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Sevilla en crisis



Sevilla en crisis

La crisis económica alcanza a todos los ámbitos de la vida privada y pública y, naturalmente, a la cultura. Y a la música por ello. Y pone a los responsables políticos en la tesitura de tomar decisiones que debieran estar presididas por el sano equilibrio entre la necesidad del ahorro y la altura de miras, la realidad que acucia y el respeto a lo conseguido en tiempos mejores y que no merece ahora ni el desprecio coyuntural ni el olvido interesado.
 
Entre dimes y diretes, rumores y evidencias, temores más o menos confirmados, el caso de Sevilla se está convirtiendo en paradigmático de cómo gestionar mal una situación difícil pero que ofrece salidas más airosas. El Teatro de la Maestranza se ha encontrado con que el Ayuntamiento hispalense recortará en un 75 por ciento su aportación al presupuesto global del coliseo —el resto de las instituciones implicadas mantendrán la suya—, lo que significaría —aún por confirmar al cierre de esta edición— algo más de un millón de euros y la puesta en peligro de una parte importante de su programación o, lisa y llanamente, el fin de su actividad tal y como se ha planteado hasta ahora. Es decir, que puede dejar de ser un teatro de referencia en el repertorio del siglo XX, de esas recuperaciones que son descubrimientos para el público español e internacional y que otorgan al teatro eso que todos los del mundo buscan: una personalidad propia. En lo que respecta a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, ésta recibirá setecientos mil euros menos que es muy fácil predecir de dónde se ahorrarán: solistas y directores y quizá algún concierto menos. Es más fácil, sin duda, que echarle a la crisis un poco de imaginación. La espléndida Orquesta Barroca de Sevilla pone, por su parte, sus barbas a remojo frente a la realidad circundante, aunque a ella le afecte sobre todo la financiación privada, las aportaciones de instituciones como Cajasol y La Caixa, pues ni la Junta de Andalucía ni el Ayuntamiento de Sevilla parecen dispuestos —y visto lo visto menos que nunca— a comprometerse con una formación que ha sabido buscarse las habichuelas cuando venían mejor dadas y se ha ganado un reconocimiento cada vez mayor por parte de crítica y público. El peligro ahora es, según fuentes de la propia OBS, que ésta se convierta, para sobrevivir, en “una orquesta de bolos”.
 
Mientras en Sevilla se producen estas reducciones, la Junta de Andalucía aumenta el presupuesto de la Fundación Barenboim-Said y la East West Divan Orchestra —que ha pasado a depender de la Consejería de Presidencia en lugar de la de Cultura— de 1,5 a 2,4 millones de euros, lo que desata la ira de algunos que ven en todo lo que se mueve un elemento de agravio comparativo. No les falta razón en parte ni el cambio de dependencia es tampoco razón suficiente sino mera coartada. Ni castigar así a la música en Sevilla ni pasarse con un proyecto interesantísimo como es el de Barenboim pero al que quizá habría que pedirle una mayor —la máxima posible— irradiación externa del papel español en el mantenimiento de su actividad. Habría que preguntarse cuántos de sus oyentes por el mundo adelante saben —más allá de su página web— que la orquesta tiene su base en Andalucía y está financiada de modo muy principal por el contribuyente español. También tendría más sentido que fuera ella —cada vez mejor— y no la Staatskapelle Berlin la orquesta “residente” del Festival de Granada —que no es quien paga su caché. Si lo que se pretende es, muy legítimamente, mantener el gancho que supone el nombre de un maestro de la enorme categoría de Barenboim, la peculiaridad de su orquesta andaluza no parece acompañamiento menor.
 
Es una lástima que las autoridades sevillanas no apuesten por lo que poco a poco se ha convertido en una de las señas de identidad de la ciudad: un par de buenas orquestas y un teatro diferente. O, lo que es lo mismo, un ir más allá del tópico, un abrirse a un horizonte más amplio manifestado también en algunos festivales de primera clase. Parece mentira que en la época de los másteres en gestión cultural, del aprovechamiento de la cultura para el desarrollo de barrios, ciudades o países enteros, se imponga una visión cicatera de la misma: dos millones de euros de ahorro para demostrar que el cinturón se aprieta. Seguramente no sería difícil encontrar partidas de más dudosa amortización que el gasto en música. Sí, en música y, además, de esa que llaman clásica. De esa que, una vez convertida en problema artificial y en solución de emergencia al mismo tiempo, se califica de elitista sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza.

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