente del consejo de EMI Group y vicepresidente de Citigroup, Stephen Volk: “esta operación cumple los objetivos de la entidad de maximizar el valor de EMI con un socio como Universal Music que aprecia su valioso legado cultural, su increíble conjunto de talento musical y a los trabajadores que han trabajado duro para dar el éxito a los artistas que representan”. Esperemos que las circunstancias o la gestión de las mismas no hagan recordarlas para mal.

Y un párrafo sobre el proceso de selección de nuevo gerente de la Orquesta Sinfónica de Galicia y el episodio protagonizado por uno de los miembros del jurado calificador que hizo públicas las discusiones internas del mismo. Si ya los requisitos para el puesto movían a la sonrisa —posiblemente ninguno de los juzgadores pudiera acceder a él como tampoco algunos de los mejores gerentes de orquestas o programadores del mundo—, el calentón de uno de los evaluadores llevó a que, mientras se acusaba de pucherazo a otro, se desvelaran a la prensa los nombres de los aspirantes. No cuesta nada pensar en cómo se quedarían estos al verse en los papeles. Cuando menos, perplejos. Y a partir de ahí lo que ustedes quieran, pues de la calumnia al chascarrillo todo cabía en el episodio. Es lo que pasa cuando las presuntas buenas prácticas se usan con su puntito de demagogia y luego su aplicación interfiere estrategias. Al cierre de este número de SCHERZO no se conoce el nombre del próximo gerente de la que es una de las grandes orquestas españolas, de la que con la Sinfónica de Tenerife comenzó a cambiar el panorama sinfónico patrio y cuyo prestigio —ese que se refleja tanto en los resultados como en el modo de llegar a ellos— debe sobrevivir a cualquier cambio. Y para que así sea la mejor solución es hacer las cosas lo mejor posible. Suerte a todos.

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