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Crédito y exigencia



Crédito y exigencia

En el presente número de SCHERZO, Gerard Mortier explica sus planes al frente del Teatro Real en la que va a ser su primera temporada como director artístico. Conoce bien cuáles son los frentes que tiene abiertos, dónde debe convencer al público y de qué forma —cuestión esta inevitable en quien gestiona una fuente de creación como es un teatro de ópera—, dejar la impronta de su paso por la casa. Las expectativas ante la nueva etapa que se abre en el coliseo madrileño son diversas, y unas más interesadas que otras. Y van desde la indiferencia de una sociedad que tiene otras cosas en que pensar pero a la que el teatro debe recordar de vez en cuando que existe porque ella le paga, hasta las más bien patéticas declaraciones de amor rendido por parte de algún compositor contemporáneo que quiere ser la novia en la boda y el muerto en el entierro, pesadísimo vicio que, curiosamente, se generaliza con la edad entre algunos de nuestros intelectuales más valiosos, reconocidos y —a veces sustanciosamente— premiados.
 
Es algo cargante esa apelación continua a una sociedad ignorante, futbolera, taurina, que no sabe apreciar el genio de sus compatriotas más dotados —de algunos, pues la mayoría de sus pares les importan poco a estos protestones— y a la que debiera ser obligatorio educar con la obra propia. Imaginemos que de este compositor que ha puesto verde a dos antecesores de Mortier —ambos con muy estimable trayectoria profesional—, el nuevo director del Real no programe ninguna obra, no le encargue nada, no reponga tampoco producciones viejas. ¿Seguirá pensando aquél acerca del nuevo responsable artístico que “el público no sé cómo lo recibirá pero tendrá que acostumbrarse”? Hay mucha literatura sobre la esencia y la cáscara del arte, sobre la legítima o no tanto vanidad del creador como para seguir dándole vueltas al asunto en este modesto editorial.
 
Lo importante es que comienza una nueva etapa y que en ella deberá mientras se muestra la impronta del nuevo director artístico del Real —cuestión esta inherente al cargo en cualquier teatro del mundo—, fidelizar a un público un tanto temeroso y atraer nuevas audiencias aprovechando la fama de innovador que acompaña desde siempre a Mortier. Una buena carga de responsabilidad para los administradores del coliseo de la Plaza de Oriente y todo ello en este tiempo de crisis que a todos afecta. A ello habrá que añadir las ideas de Mortier sobre óperas españolas —raras y curiosas si se quiere pero patrimonio al fin y al cabo y no necesariamente irrecuperable—, que no tienen desperdicio y que probablemente moverán más de una voluntad. Del mismo modo, la apuesta por una orquesta sin titular no deja de tener su riesgo, pues no todos los experimentos funcionan del mismo modo en todas partes. Ese es también uno de los puntos en los que el nuevo director artístico del Real apuesta fuerte y donde se juega una parte importante de su diseño para el futuro del coliseo. En todo caso, parece claro que hay que conceder a Gerard Mortier la confianza y el crédito que merece cualquiera que llega a un nuevo cargo. Que no le quepa la menor duda de que lo va a tener. Como también, y es lógico, la exigencia debida a quien posee una trayectoria excepcional, polémica en ocasiones pero enormemente creativa y a quien ha demostrado que es un profesional con ideas de enorme interés. Una cosa y otra son inseparables.

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