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Pierre Boulez



Pierre Boulez

Como si lo hubiera dispuesto Verlaine, poeta querido por Boulez, llueve sobre la ciudad a la hora prevista para el encuentro con el músico para hablar entre otras cosas de los regalos que le ha hecho su discográfica por cumplir 85 años. O del homenaje que este mes le tributan en Madrid el Auditorio Nacional y la Fundación BBVA. La cita está prevista en el camerino del maestro en el KKL, el centro de cultura y congresos de Lucerna, donde acude cada verano a encontrarse con los alumnos de la Academia del Festival, creada por él hace siete años. Nuestra charla tiene lugar en su espacioso camerino, un lugar concebido, como el resto del edificio, por Jean Nouvel. Decorado sobrio: mesa —donde las partituras rompen el aire minimalista de los tres cilindros de cristal que albergan otras tantas rosas: una por recipiente—, un sofá y dos pequeños sillones en los que nos sentamos para, tras una disculpa del maestro por el retraso, intentando sobreponerse al perceptible cansancio que intenta disimular con una sonrisa de las muchas que prodiga, da el pistoletazo de salida con un “Adelante, cuando quiera”.
 
(...) En este año se habla de su edad. Un colega menciona su “eterna juventud”. Un tango dice que 20 años son nada ¿Y 85?

Para empezar, muchos años, que te conceden una visión diferente y más distante de las cosas. Es verdad. También lo es que nunca he sido una persona a quien le hayan encantado las polémicas. Como mucho, me he limitado a escribir determinados artículos en los momentos en que tuve que hacerlo. O al menos me pareció que debía hacerlo. Después de eso, se acabaron las disputas. Y en este momento, cuando veo la superficialidad de aquello por lo que se polemiza, me doy cuenta de que no me interesan en absoluto. Tengo claro que lo más importante para mí es hacer cosas, organizar conciertos, poner en marcha instituciones como esas en las que me he implicado… eso es mucho más positivo que cualquier polémica. Así lo entiendo yo. Porque permanece, o tiene idea de permanecer, en cualquier caso. Cuando veo lo que ha hecho el IRCAM o el Intercontemporain en las tres décadas que llevan ya funcionando, pienso que la idea que tuve en el momento de crearlos fue positiva, porque sin esas dos instituciones la música contemporánea no tendría la importancia que tiene, particularmente en Francia. (...)
 
Sabiendo la tendencia a celebrar los años “sonoros”, para alguien con tantos amigos y admiradores como usted, ¿ha sido duro cumplir con tantos homenajes?

Bueno, 85 es una cifra que pesa mucho [sonríe]. A pesar de todo, y del cansancio que supone corresponder, con tantos viajes y tantos actos, estoy muy feliz en este momento a la vista del calor que he recibido en cada una de las ocasiones. Eso es muy agradable. De cualquier forma, quiero destacar dos regalos que me han emocionado especialmente. En primer lugar, una hoja manuscrita de Messiaen en la que por un lado analizaba una parte de mi Marteau sans maître y en la otra cara hacía lo mismo con una obra para piano de Stockhaussen. Ambos textos redactados por él para algún curso que tendría que dictar, o algo así. Este hombre, que tenía tantas dedicaciones y tantas cosas por las que preocuparse, se había puesto a estudiar las obras de dos jóvenes que habían sido alumnos suyos. Estaba interesado en lo que íbamos haciendo. El otro regalo que me ha causado una gran impresión es un libro que me llegado de una orquesta, que había pedido a algunos músicos que dijeran lo que pensaban de mí. Ellos han descrito sus recuerdos, sus experiencias tocando conmigo, o el modo en que habían descubierto por mí determinado repertorio. Ese tipo de cosas me conmueve sobremanera, por lo que implica el aspecto personal de la relación, sin tener una idea clara de quiénes son esas personas con las que he trabajado.
 
Habrán hablado todos bien.

De no ser así, simplemente no habrían escrito nada [otra sonrisa].
 
También en Madrid se le ha organizado un pequeño tributo.

Lo sé. Pero no puedo estar en él. Porque las fechas me coinciden con una gira que tenía cerrada con el Ensemble Modern. (...)
 
También su discográfica, a pesar de los momentos que vive el sector, ha tirado la casa por la ventana, reuniendo todas sus grabaciones de Stravinski o permitiéndole rendir cuentas con Mahler y Ravel. ¿Le ha gustado el detalle?

Naturalmente. Por una parte, por haberme permitido hacerlo con la Orquesta de Cleveland, a la que tanto quiero. Por otra, con Pierre-Laurent Aimard, un pianista a quien conozco muy bien, después de haber pasado quince años trabajando conmigo en el Ensemble Intercontemporain, donde se puede decir que prácticamente se hizo, aunque está claro que se formó por sí mismo. Lo decía porque ingresó en el Intercontemporain con 19 años, y allí se desarrolló de una manera portentosa.
 
Con él tiene además como factor común a Messiaen, a quien le unió una buena relación.

Una relación muy estrecha. En realidad fue Messiaen quien lo descubrió.
 
Además de las grabaciones mencionadas, ha podido cumplir con otro sueño al que aspiraba desde hace algún tiempo con la de Szymanowski.

Szymanowski es un compositor que me resulta muy interesante. Al menos, lo que escribió en un determinado periodo de su vida. Me interesé por el vocabulario tan especial que maneja, influenciado de una parte por Debussy y de otra por Scriabin, pero sin la idea del éxtasis de este último. El  lenguaje de Szymanowski está mucho más controlado, y es más rico en determinados momentos. Por eso considero tan interesante su Tercera Sinfonía, la que he grabado, completando el disco con su Primer Concierto para violín, claramente el más interesante de los dos que escribió. (...)
 
¿Reconoce en usted varios Boulez?

No. En lo que a mi obra respecta creo que hay mucha uniformidad. Tengo una trayectoria a lo largo de la cual es cierto que se producen cambios, porque no voy a hacer ahora lo que hacía en los años 50. Pero es cierto que he seguido una cierta línea en general, que a veces se bifurca. Para buscar un ejemplo totalmente contrario al mío se podría pensar en Stravinski, cuyas creaciones van en zigzag, y ese ir de un lado a otro a mí no me interesa en absoluto, lo que no quita que sus grandes obras, que es como llamo a los grandes ballets que hizo para Diaghilev, son sin duda, extraordinarias.
 
Y lo juzga con conocimiento, después de haber dirigido buena parte de su obra.

Por eso lo digo.
 
Siguiendo esa línea que se atribuye, ¿cómo podría definir su momento actual?

Como el de una síntesis de lo que he hecho a lo largo de estos años, y que me lleva más lejos. Sencillamente así. Si lo comparamos con el tiempo en que hice obras como Dérives II, vemos que estaba apuntando a lo que vendría después. Desde entonces hasta aquí lo único que he adquirido es lo que denomino como el largo formato, algo que en la música francesa prácticamente no existe. Ni siquiera en Debussy, que prácticamente nunca hizo piezas largas. Podemos encontrar una, por supuesto, en Pelléas, que es un trabajo para la escena. Lo mismo que ocurre con el ballet Dafnis y Cloe en el caso de Ravel, que es su obra más amplia, y aun así se trata de pequeños pedazos: bien ensamblados, pero a fin de cuenta, formalmente podemos estudiarlas como pequeñas obras por separado. En lo que a mí respecta, he aspirado a hacer obras de  una sola pieza.
 
Heráclito decía: “Todo cambia, nada es”.

Efectivamente, para luego añadir que nadie se baña dos veces en el mismo agua.
 
En otras palabras, la evolución.

Eso mismo, la evolución. Ninguna de las cosas que he escrito ha sido siguiendo un mismo esquema.
 
¿Se le ha quedado en el tintero algo que le hubiera gustado llevar al disco y no se lo han pedido?

No, no. Creo que he tenido la posibilidad de hacer todo lo que quería.
 
¿Ni siquiera grabar alguna obra suya?

Claro que sí. Pero antes sería preciso que las escribiera [risas]. Por lo pronto, para ganar tiempo para hacerlo, voy reduciendo el número de conciertos que dirijo. Físicamente me viene bien, y además me permite más tiempo de concentración para mis propias cosas. Para escribir piezas de cámara. No doy el paso decisivo para escribir obras orquestales, composiciones largas, como Sur incises, que dura unos 45 minutos. Pero algún día tengo que ponerme a ello, porque me apetece escribir algo para orquesta, de extensión similar. (...)
 
Juan Antonio Llorente
(Extracto de la entrevista publicada en Scherzo nº 257, Noviembre 2010)

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