Ud. está aquíInicio / Septiembre 2010 / Entrevista / Andreas Scholl

Andreas Scholl



Andreas Scholl

Andreas Scholl, con su timbre aterciopelado y su naturalidad sobre el escenario, se convirtió desde el inicio de su carrera, en uno de los contratenores más importantes, no sólo de su generación, sino de la historia de su cuerda. Afronta cada concierto con seriedad y profesionalidad, pero ha sabido separar el mundo irreal del escenario de su vida privada que protege y que le ayuda a mantener el equilibrio que necesita para seguir. Ha vuelto a Decca tras unos años de ausencia y, de momento, como no podía ser de otra manera, aborda en su próximo disco, que verá la luz este otoño, un repertorio que le va como un guante, la música del británico Henry Purcell. Aficionado al pop, al rock, al fútbol y enamorado de su profesión, no parece que los premios o el éxito hayan conseguido cambiar su carácter tímido y sencillo.

Si pensamos que sus padres eran cantantes aficionados, que su hermana es soprano, que usted cantaba en un coro de niño. ¿Podría haberse dedicado a otra cosa?

Lo cierto es que en el colegio nunca pensé que me dedicaría a esto como profesional. De hecho no tenía ni la menor idea de lo que quería hacer con mi vida. Cantaba todos los días en un coro de niños, sí, en el coro de la iglesia y cada día recibía lecciones de canto. Así que, cantar era para mí algo que formaba parte del día a día, pero jamás me detuve a pensar sobre ello hasta que el maestro de coro y el preparador vocal me dijeron que tal vez podía hacer algo profesionalmente con la voz. Yo tenía unos quince años.

¿Y cómo eligió convertirse en contratenor?

Puede que porque, de alguna manera, seguí utilizando la voz de cabeza aunque mi voz ya se había roto. El cambio se había producido y la voz seguía siendo aguda. Así que alguien me dijo que sonaba como un contratenor y pensé por qué no probar. Para mí fue muy fácil cantar en el registro agudo, no me supuso ningún esfuerzo. Cantaba ya como contratenor en el fondo. Cuando tenía quince años, más o menos, seguía siendo soprano, lo que no es muy normal a esa edad. Así que fue más o menos por casualidad como llegué a ello. Me di cuenta de que podía hacerlo y alguien me hizo pensar que podía convertirme en profesional y a los diecisiete años empecé a valorarlo más seriamente pero no con la idea de dedicarme exclusivamente al canto. Básicamente venía a ser algo así como, si no me surge nada más, al menos tendré esto.

¿Y su entrada en Basilea?

Me presenté en una audición en Stuttgart alentado por el profesor de canto del coro. Me dijo que si quería estudiar debía audicionar y me envió a Herbert Klein, un tenor que también cantaba como contratenor. Mi padre me llevó hasta allí, Klein me escuchó y me dijo que si quería cantar en ese registro seriamente tenía dos alternativas, o bien me marchaba a Inglaterra o bien me iba a Basilea, donde estaba enseñando René Jacobs. Así que entre en la Schola Cantorum y Richard Levitt se  convirtió en mi maestro hasta hoy.

Acaba usted de mencionar Inglaterra donde la tradición de contratenores es abrumadora. Ahora va a publicar una grabación de canciones de Purcell en la que usted mismo dirige la orquesta. En ella encontramos títulos que están en la memoria de todos interpretados por los grandes cantantes británicos de su cuerda. ¿Qué aporta de nuevo en esta grabación? ¿No tiene miedo a la comparación?

Cuando me planteé por primera vez grabar un disco quería que fuera con música de Henry Purcell o de John Dowland. Pero Eva Coutaz, la directora de Harmonia Mundi, me hizo pensarlo bien, puesto que se trataba de mi primer disco e iba a abordar un repertorio que ya habían grabado antes varios de mis colegas. Me hizo ser consciente de que la comparación iba a ser irremediable y me aconsejó elegir un repertorio que yo grabase por primera vez. Y eso hice. Las canciones barrocas alemanas (Deutsche Barocklieder) dieron contenido a mi primer disco, fueron una buena elección y un gran consejo de Coutaz. En cualquier caso, hay momentos en la vida en los que uno quiere hacer algo determinado. Después de pasar veinte años cantando la música de Purcell quería grabarla. Ya sé que hay varias grabaciones, como también las hay de Winterreise o de cualquier ciclo de canciones de Schubert o de Schumann. Creo que la motivación debe estar en el contacto personal que el intérprete tenga con la música que hace, que signifique algo para él, que el intérprete tenga algo personal que decir con ella. No se trata de ser diferente a cualquier precio, de ver lo que han hecho los demás para hacer algo totalmente distinto, más rápido, más lento, más dramático… El resultado puede que suene al final parecido a algún otro, pero será el fruto de mis convicciones. Es decir, que para mí hay una diferencia muy grande entre imitar a alguien o llegar a la misma conclusión después de haberse preparado, de haber meditado y estudiado el repertorio. Y creo que el público es capaz de percibir esa motivación en el intérprete.

En esta grabación, ¿la orquesta le acompaña en todas las ocasiones? Por ejemplo, en An Evening Hymn ¿reduce orquestación, se queda con un único instrumento? ¿Qué criterio ha seguido?

Para empezar, me gustaría decir que he tenido la gran suerte de poder contar con la Accademia Bizantina, que es mi orquesta barroca favorita. Hemos hecho ya otras grabaciones, pero para ésta decidimos utilizar la cuerda completa para la música de ópera además de laúd, arpa, clave, órgano, viola da gamba y chelo; un continuo muy completo. Pasé todo un día en Italia sentado con el primer violín, Stefano Montanari, que dirige conmigo la orquesta, y repasamos canción a canción toda la instrumentación de manera que cuando nos juntamos en la iglesia para grabar ya sabíamos lo que queríamos.

¿Con Sound the Trumpet han hecho algún arreglo especial o hay alguien más que canta con usted?

No, no hicimos arreglo. Canta un colega, Christophe Dumaux. He cantado con él muchas veces y es un tipo estupendo. Es más joven que yo. Lo divertido de mi historia con él es que cuando nos conocimos estábamos los dos a punto de debutar en el Metropolitan y hablando con él me dijo: “Andreas, yo recuerdo cuando te escuchaba cantar de pequeño.” Y me hizo sentir muy mayor, me sentí casi ofendido. Pero luego me paré a pensar y claro, el tiene ahora veintinueve y yo cuarenta y dos, así que era perfectamente factible, porque él debía ser un adolescente cuando salió mi primer disco. Me gusta mucho, se ha convertido en un amigo y además de ser una gran persona es un cantante excelente.

Catalina García
(Comienzo de la entrevista publicada en Scherzo nº 255, Septiembre 2010)

Más sobre

Discos excepcionales Scherzo
El tablón de anuncios de Scherzo
Hemeroteca Scherzo
Premios Internacionales de Música Clásica
Ciclo de grandes intérpretes
Ciclo de jóvenes intérpretes
Fundación Scherzo
Enlaces de Internet de Scherzo
Siguenos en Facebook
Siguenos en Twiter