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Anna Netrebko. Una estrella para ver y oir.



Anna Netrebko. Una estrella para ver y oir.

Nacida en Krasnodar, Rusia del Sur, en 1971, a la espera de iniciar la década que se atribuye a la madurez de una cantante, Anna Netrebko es, desde hace un quinquenio, el ejemplo de la soprano capaz de unir el brillo vocal con el garbo y la desenvoltura de una estrella audiovisual. Su rostro de medalla, donde nos acechan sus oscuras pupilas felinas, su boca de diseño y un óvalo que vale por mil caricias, coronan una figura de exquisita carnalidad y porte de gran diva.
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Se trata de una voz claramente lírica, mórbida y esmaltada, flexible en cuanto a matices y volúmenes, de infalible musicalidad, cálida en los ataques y sumada a unos pasajes resueltos con imperceptibles deslizamientos, lo que da a sus registros una homogeneidad de timbre que señorea en toda su generosa extensión. Puede hacer vistosas coloraturas y ascender a la cuarta sobreaguda, hasta tocar un mi bemol, lo que le permite brillantes cadencias y remates.
Estas alternancias han abierto a nuestra soprano los difíciles espacios del canto de agilidad y ligereza que pertenecen, al mismo tiempo, a personajes de enjundia dramática. Violetta es pimpante en el primer acto pero luego se interna en el desgarro, la melancolía y la tragedia. La hermosa y apetecible Dama de las Camelias se desmaya en brazos de una enfermedad implacable que la torna inválida y agonizante. Gilda es la virgen que se enamora de una figura ilusoria, es arrastrada por el fango del deshonor como cualquier desdichada de tango y acaba sacrificándose ante el puñal de un sicario. Lucia añora a su amante imposible y enloquece en una escena impregnada por el delirio y la muerte. Aunque al final todo se arregle para bien, la Elvira de I puritani también atraviesa un momento de alienación que Netrebko resuelve en una actitud impresionante, de espaldas sobre el tablado, con algo de estatua yacente. Aun otra heroína belliniana, la homónima Sonámbula, finalmente reconciliada con su novio cuando se aclara su afición nocturna y queda intacta su honestidad, tiene su momento a orillas de lo psiquiátrico. Estas dualidades Netrebko las maneja con magistral polaridad, haciendo verosímil lo grave con lo festivo y lo sentimental, sintetizados en un canto capaz de cualquier persuasión.
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Sus heroínas no sólo son bellas, plásticas, tangibles, sino que adquieren, de pronto y con la debida matización, el carácter de herramientas de la fatalidad que las arrastra junto con a los hombres que han enamorado. No es que Manon o Julieta sean lo que tópicamente se llaman “mujeres fatales” (en rigor: Carmen, Lady Macbeth, Electra) sino que ellas mismas son mediadoras de la fatalidad en forma de vistosos juguetes vivos, tibios y voluptuosos.
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Netrebko también se asoma al recital de cámara. Lo prueba la reciente edición —en el mercado, a finales de marzo— del concierto que mantuvo junto al piano de Daniel Barenboim en el Festival de Salzburgo, el 17 de agosto de 2009 (DGG 0708286) y que está dispuesta a repetir en un inmediato futuro. Es decisivo un diálogo que mantuvieron poco antes de ponerse a prepararlo. “Tenemos que fijar la fecha de los ensayos” dijo la soprano. “No vamos a ensayar, vamos a hacer música” replicó el maestro. Y, escuchando los resultados, así parece porque el dúo alcanza esa fluidez que parece una segunda naturaleza, como si no presentaran el resultado de un trabajo, que lo es, sino como si acabaran de inventar toda esta música.
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Blas Matamoro
(Extracto del artículo publicado en Scherzo nº 250, Marzo de 2010)

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