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Tiempo de Mahler



Tiempo de Mahler

El tiempo de Mahler ha llegado antes de lo que él mismo pensaba. El compositor bohemio ha sido asimilado por la sociedad en la que se movió entre dificultades, contradicciones, éxitos y envidias, entrando, al parecer de forma definitiva, en la zona más inamovible de lo que en literatura Harold Bloom llamara el canon occidental. Se suceden los libros sobre él, las grabaciones discográficas lo tienen como uno de sus protagonistas principales y, lo que es más importante, su presencia en las salas de conciertos es constante y ya no produce ese vértigo ante lo desconocido que hacía quejarse a las audiencias de hace sólo veinte o treinta años. Hoy el oyente que se acerca a Mahler parece darse cuenta de que va a escuchar a un contemporáneo, a compartir con él una concepción del mundo, de la cultura y de la vida cotidiana que no le resulta en absoluto ajena, tal vez porque, como Mahler, vive también tiempos de crisis.
 
El destino quiso que las efemérides mahlerianas llegaran seguidas, así que este año recordamos los ciento cincuenta de su nacimiento y el próximo haremos lo propio con los cien de su muerte. Por eso le dedicaremos dos dosieres distintos, el primero el que se incluye en este número y el segundo a lo largo del año próximo. Mahler da para mucho, entre otras cosas porque su vida también dio para mucho. Una vida corta pero intensa situada en el momento crucial en que muere una época y nace otra. ¿Cuál de las dos que chocan en la Europa del cambio de siglo era la suya? Probablemente las dos y en todo caso, la que marca la pluralidad de su realidad propia, desde su origen hasta su muerte, trenzados en su destino los pasos del genio con los del ser humano que sufre y se alegra, que es vencido por la vida mientras la marca con su estar en el mundo.
 
Desde las inconveniencias del propio oficio, Mahler pensaba que el futuro le haría justicia. Hoy, al escuchar su música, comprendemos aquella esperanza mientras, a la vez, no deja de sorprendernos cómo en sólo un siglo haya pasado a pertenecer a la humanidad entera como antes lo hizo la de Beethoven o la de Brahms, sin pasar siquiera por los altibajos en la receptividad que otros compositores debieron sufrir después de muertos. Incluso alguien con no demasiada buena intención podrá decirnos que seguramente ninguno de los grandes compositores de hoy puede aspirar a gozar de una gloria póstuma tan inmediata. Sucedió a Mahler lo que a sus contemporáneos Rilke o Nietzsche en la filosofía o la literatura. Tal vez porque no bastaba con un solo tiempo, con una sola época, con una sola generación para lograr la irradiación que su obra portaba. Y no olvidemos tampoco lo que de revolucionario se planteaba desde su escritura, la relación en buena medida insólita —quizá con la excepción de alguna sinfonía de Chaikovski— entre vida y obra, la transparencia con la que la que aquélla se filtraba en ésta sin que sirviera, por otra parte, como coartada sentimental.
 
Entre nosotros, entre el público español, Mahler está suficientemente asentado desde hace tiempo en las programaciones de nuestras orquestas y a nadie extraña ya su presencia, antes temida, junto a lo que antes y hoy era y es lo que llamamos gran repertorio. Los responsables de ello transitan hoy cómodamente —y ven llenas las salas al conjuro del nombre del músico— por ese camino que en su día abrieron, y es de justicia reconocerlo, Rafael Frühbeck de Burgos y Federico Sopeña. El director preparando para la Orquesta Nacional de España una temporada entera —la 1971-1972— con Mahler como protagonista. Y quien acogiera gustoso aquel desafío bajo su autoridad de lo que entonces se llamaba Comisario General de la Música publicando, once años antes, un libro fundacional entre nosotros: Introducción a Mahler. Casi tres generaciones después el descubrimiento se ha hecho compañía.

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