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Ópera y realidad



Ópera y realidad

La puesta en marcha de las actividades del amplio y plural Consejo de la Música y el nombramiento de Antonio Moral como responsable de Centro Nacional para la Difusión Musical, el nuevo organismo que aglutinará las actividades del Auditorio Nacional, el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea y el Centro de las Músicas Históricas de León, son las primeras noticias del curso que empieza y tres apuestas importantes por parte de un INAEM que poco a poco va marcando su camino tras la etapa anterior, presidida más por las declaraciones que por los logros. No es buen momento para grandes empresas, pues los recortes han llegado para quedarse, pero la crisis debiera agudizar el ingenio de los responsables y protagonistas de estos cambios que es de esperar se muevan en la dirección de una definitiva toma de postura frente a la realidad de la música entre nosotros, que incluye desde la educación a la industria y que, aunque en estos días parezca lo contrario, no empieza y termina en el mismo sitio. Ahí están en este número de SCHERZO las temporadas de ópera que a lo largo de la geografía española mantienen viva la vieja afición mientras crean esos nuevos públicos sin los cuales no hay verdadero futuro. Y viendo las programaciones de nuestros teatros, sus riesgos, sus cuidados, sus ilusiones, no puede dejarse de pensar en lo difícil que es la tarea de un programador que debe escoger entre un repertorio inmenso, unas producciones asequibles y accesibles, unos cantantes que no garantizan que vayan a tener su mejor día, unos directores musicales de variado pelaje y todo sometido a que las cosas vayan bien y nada quiebre lo previsto, cosa que en la ópera, ya sabemos, es imposible. Los directores artísticos de los teatros de ópera o de los festivales líricos se la juegan a partir de una selección necesariamente limitada que debe rizar el rizo de lo imposible: contentar a todos. Por si fuera poco, no hay aficionado que no tenga su propia temporada en la cabeza y cuántos de ellos se sienten capaces de hacerlo mejor que los que se ganan el pan con ese oficio de programador que carga el diablo. En materia de ópera, como en muchas otras cosas en nuestro país, todos llevamos un crítico dentro.

Y, sin embargo, la ópera en España tiene a su alcance recetas para seguir gozando de buena salud en la crisis si se equilibran bien presupuestos y proyección. Desde polémicas como las que plantea Gerard Mortier a aventuras que parecían imposibles y van consolidándose como el Tutto Verdi de ABAO, galardonados, la organización y su proyecto, en los últimos premios de la Fundación Teatro Campoamor. Temporadas jóvenes se consolidan no sin dificultad y otras veteranas siguen fidelizando a sus abonados a pesar de todo. Igualmente, crece el número de títulos producidos entre distintos teatros que, lejos de pensar en ello como una competencia en realidad inexistente, lo contemplan como una posibilidad real de optimizar costes y amortizar gastos. Es un momento, además, en el que la ópera, no sólo en España, depende menos de los divos y más del espectáculo total que pretende ser. Es cierto que los directores de escena se llevan la parte del león —y que el perfil de los responsables de los teatros de ópera se acerca más a ese que al más estrictamente musical— pero si atendemos a las batutas que hoy triunfan en los mejores teatros parece que la distancia podría acortarse en los próximos años. Los Nelsons, Ticciati, Jurowski —Vladimir—, Luisoti, jóvenes, eficaces y nada divos —como González, Heras-Casado o García-Calvo entre los nuestros que arrancan— parecen asegurar un porvenir interesante a un arte que, para muchos, empieza en el foso. Un arte caro, muy caro, que a veces la sociedad desdeña pero que, en el fondo, admira. Esa es la contradicción de este paraíso cerrado para muchos, demasiados.

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